Andrés Manuel López Obrador es un hombre adicto a la mentira y terriblemente pragmático, en el peor sentido de la palabra, con tal de aparecer como “el salvador de la patria”. En medio de esta nueva amenaza autoritaria de Sheinbaum con el anunciado “Plan B” y de la reciente reaparición de este personaje para defender a  la autocracia cubana, dejando claro que él es el jefe real del proyecto gobernante, dedicaré las siguientes líneas para demostrar como Julio Scherer en su libro “Ni venganza ni perdón”  justifica al expresidente con múltiples alabanzas y zalamerías, aunque buscando erigirse ante la opinión pública como alguien muy valiente, casi heroico, que desde las entrañas de la autodenominada “4T” se atrevió a criticar al gobierno del que formó parte durante tres años.

Contrariamente a lo que dice Jorge Fernández en el prólogo en el sentido de que el libro “pretende contar la historia para que persista en la memoria, para que no se impongan ni el olvido ni la mentira”, si bien es cierto que en la publicación nos cuenta espeluznantes verdades sobre López Obrador como presidente, también plasma  muchas mentiras y, sobre todo, incontables adulaciones a “su hermano, el extraordinario mexicano”, de tal manera que la publicación termina siendo un panegírico, una defensa a ultranza del expresidente.

Scherer nunca fue parte de la vida interna del PRD ni lo conoció, sino a través de lo que le decía su viejo conocido, Andrés Manuel. Aun así, se atreve a decir en las primeras páginas que “Andrés Manuel quería el poder; ‘Los Chuchos’, el dinero. El primero seleccionaba a los candidatos que competirían; ‘Los Chuchos’, a los plurinominales… Mientras López Obrador recorría el país, los otros se quedaban en la ciudad”. Totalmente falso.

¿Quién al final de cuentas quería el dinero? AMLO siempre quiso administrar todo el dinero del PRD y ahora está a la luz de todo el mundo que el personaje tomó dinero hasta de los grupos delictivos para financiar parte de sus gastos, lo cual trajo como consecuencia la entrega de nuestra soberanía a los cárteles del narcotráfico y nos hundió en la mayor crisis de inseguridad que ha padecido México en los últimos años, producto de su estrategia de abrazos a los criminales y apapachos hasta a la mamá de “El Chapo” Guzmán.

En realidad, fue el PRD el que le organizaba los eventos en el país, llevaba a la gente y pagaba lo que costaban dichos eventos. Fue el PRD con Jesús Ortega y Guadalupe Acosta Naranjo (entonces de “Los Chuchos”), quien organizó el plantón en el Zócalo y calles aledañas en la Ciudad de México durante su protesta postelectoral en 2006, aunque no compartiéramos esa estrategia. Aunque, fiel a su manera de ser, AMLO difundió la versión de que “Los Chuchos” traicionaron al movimiento; todo ello, para justificar el fracaso que tuvo en esa elección presidencial al decidir  organizar con su propia gente, al margen del PRD, la estructura para cuidar las casillas, lo que  derivó en el extremo de que en la capital de la república su gente (“de su confianza”, que ya se estaba aglutinando en lo que a la postre sería Morena), la noche de la elección le andaba pidiendo copias de las actas a los representantes perredistas en las casillas. Ese fracaso nunca lo reconoció porque este individuo es “infalible”, “nunca se equivoca”, “siempre tiene la razón”.

Es más, ciertamente en 2006 el presidente del PRD fue Leonel Cota, ex gobernador de Baja California Sur, quien no conocía al partido, pero que AMLO lo impuso porque —como dice Scherer— según Andrés Manuel, “además, contaba con una virtud adicional: era honesto”, y supuestamente contra la opinión de “Los Chuchos”, aun cuando la resolución sobre la presidencia de Cota fue por unanimidad y se quedó Naranjo como secretario general porque era quien conocía al PRD. Esa invención sobre los dirigentes del PRD es otra absoluta falsedad de Julio.

Como también es mentira que 6 años después, en el 2012, al término de la campaña presidencial, luego de que yo como presidente nacional perredista recorrí el país entero (en no pocas ocasiones acompañando a Andrés y en otras para estar con nuestros candidatos en sus campañas), AMLO decidió romper con el PRD supuestamente porque habíamos firmado el Pacto por México con Peña Nieto, el PAN y el PRI.

La verdad fue que al otro día de que el Tribunal Electoral validó el triunfo de Peña, el excandidato López Obrador me dijo que había decidido ir a buscar el registro de Morena como nuevo partido político. No fue sino hasta semanas posteriores que iniciamos las pláticas con el PAN y los enviados de Peña sobre lo que sería el Pacto (las vicisitudes de estos acuerdos las plasmé en el libro “La Voluntad Invicta”, Editorial Cal y Arena). AMLO quería un partido de su propiedad e inventó esa mentira para responsabilizar al PRD de su ruptura.

Julio Scherer: ¡“AMLO fue engañado”!

“AMLO fue un hombre bien intencionado”, pero “fue engañado” por muchos de sus colaboradores. Esa es la frase recurrente de Julio Scherer después de que en múltiples episodios revela los enormes errores y desaciertos de AMLO durante su presidencia. Así pretende exculparlo y, al final de cuentas, perdonarlo en su libro “Ni venganza ni perdón”.

Por ejemplo, ante la advertencia de Víctor Villalobos, futuro secretario de Agricultura, de que María Elena Álvarez-Buylla, quien iba para Conacyt “era un desastre… no sabe lo que va a hacer con la ciencia, no sabe absolutamente nada… va a ser un problemón para todos”, Julio le contestó que “para qué meterme en un problema de un tema del que ni sé”. De todos modos, la nombraron. Ella quiso meter a la cárcel a investigadores, en complicidad con Gertz Manero. Y Scherer concluye esa parte diciendo: “Álvarez-Buylla engañó al presidente y nos metió en graves problemas”. ¡Pobre Andrés Manuel!

Igual sucedió con su promesa de campaña de regresar a los militares a sus cuarteles: “El presidente de la república confiaba en la actuación de marinos y soldados… en la forma en que podían desempeñar toda la parte preventiva de la seguridad”. Y decidió crear una Guardia Nacional militarizada.

Y para rematar la mentira, dice: “Andrés Manuel prefería tener un ejército de paz que se hiciera cargo de la seguridad pública a tener uno para la guerra que México no iba a vivir”. ¡La justificación para asociarse con los cárteles, dejarlos que crecieran y se apoderarán del 40% del país! O sea, la traición a la patria, aquí ensalzada en esta versión.

Sacar adelante el asunto de la Guardia Nacional militarizada “fue pan comido”. El remate de este episodio es ominoso: “la creación de la Guardia Nacional es una hazaña del presidente de la República”.

Y siguen los ejemplos en esa línea: “las mañaneras le resultaban muy bien, porque ningún empresario quería verse exhibido en una; ningún periodista quería verse exhibido en otra”. Es la oprobiosa defensa de un modelo de comunicación para el control autocrático y dictatorial de una sociedad plural.

Uno de los aberrantes episodios de la narrativa de Julio Scherer fue el del manejo de la pandemia del COVID-19: “en medio de todo ese desastre, Andrés Manuel hizo un buen trabajo”. ¿Por qué? Porque en medio de contradicciones de criterios para enfrentar la crisis de salud entre los militares, Claudia Sheinbaum y el inepto de Hugo López-Gatell, permitió que todos esos criterios persistieran, aun en medio de escándalos como el de la compra fraudulenta de ventiladores por parte de los hijos de Manuel Bartlett: “ustedes tomen la responsabilidad, tomen la decisión y adelante… dio la oportunidad de permitir que hubiera dos políticas”. El clásico estilo irresponsable de Andrés Manuel: los responsables son ustedes, no yo.

Y la inevitable justificación de Julio: “El Presidente sufrió muchísimo en esa época, porque le afecta mucho el sufrimiento de la gente y, sobre todo, el de la gente que menos tiene”. ¡Qué barbaridad decir esto de parte de quien dejó morir a unas 600 mil personas que pudieron haberse salvado con una política alejada de “los detentes” y que llegó a exclamar en una “mañanera” que la crisis del COVID le había caído a su gobierno, “como anillo al dedo”!

Scherer confiesa que a López-Gatell lo había despedido Felipe Calderón por haber tenido un mal desempeño frente a la pandemia del H1N1 y que “nosotros (el gobierno de AMLO) lo protegimos porque lo había corrido Calderón; entonces pensamos que era bueno”, aunque reconoce autocríticamente que “la decisión fue pésima. Y López-Gatell… resultó funesto”.

Podemos seguir con las explicaciones justificatorias sobre el Tren Maya, el ecocidio y la participación de los militares en todo eso. Igual con el reconocimiento de que “la bronca en que metió a la agricultura fue enorme” con lo del glifosato y el maíz transgénico; pero “manipularon de mala manera al presidente; y él no tenía por qué tener conocimiento técnico de qué era” eso.

Ciertamente en la parte final del libro, Scherer hace énfasis en actos de corrupción cometidos por Jesús Ramírez, Manuel Bartlett, Adán Augusto y varios más, delitos que no son cosas menores y debieran ser investigados de oficio. No tengo dudas de que toda la caterva de pillos que Julio menciona son parte de esta degradación de la república, putrefacción encabezada por Andrés Manuel, quien es el principal responsable del riesgo dictatorial que hoy padecemos. Las críticas que aquí he expresado sobre el multicitado libro nada tienen que ver con exculpar a estos saqueadores del país, incluyendo a AMLO.

Por eso, ante el juego de frases que hacen de Borges (“ni venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”) y de Milán Kundera (“la historia es la lucha de la memoria contra el olvido”), yo me quedo con William Faulkner, el gran escritor estadounidense citado por Amin Maalouf: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”. Tan es así que ahora tenemos este pasado encima de nosotros como una pesadilla nacional.