Aunque paulatinamente, otro de los mitos neoliberales sobre las relaciones del capital y el trabajo, se esfumará en los próximos cuatro años, cuando en el 2030 concluya de manera generalizada la aplicación de la semana de 40 horas; al igual que el magro aumento a los salarios mínimos mantenido bajo la falsa tesis de que incrementos importantes impactarían en mayor inflación, de igual forma por varias décadas, la tecnocracia sostuvo que reducir la jornada laboral afectaría la productividad de las empresas.

Como se ha visto, el crecimiento de los mínimos no disparó inflación alguna y, por el contrario, ha ayudado a fortalecer el poder adquisitivo de la clase trabajadora en beneficio del mercado interno, tampoco, claro está, las empresas quebraron o los aumentos al salario elevaron el precio de sus productos.

Ningún sector puede negar que la clase trabajadora no únicamente vio aniquilado su poder adquisitivo sino además su propio nivel de vida. Atrapados en las redes de un poder político a las órdenes de la clase empresarial y un sector obrero corporativo cómplice, generaciones enteras de asalariados vieron consumirse sus vidas en extenuantes jornadas laborales, aderezadas con horas interminables en un transporte público deficiente, que en las periferias de las grandes ciudades y zonas fabriles, han representado cuatro y hasta seis horas diarias en sus traslados cotidianos.

El que un trabajador labore menos horas sin el temor de que los empleadores disminuyan su salario o prestaciones actuales, será un gran avance al permitirle además, tener más tiempo para su convivencia familiar.

Si bien su aplicación será gradual, de tal forma que en este año seguirán ejerciéndose las 48 horas de trabajo, deberá iniciarse a la brevedad una planeación administrativa en las empresas. La reducción de las primeras 2 horas iniciará en el 2027, para proseguir con otras dos horas más en el 2028, hasta llegar a las 40 horas de manera generalizada en el 2030.

De primer orden será el continuar luchando por mayores incrementos salariales porque si no se logra revertir la brutal pérdida del poder adquisitivo de 36 años de gobiernos neoliberales, los trabajadores no emplearán la reducción de su jornada laboral para convivir con su familia, sino en buscar otro ingreso extra.

También en el tema de las horas extras, cuyo tope es actualmente de nueve horas, se buscará que el máximo de las mismas llegue a las 12 horas al 2030, pues no debe olvidarse que son la extensión de las jornadas laborales lo que ha permitido a muchos trabajadores compensar en algo sus bajos salarios.

El cambio histórico, aprobado por el Senado el pasado 8 de abril, ya está en marcha y en su etapa de transición implicará realizar en los centros de trabajo los ajustes necesarios en sus procesos operativos, con el fin de no comprometer ni la productividad ni la estabilidad económica.

Una vez completado el proceso de reducción en los horarios laborales, podrá comprobarse que ni las empresas van a quebrar ni habrá afectaciones en los costos de producción. Los mitos laborales del neoliberalismo, van desapareciendo pero para llevarlos a la plena extinción, requerirán que los sindicatos realmente representativos e independientes, estén atentos a su puntual aplicación para que no subsistan prácticas encubiertas que, como en el caso del outsourcing, no terminan de irse.