A veces nos desvivimos comparando neuronas con microchips, pero nos olvidamos del ingrediente secreto que nos hace humanos: el sentido común. Esa brújula interna que nos dice que no debemos meter el celular al microondas, aunque una IA (por un error de datos) pudiera sugerirlo.
Seguro has notado que la Inteligencia Artificial puede escribir poemas épicos o resolver ecuaciones complejas en segundos, pero si le preguntas: “¿Qué pesa más, un kilo de plumas o un kilo de plomo?”, a veces se confunde. Esto pasa porque la IA no “entiende” el mundo; solo predice qué palabra sigue basándose en estadísticas.
El verdadero reto actual de la ciencia no es hacer máquinas más brillantes, sino dotarlas de sentido común. Mientras tú sabes por pura experiencia que si sueltas una taza se va a romper, una IA tiene que procesar millones de simulaciones físicas para “suponerlo”.
Lo sorprendente es que el uso excesivo de algoritmos está atrofiando nuestro propio juicio. Al confiar ciegamente en el GPS o en las recomendaciones de una app, estamos dejando de ejercitar esa “chispa” intuitiva. De hecho, investigadores del MIT sugieren que la IA es excelente para tareas específicas, pero un fracaso total en situaciones cotidianas que requieren empatía o contexto cultural.
El impacto real no es que las máquinas nos reemplacen, sino que nos estamos volviendo dependientes de una lógica que carece de realidad física. Al final del día, tu capacidad para entender un sarcasmo o saber que no debes regar las plantas cuando está lloviendo es, tecnológicamente hablando, un milagro que ningún software ha logrado replicar a la perfección.

