En los gobiernos emanados de Morena, por el lado que se les vea, en todos los niveles y por lo que respecta a muchas y muchos, tienen un sello distintivo: corrupción. Algunos, con base en información que ha aflorado y el desempeño observado, agregan otros vicios: derroche, incompetencia, nexos con la delincuencia organizada, nepotismo, ignorancia y fanatismo ideológico. Los anteriores no son vicios leves; mucho menos, justificables.
Si se tratara de pecados capitales, los morenos podrían ser acusados de todos: gula, ira, avaricia, envidia, soberbia y pereza; por carecer de información, por ahora, no me atrevería acusarlos de lujuria; en la actualidad, visto el caso del señor Jeffrey Epstein y la ausencia de castigos terrenales, dudo que siga siendo un pecado y, si lo es, dada la impunidad con que se conducen quienes son acusados de haber incurrido en él, debemos reconocer que es venial, es decir que es leve; que no merece una condena eterna y tampoco terrenal. Lo que pasa en Inglaterra con su casa real es una excepción; debe de tener preocupado a más de uno, sobre todo en los Estados Unidos de América. No digo nombres.
En el caso de los vicios mencionados, pudiera haber excepciones. No creo que las haya. Algunas y algunos pudieran estar a salvo de ser acusados de ellos. Cuando menos yo no las conozco. No me atrevería acusar de lujuria a la señora Sansores, ni de gula a nuestra señora presidenta de la República.
Del fanatismo ideológico de algunos miembros de la 4T, para fortuna de los mexicanos, únicamente siguen infectados unos pocos: los Batres, Pablo Gómez y el ahora difunto político Marx Arriaga. Nuestra presidenta de la República, la señora Sheinbaum, al ver de lo que es capaz de decir y hacer quien ahora encabeza el imperio: Donald Trump, olvidó sus afanes izquierdistas, aceptó el capitalismo; lo hizo sin beneficio de inventario: sin quitarle ni ponerle nada. Ella, como sucedía con las purgas de antaño, tomó la pócima capitalista sin hacer gestos; olvido, para mejor momento, sus impulsos izquierdistas juveniles y, para muchos, llegó al extremo de darlos por muertos. Para otros, hasta enterró en lo más profundo de la tierra sus simpatías ideológicas del pasado.
La supuesta ayuda humanitaria a Cuba que nuestra presidenta de la República envió, aparte de ser violatoria de las órdenes que recibió del señor Donald Trump, fue ilegal. Lo fue por razón de que no está prevista ni autorizada en el Presupuesto Anual aprobado por la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Si la entrega la hizo la señora Sheinbaum con fondos propios, de su peculio, no hay problema. Ella es libre de hacer con lo suyo lo que le venga en gana. Pero si lo hizo con fondos públicos, sí lo hay. De los fondos y recursos federales la señora presidenta no puede disponer como si de cosa propia se tratara; se lo prohíben la Constitución y las leyes:
“Artículo 126. No podrá hacerse pago alguno que no esté comprendido en el presupuesto o determinado por ley posterior”.
Esa entrega no está comprendida en el presupuesto público aprobado por la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión relativo al año en curso (art. 74, fracción IV). Estoy seguro que el Congreso de la Unión, que es el competente para modificar el presupuesto (art. 126), en los días de febrero en curso en que ha estado en su segundo periodo ordinario de sesiones, tampoco lo hizo.
En razón de lo anterior, al no haber una autorización, debemos concluir que la entrega se hizo de manera ilegal. La señora presidenta de la República, que protestó respetar la Constitución y las leyes, las está violando y no en secreto: a la vista de todos, incluyendo a los ojos del señor Trump. En el caso, de haber una represalia de parte de éste, los paganos vamos a ser todos los mexicanos y no sólo la señora Sheinbaum. No se vale.
Esperemos que nuestra presidenta haya tenido la precaución de haber obtenido la autorización del señor Trump para hacer la entrega. No importa que haya sido verbal o con un simple gesto aprobatorio. Él es dado a hacer gestos: los hace con la cara, la melena y su cuerpo, en general. No puede estar quieto.
Disponer de los fondos y recursos públicos sin autorización de la Cámara de Diputados o del Congreso de la Unión, es otra forma de corrupción; de dilapidar lo que es público y de faltar a la confianza que los mexicanos depositaron en ella.
Como se dice y se reitera: los morenos no son iguales a los priistas y panistas: resultaron peores y en todos los rubros mencionados. Al parecer, lo son de manera general; la generalización comprende mucho, casi abarca a todos, hasta la ex familia presidencial, ahora en receso o en la banca: la consanguínea y la afectiva. Pocos están a salvo de los vicios enumerados.
No están al margen de duda de haber incurrido en el delito y hasta pecado de corrupción las autoridades de la Ciudad de México. Aludo a un caso que los chilangos vemos a diario: todos los vendedores ambulantes, sin importar el rubro, si venden productos chinos, tacos de canastas o carnitas, son objeto de extorsión de parte de los inspectores, policías y personal de las delegaciones y que lo son a la vista de todos, incluso de sus jefes y no pasa absolutamente nada.
Regularmente, de manera pública, los responsables de hacer cumplir las leyes y los reglamentos pasan a recibir su cuota por dejar trabajar en la vía pública a los vendedores de comida o de productos. También he visto que aquellos que no cubren la cuota que de manera unilateral le fijan los agentes del orden, son privados de su mercancía y de los instrumentos en los que lo hacen.
Guardadas las proporciones, entre el presidente municipal morenistas de Tequila, Jalisco y las autoridades, también morenistas, de la Ciudad de México, se presenta la misma acción: extorsión. Son servidores públicos que a la vista de todos abusan de su autoridad y de los elementos a su disposición para extorsionar a la ciudadanía.
Frente a ese panorama negativo y desastroso, la mayor tragedia es que no pasa nada, absolutamente nada. En el caso de Diego Rivera, presidente de Tequila, Jalisco, todo indica que su caída y enjuiciamiento más se debió a presiones externas, que a un deseo auténtico y sano por combatir la corrupción y los excesos en que había caído ese miembro distinguido de Morena.
Los morenos, a la práctica de los pecados capitales, agregan uno que no lo es: la hipocresía. Se dan baños de pureza. Se les llena la boca al decir: no somos iguales.
El autor es catedrático Universidad Autónoma Metropolitana.
