La contundente derrota de Víktor Orban, primer ministro de Hungría desde hace 16 años ininterrumpidos, interesa en primer lugar a la sociedad magyar. Pero también es de importancia -y mucha- para la Unión Europea y Estados Unidos, en su versión trumpiana.
Autócrata, iliberal y corrupto su gobierno en Hungría, Orban fue calificado de “Caballo de Troya” para la Unión Europea y de servil -y convenenciero- con Washington y Moscú. Por ello el lector podrá interesarse en el personaje, en cómo operaba la autocracia y corrupción —¿nos descubrirá a los mexicanos algo desconocido?—, en su permanente labor de zapa de la UE y las genuflexiones a Trump, a Putin y, en alguna medida, a Xi Jinping.
Respecto a las elecciones del domingo 11 de abril que acaba de perder Orban y su partido Fidesc, se destacan como principales causas de su derrota, ampliamente destacadas por su joven y antiguo “aprendiz de brujo” y aliado político, Peter Magyar y el partido Tisza: escándalos de corrupción y clientelismo, lo qué, además, deterioró la imagen de Orban como la personalidad clave de la ultraderecha europea que ha sido durante años. Por cierto, viajó a Budapest, a darle apoyo ¡el católico, simpatizante -y apoyo- de la extrema derecha europea, JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos! A quien feroces periodistas estadounidenses y extranjeros suman entre “sus derrotas”, la de Orban. Quien, por supuesto, siempre contó con el apoyo de Trump.
Los numerosos analistas que en Europa y Estados Unidos -y en México- han hecho notar que Hungría con Orban terminó siendo una democracia iliberal, “donde existe oposición política y elecciones, pero se atenta contra el Estado de Derecho, la separación de poderes y los derechos civiles”. Lo que sí ha dado lugar es a que entidades que analizan democracia y libertades en los países, como el Índice VDem, con sede en la Universidad de Gotemburgo, señalen que Hungría ha sufrido una regresión autoritaria.
Lo que es ostensible cuando, aprovechando su mayoría de dos tercios en el Parlamento, el premier reformó la Constitución, “erosionando los contrapesos democráticos”. Informa y muestra en su análisis David Gómez, académico de la web española EOM (El Orden Mundial).
Y, ya entrado en esta vereda de irrespeto a los derechos humanos, el rechazo de Orban a la inmigración y a los inmigrantes ha sido implacable. Por una parte, se opuso a las cuotas de refugiados -cantidad de personas- que la generosidad y el pragmatismo de Ángela Merkel proponía en 2015 que acogiera cada Estado miembro de la UE, restringió el derecho de asilo y utilizó de manera deshonesta el concepto y valores de la civilización occidental: contra los musulmanes y contra cualquier grupo de inmigrantes que no profesa el catolicismo, protestantismo, etc.
Además, hizo suya la teoría de “El Gran Reemplazo” o “La Gran Sustitución”, según la cual los inmigrantes, con tasas de fertilidad muy superiores a las de los autóctonos europeos: ”¡se reproducen como conejos!”, habrán de sustituirlos e imponer sus creencias, valores y reglas de derecho y convivencia a las sociedades y naciones cristianas que les dieron asilo.
Todo ello afianzó la imagen del primer ministro hoy derrotado como nacionalista -contrario al internacionalismo- y nativista, una suerte de epidemia que cundió en Europa y contaminó incluso a partidos de izquierda, como los socialdemócratas daneses, el SPD y la Alianza Sahra Wagenknecht en Alemania ¡y los laboristas en el Reino Unido!
Este Orban reaccionario también enfocó sus baterías contra los homosexuales y, además de prohibir la difusión en la prensa y demás medios masivos de difusión, ¡prohibió las marchas LGTBIQ+!
En torno a esta deriva reaccionaria, lo más importante es referirnos, primero, a la feroz labor de zapa de Orban: contra la Unión Europea: para empezar, su defensa del derecho nacional frente al derecho europeo, contando en su momento, con el apoyo del gobierno retrógrado de Polonia: PIS, ahora parcialmente derrotado, entre otros, principalmente de Europa del Este.
Esta labor de zapa se tradujo en oponerse y bloquear un crédito de 90,000 millones de euros a Ucrania, arguyendo, sin pruebas, que el corte de suministro de petróleo ruso a Hungría se debió a un ataque de Kiev empleando drones.
Porque, como he comentado, el premier húngaro se convirtió en esquirol de Putin de Rusia, a grado tal que el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, informaba a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, de las deliberaciones en el Consejo Europeo. También se detalló que Hungría maniobraba a favor del Kremlin para eliminar las sanciones contra ciudadanos rusos.
Pro ruso -por dependencia económica, en buena medida- este liberal de otros tiempos y europeísta. Hoy es aliado de Putin y de Trump. Como aliado del ruso, usa su poder e influencia para bloquear cualquier apoyo de la UE a Ucrania: además del crédito bloqueado, obstaculiza el envío de armamento a Kiev.
En esta baraja de simpatía y apoyo al gobernante hoy caído, la de Trump fue incondicional y elocuente: “estoy con él hasta el final” y en alguna ocasión dijo de él: “es como si fuera yo mismo”. De suerte que, la derrota de Orban es, en cierto modo, una derrota de Trump. Aunque, evidentemente, el vencedor de los comicios, Peter Magyar, tratará de no distanciarse del estadounidense.
Por lo pronto, Magyar ha hecho explícitas las barbaridades cometidas por su antecesor, desmantelando las instituciones de la democracia y mostrando la terrible corrupción en que había caído el régimen. Él, Magyar, tuvo en su primera aparición pública después de su triunfo, comentarios de apoyo a la comunidad LGTBIQ+, así como, por supuesto, expresó plena vinculación a la Unión Europea.
Como es evidente, las autoridades de Bruselas no caben en sí de gozo. Ursula van der Leyen ha manifestado su satisfacción, diciéndose dispuesta a colaborar con el nuevo primer ministro Magyar, y en el mismo sentido se han expresado otras autoridades de Bruselas y no pocos representantes de los Estados miembros de la UE.
