En estos tiempos de tanta confusión es necesario aclarar el significado y alcance de los términos. Tal es el caso de palabras como “izquierda”, “democracia”,  “autoritarismo” y “totalitarismo”, que suelen tergiversarse. Más aún cuando en México hace 7 años llegó al gobierno López Obrador con ropajes de izquierda y desde el 2024 gobierna Claudia Sheinbaum quien se dice  “hija del ‘68” y de “izquierda verdadera”.

Pero resulta que ellos, asumiéndose como los auténticos representantes del pueblo, han ido demoliendo todas las instituciones y mecanismos de control democrático de la sociedad con los que se fue equilibrando el poder presidencial y se buscaban evitar los excesos autoritarios que tiempo atrás cometiese el viejo régimen.

Con las banderas de combate a la desigualdad, la corrupción y la inseguridad, que indiscutiblemente lastimaban –y siguen lastimando- a la sociedad, y estigmatizando a los gobiernos anteriores con el mote de “neoliberales”, López Obrador ganó arrasadoramente en el 2018 y luego  con Sheinbaum como candidata en 2024.

Se decía en ese entonces que “ya le toca a la izquierda”, identificando en ese espectro político a AMLO y su “Movimiento de Regeneración Nacional”, que “ya era momento de darle oportunidad a lo nuevo”. Sin embargo, a la vuelta de más de 7 años, hoy tenemos un panorama más oscuro, con mayor corrupción, inseguridad, estancamiento económico, peores servicios de educación y salud, menos democracia y más intolerancia.

Y aun cuando con el aumento sostenido de los salarios mínimos y el mantenimiento de los programas sociales han salido de la pobreza extrema más de 15 millones de personas en los últimos años (lo cual podría acabar siendo muy endeble), persiste la enorme desigualdad social y crece el riesgo de que México se deslice aceleradamente en la ruta de una crisis fiscal que pondrá en riesgo la sostenibilidad de esos cada vez más costosos programas sociales con propósitos electorales (la compra de votos). Ello, debido tanto a la falta de certidumbre del capital privado nacional y extranjero para invertir, como por las reformas que acabaron con la independencia del poder judicial y las que eliminaron la Ley de Amparo. Es decir, se ha erosionado la confianza en un Estado de Derecho cada vez más ficticio.

Agreguemos a lo anterior el imponente papel del crimen organizado, el cual creció gracias a la protección del obradorismo, más el protagonismo desmedido de las fuerzas armadas en cada vez más áreas de las esferas públicas y sociales con las inherentes violaciones a los derechos humanos. A ello se le suman las persistentes amenazas intervencionistas del gobierno de Trump para frenar a los cárteles fabricantes del fentanilo y a sus aliados del narcogobierno, como Rocha, Villareal, Delgado, Adán Augusto y muchos más.

El resultado ha sido un caos. No hay nada de lo que se prometió. Además, sabiendo que corren el riesgo de empezar a perder espacios de poder en las elecciones del 2027, amenazan con una reforma electoral –una contrarreforma- cuyo único fin es recuperar el control de las elecciones para el gobierno, como sucedió en Venezuela y pasa en Nicaragua… como pasaba aquí mismo hasta antes de las reformas que permitieron ir erradicando los fraudes, instalar condiciones de competencia real y dar certeza de los resultados a las fuerzas políticas y a los electores.

Todo esto, toda esta agenda de los gobiernos morenistas, no tiene nada que ver con el concepto tradicional de “la izquierda”, que nació en lucha contra el autoritarismo, los reyes y otros regímenes similares. En ese sentido, la izquierda es hermana gemela del liberalismo político, el cual defiende las libertades, y es opuesta a los populismos autoritarios.

Ciertamente, después vendrían las diversas acepciones sobre democracia, izquierda y liberalismo, aunque todas tienen en común defender el derecho del pueblo a decidir su futuro. Así sucedió también con eventos que iniciaron como una utopía y se transfiguraron en tragedias: como la revolución bolchevique en Rusia, con funestos resultados, y ya hace más de 50 años con la revolución cubana contra la dictadura militar de Fulgencio Batista, que también derivó en otra dictadura que podría estar viviendo sus últimos días. Así pasa con el régimen de la autodenominada “4T”: se “vende” como una proeza histórica que tristemente representa ya una ominosa regresión en múltiples renglones.

En la izquierda y centro izquierda auténticas (las de corte demócrata) se asumió que el liberalismo político con políticas de democracia social (la socialdemocracia) era y es el modelo que, como en el caso de una parte mayoritaria de las sociedades que lo adoptaron desde principios del siglo pasado (después de la Segunda Guerra Mundial), convenía para prosperar con inclusión.

En su momento, el PRD se adscribió a esa vertiente, aglutinando en su seno a un ala socialdemócrata y también a personajes que hoy en el poder se muestran como lo que nunca dejaron de ser: estalinistas filodictatoriales que usaron a la democracia para llegar al poder pero que ya instalados en él, ahora pretender tirar la escalera por la que ascendieron, como lo hizo Chávez en su momento.

El PRD desde su nacimiento impulsó una amplia agenda social (el ingreso universal, acceso a la salud, educación de calidad, entre muchos temas más) y para la democratización de México. Sin embargo, fracasamos todos en ese momento (el PRD incluido) porque no tuvimos la capacidad de darle, en los hechos, un rostro, un alma social a la democracia liberal. El liberalismo terminó excluyendo a grandes sectores sociales y ahí nos alcanzó el populismo autoritario con rostro de izquierda, con un discurso que tergiversa la realidad para engañar a la población.

Como diría Elías Wessin Chávez: “Cuando el lenguaje se secuestra, la libertad empieza a morir en silencio. Y la primera resistencia consiste en, precisamente, en negarse a repetir la mentira”.

Por eso, aunque Claudia diga que la oposición es totalitaria, el obradorismo se acerca más a esa categoría; es, pues, una falsa izquierda. Son ellos los que representan el atraso, el fracaso, la corrupción, la antidemocracia, el militarismo que mañana nos puede aplastar. No lo permitamos más.