Aún es prematuro, muy prematuro, para elucubrar respecto de lo que pudiera pasar en el proceso electoral que iniciará en 2029. A pesar de ello, adelanto dos hipótesis; las formulo con base en las circunstancias actuales y las variables que se presentan en el contexto, tanto nacional como internacional. Comienzo con éstas: para ese año Donald Trump habrá dejado la presidencia de los Estados Unidos de América y, haya o no alternancia, su influencia se seguirá sintiendo.

Seguramente Trump, antes de abandonar el cargo, habrá solucionado el “problema mexicano”. No se declarará presidente de México, pero en el resto de su periodo presidencial, habrá tenido el tiempo suficiente para eliminar a candidatos que, para él, son indeseables y éstos, a no dudarlo, lo son todos aquellos que están cerca de AMLO o que son partidarios de la ideología de izquierda.

Lo anterior implica que va a dejar a salvo de sus ataques e, incluso, apapache, a aquellos que comulgan con su credo político: el de derecha. Por ello, existe la posibilidad de que el próximo presidente de México sea de derecha. Nada que ver con la ilusión que los izquierdosos tuvieron en 2018: haber llegado al poder para quedarse.

Como pintan los negocios públicos, las órdenes de AMLO y los deseos de la presidente Claudia Sheinbaum son cosa del pasado: no se acatarán y no se harán realidad: en estos momentos, ningún izquierdoso pinta para la buena, es decir, para ser candidato a la presidencia por parte de Morena en el 2029 y, sobre todo, de ganar la elección.

Para comenzar, la sucesión del 2029 no la decidirá la señora Sheinbaum; es una determinación que, si vive, en forma libre y soberana va a adoptar AMLO. Como lo he afirmado anteriormente, ella tendrá un gran privilegio: saber, antes que nadie, el nombre de su sucesor.

Por equidad de género y por razón de que así se presentan las circunstancias, es predecible que haya un presidente y no presidenta de la República. Clara Brugada, Layda Sansores, Marina del Pilar Ávila Olmeda, Evelyn Salgado. Margarita González Saravia y Rocío Nahle tendrán que controlar y hasta enterrar para siempre sus ansías de novilleras.

Morena, por su composición, más se parece a una tamalería, que a un partido político: dentro de él hay de todo: de chile, manteca, mole rojo, negro y verde; nejos, corundas, yucatecos, chiapanecos, chipilín, elote, de regalo, dulce, pejelagarto y hasta de marrano.

AMLO, de vivir, para el 2029, –pues se ve muy traqueteado–, ante el hecho de que su hijo Andy, no levantó ni levantará, además de que, desde que nació, está exhausto; de que Pablo Gómez, para ese año, es factible que se halle recluido en un asilo; que Paco Ignacio Taibo II, Marx Arriaga, Martí Batres y su hermana Lenia Batres, entre otros, son parte de la izquierda radical e histórica de Morena, por no provocar ni bajas ni malas pasiones en el electorado, no cuentan para suceder a Claudia Sheinbaum.

El mismo AMLO va a tener que reconocer que con Félix Salgado Macedonio, Gerardo Fernández Noroña, Adam Augusto López, Rubén Rocha Moya, Alfredo Ramírez Bedolla, Mario Delgado, Ricardo Monreal Ávila, Salomón Jara y otros parecidos no iría ni a la esquina. Unos por sus malos antecedentes, otros por boquiflojos y otros, que son los más, por su notoria ineptitud. Pudieran tener algunas virtudes, lo reconozco. Respecto de ellos no asigno vicios ni virtudes en particular; pretendo ponerme a salvo de la jurisdicción de los jueces de usos y costumbres o del pueblo; no quiero tener que hacer frente a demandas por difamación, acoso por razones de género o por excederme en la censura.

Por lo que toca al PRI y al PAN poco hay que decir: aspirar a no perder su registro como partidos en las elecciones de 2027. Obvio: en estos momentos no cuentan con un candidato viable para la presidencia de la República. No lo son mister Richard Anaya y el peso welter Alito Moreno.

Ante ese panorama, que es trágico y el hecho de que por parte de la oposición compita por la presidencia de la República, con muchas posibilidades de ganar, Ricardo Salinas Pliego, AMLO no va a tener más que aceptar los hechos tal como son: que sea candidato de Morena Omar García Harfuch. Éste, como es obvio, no está identificado con la supuesta ideología de Morena ni con la que sostienen los izquierdosos radicales que deambulan en ella. Tiene muchas cualidades: en lo suyo ha dado buenos resultados; es discreto, no tiene ideología, cuenta con mucha información, desde luego mala, de algunos morenos.

García Harfuch, en esas circunstancias, para AMLO sería un mal menor ante el peligro inminente y real de que llegue Ricardo Salinas Pliego. Con éste en la presidencia, él, sus familias, sus cómplices y la presidenta actualmente en funciones, tendrían muchas cuentas que rendir al fiscal general a modo y a funcionarios de Hacienda puestos por el propio Salinas. Mal haría don Omar en no cobrar las cuentas pendientes. Con unos que meta a la cárcel, los demás se someterían, olvidarán sus coqueteos con la izquierda e, incluso, si se les es aprieta un poco, negarán haber tenido nexos con esa peste mal habida llamada Morena.

De llegar García Harfuch, entre sus deudores estará, en primer lugar, AMLO, por haberlo vetado y despreciado una y otra vez. Después los miembros de la familia López Beltrán y los otros López.

Todo puede pasar, pero hay algo que es previsible: Morena y su supuesto gobierno de izquierda, no pasarán vivos más allá del año 2030, sin que tengan que entregar el poder y hacerlo a alguien que no está identificado con ese movimiento.

La historia es cíclica, el ascenso de García Harfuch implicará el fin de la 4T y la posibilidad de que su supuesta ideología de izquierda sea sepultada por algunas décadas. Los izquierdosos que existan para el año 2080, cuando México se haya repuesto de la quiebra económica a la que ellos nos llevaron, apostarán a la desmemoria, intentarán resucitar la ideología socialista; ellos, a base de dádivas y promesas, es previsible que intenten volver a la presidencia de la República. Para ese entonces, tal como sucede ahora, no faltarán desmemoriados, indigentes que les crea, pobres que los apoyen e ignorantes que vuelvan a votar por ellos.

La suerte de los morenos está en las manos de Trump y de Salinas Pliego.

El autor es maestro en la Universidad Autónoma Metropolitana.