La derrota del autócrata Viktor Orbán (populista de derecha en Hungría) el domingo pasado, después de 16 años de gobierno, es una gran noticia para Europa y el mundo entero. Este individuo se erigió como un ejemplo internacional de cómo hay liderazgos políticos que llegan al poder mediante elecciones, por métodos democráticos, aprovechando el descontento de los pueblos por la exacerbada corrupción y falta de oportunidades, y ya en el gobierno empiezan un proceso de desmantelamiento de las instituciones republicanas, capturando a los órganos electorales independientes, anulando la división de poderes, eliminando la libertad de prensa y la rendición de cuentas, persiguiendo a sus opositores políticos, acabando con la autonomía y el financiamiento público a las universidades, adueñándose de su país y aliándose con gobiernos de regímenes autoritarios, antidemocráticos y autócratas de otras naciones.

Así se mantuvo al frente de Hungría durante todo ese tiempo, junto con su partido, funcionarios, legisladores y gobernantes provinciales. Parecía invencible. Pero desde hace unos cuantos años, la ruptura de Péter Magyar (el ahora triunfador de las elecciones) con el partido gobernante, significó el inicio de la crisis terminal del régimen autocrático que polarizó y dividió a la sociedad húngara.

El caso Orbán ha sido objeto de estudio por prestigiados politólogos como parte del fenómeno internacional de una oleada populista autoritaria, con fenómenos similares en Rusia, Estados Unidos, provincias de los Países Bajos, Turquía, Venezuela y México.

Con sobrada razón, estos y muchos otros analistas de diversos países y reconocidas universidades, han demostrado que los populismos autoritarios no tienen signo ideológico, sino que pueden ser (y lo son) de derecha o “de izquierda”, que se visten con ese ropaje. Pero siempre su signo distintivo es su esencia antidemocrática, de corte totalitaria y cuasi dictatorial (algunos los han catalogado como “democraduras”, ya que han arribado al poder no por medio de golpes militares de Estado, sino por vías democráticas) y su apropiación paulatina –a veces silenciosa- de todos los resortes del poder, incluidos los policiacos y militares para corromperlos y ponerlos a su servicio.

Por eso no es arbitraria la inclusión de México, con López Obrador y Sheinbaum a la cabeza, en esa tipificación, ya catalogando a México –es el caso de The Economist- como un régimen híbrido, ya no como una democracia (esta categoría se sitúa entre una democracia imperfecta y un régimen autoritario). No es el único caso; el instituto sueco V-Dem clasifica a nuestro país ya como una “autocracia electoral”.

Claudia Sheinbaum y Morena pueden asumirse “de izquierda” (para mí no lo son), pero no son demócratas, como diría José Woldenberg. Ellos son esencialmente como Trump, Orbán y Putin. Y como Maduro en Venezuela u Ortega en Nicaragua.

El proceso mexicano durante estos más de 7 años de obradorismo en el gobierno de México es como el de Hungría en 16 años y en los países mencionados. Las consecuencias de este tipo de regímenes es la degradación, la decadencia de la economía, la educación, la cultura, la salud, la infraestructura, la seguridad y la imparable corrupción, además de lo inherente a pérdida de libertades democráticas.

Es lo mismo que nos sucede en México. Por eso estamos estancados en nuestro desarrollo, por más que se sigan haciendo intermitentemente anuncios de cuantiosas inversiones privadas nacionales y extranjeras. En contrapartida, hay nula (cero) o muy poca confianza para invertir en México, según una encuesta del Banco de México, mientras que el 68% de quienes toman las decisiones en la iniciativa privada piensa que no habrá confianza para invertir en los próximos 6 meses. Al mismo tiempo, continúa la fuga masiva de capitales, ahora también a España y Portugal, según lo reporta la revista Forbes.

Las razones son las mismas: no hay confianza, temen por la creciente inseguridad (aunque las cifras oficiales digan otra cosa) y no tienen certidumbre jurídica para sus bienes y propiedades, más después de la última decisión de la “Corte del Acordeón” de poder congelar las cuentas bancarias sin que medie una orden judicial.

Por eso, regresando al ejemplo de lo que recién sucedió en Hungría, los populismos autoritarios no son invencibles. La clave para derrotarlos es la creación de un gran frente político y ciudadano, una amplia alianza que ponga en el centro la defensa de la seguridad de la gente, su salud, la calidad de vida y las libertades democráticas, para derrotar a Morena en el 2027 y empezar a preparar la alternancia para el 2030.