Las conferencias de prensa en Palacio Nacional se han consolidado como un escenario para la polémica, desplazando su función original de informar sobre las políticas del Gobierno federal. Diariamente, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta interrogantes que, en rigor, escapan a su ámbito de atribuciones o a la agenda pública institucional. En este espacio convergen reporteros y creadores de contenido —algunos de dudosa ética periodística— que esperan que la mandataria actúe como una enciclopedia de eventos coyunturales o temas triviales.
Las intervenciones más controvertidas han sido señaladas por distraer del debate sustantivo; parecen más piezas de propaganda o anécdotas que cuestionamientos técnicos. Incluso persisten denuncias sobre “preguntas sembradas”, diseñadas con fines ajenos al interés informativo.
Los ejemplos abundan. En vísperas del Mundial 2026, se cuestionó a la presidenta sobre campañas de adopción de animales, un asunto de competencia local o civil, no presidencial. Asimismo, la agenda se contamina con asuntos partidistas: desde renovaciones internas en Morena hasta rumores sobre renuncias de secretarios, como el caso de Ariadna Montiel en Bienestar. Aunque la presidenta responde, estas consultas transforman la conferencia en un foro de especulación política.
Otra vertiente es la insistencia en su relación con López Obrador y la “Cuarta Transformación”, lo que a menudo se percibe como un guion político preestablecido. Quizá el momento que mejor ilustra esta falta de rigor fue la intervención de Carlos Pozos, conocido como Lord Molécula, quien pidió la opinión de Sheinbaum —en su calidad de científica— sobre el fenómeno OVNI, preguntándole incluso: “¿Estamos solos?”.
¿Comunicación circular o propaganda?
Una crítica persistente desde el sexenio anterior es el uso de esta tribuna como plataforma de propaganda o para descalificar adversarios. Según la consultora SPIN, de Luis Estrada, se contabilizaron 40,000 afirmaciones no verificables en 1,435 conferencias del periodo anterior. Aunque dicho seguimiento ha cesado, la continuidad del formato y del personal sugiere que prevalece la dinámica de privilegiar la narrativa oficial sobre el dato duro.
Bajo la gestión de Sheinbaum, se observa una tendencia a evadir temas espinosos mediante frases como “no estoy enterada” o “presentaremos un informe próximamente”. Esta postura es especialmente notoria en crisis de seguridad, como las desapariciones forzadas, donde el discurso oficial evita comprometerse frente a la realidad de las fosas clandestinas denunciadas por las familias de las víctimas.
Las críticas también apuntan a la manipulación de estadísticas —el “rasurado” de cifras— para matizar la gravedad de los homicidios mediante reclasificaciones técnicas. Sin embargo, lo más desconcertante es la negación inicial de hechos verificados por la ciudadanía. Sucedió con el video de una mujer asoleándose en Palacio Nacional —negado y aceptado una semana después— y, de forma más grave, con el derrame en el Golfo de México. En este último, la presidenta inicialmente exculpó a Pemex, para admitir casi un mes más tarde la responsabilidad de la empresa estatal en el daño ambiental.
En conclusión, la conferencia diaria no parece servir para posicionar los ejes estratégicos del Gobierno, sino para alimentar la polarización en redes sociales. Entre preguntas fuera de lugar y respuestas que denotan una falta de anticipación por parte de su equipo de comunicación, la “mañanera” se aleja de su utilidad real como herramienta de rendición de cuentas.
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