Por Antonio Pérez
En los últimos años, Morena, acompañado de sus aliados históricos, el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México, ha impulsado una transformación política que, lejos de fortalecer la vida pública, ha significado un retroceso institucional profundo.
No se trata solo de diferencias ideológicas. Lo que está en juego es el deterioro sistemático de contrapesos: debilitamiento de organismos autónomos, erosión de la transparencia, subordinación de la rendición de cuentas y una clara tendencia a vaciar de contenido el federalismo. Todo bajo una lógica sencilla y peligrosa: concentrar el poder en un solo partido dominante.
La hegemonía no se construye únicamente con votos; se consolida con complicidades. El PT y el Verde acompañaron cada reforma, cada modificación constitucional, cada embate contra instituciones que durante décadas se levantaron como diques frente al abuso. También fueron testigos —y en ocasiones actores— de la presión política que llevó a personajes de otras fuerzas a votar en bloque con el oficialismo. La disciplina sustituyó a la deliberación; la obediencia desplazó a la convicción.
Hoy, sin embargo, el tablero parece cambiar. Cuando el poder se concentra hasta el extremo, los aliados dejan de ser necesarios. La lógica hegemónica no distingue colores cuando ya no los requiere. Y es entonces cuando la realidad alcanza a quienes ayudaron a construirla.
La historia ofrece una advertencia moral poderosa, atribuida al pastor alemán Martin Niemöller:
“Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque no era socialista. Después vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque no era sindicalista. Más tarde vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Finalmente, vinieron por mí, y no había nadie más para defenderme”.
La parábola no es un recurso retórico exagerado; es una reflexión sobre la indiferencia frente a la erosión de derechos y libertades. La inacción ante el debilitamiento institucional termina por alcanzar incluso a quienes creyeron estar protegidos por la cercanía al poder.
Al PT y al Verde hoy les corresponde una reflexión incómoda. Defendieron con vehemencia cada decisión del partido mayoritario, convencidos quizá de que la alianza les garantizaba permanencia y espacio político. Abanderaron causas que no siempre coincidían con su identidad original. En el caso del Verde, olvidaron con frecuencia la sostenibilidad institucional que debería acompañar cualquier discurso ambiental serio. En el caso del PT, diluyeron su narrativa histórica en la disciplina legislativa del bloque dominante.
Ambos partidos minimizaron la importancia de preservar los principios básicos de una democracia funcional: protección de minorías, división de poderes, pluralidad real. Respaldaron un proyecto que, en su impulso centralizador, no distingue aliados permanentes, sino instrumentos circunstanciales.
La política mexicana vive un momento definitorio. Si el proceso de concentración continúa, los partidos satélite podrían descubrir que no hay espacio para estructuras intermedias cuando el poder se ejerce sin contrapesos. El destino que ayudaron a construir podría convertirse en su propia limitación.
La pregunta es inevitable: ¿cómo reaccionarán?
¿Habrá autocrítica y recomposición, o persistirá la radicalización?
Muchos de sus integrantes han asumido una identidad más cercana al oficialismo que a sus propias siglas. Otros simplemente portan emblemas prestados, mientras el verdadero centro de decisión se ubica en otra parte. La tentación de la comodidad política ha sido más fuerte que la defensa de principios.
La lección de la parábola es clara: cuando se normaliza la erosión institucional porque “no nos afecta directamente”, tarde o temprano termina por afectar a todos. La democracia no muere de un solo golpe; se apaga gradualmente, con el consentimiento de quienes creen que el incendio no llegará a su puerta.
Hoy, los aliados enfrentan su propio espejo. Y la historia rara vez absuelve a quienes eligieron callar cuando aún había tiempo de hablar. La búsqueda del poder descuidando el interés común, siempre termina mal.
