Juan Daniel Oliva Martínez y Elias Angeles-Hernandez

La cultura se está configurando como el motor capaz de impulsar el entendimiento mutuo, comunicación efectiva y encuentro entre personas, pueblos, naciones y Estados. Todo ello, frente a la incomunicación, unilateralismo y falta de cooperación, característico de la geopolítica actual. De esta forma, diplomacia y cooperación cultural, se erigen como cimientos sólidos para un orden internacional comprometido con la paz y preservación de la diversidad. Esta diplomacia cultural, puede también servir para rescatar y fortalecer vínculos de un pasado común entre países, suavizando tensiones y desencuentros.

En ese sentido, en un escenario en que las relaciones entre México y España no pasan por su mejor momento, ambos gobiernos al más alto nivel diplomático e institucional, apostaron por la cultura como canal para conciliar, armonizar y reforzar la conexión. La idea era crear un clima renovado en el cual el diálogo, reconocimiento recíproco e intercambio cultural como denominadores comunes, reactivaran los canales diplomáticos. No se trató en ningún momento de persuadir o influir culturalmente, sino de dar continuidad a las relaciones diplomáticas.

De ahí que, la exposición La mitad del mundo. La mujer en el México indígena, inaugurada en octubre pasado en diversas sedes de Madrid de reconocido prestigio, entre ellas, el Museo Arqueológico Nacional, tuvo dos propósitos fundamentales y estratégicos.  Por un lado, configurarse como puente para reafirmar y reconocer el papel fundamental de las mujeres en el contexto indígena que ha tenido, y tiene hoy día, en la conformación y preservación de la familia, economía, educación y política.  Por otro, poner en valor los estrechos lazos histórico-culturales que unen a ambas naciones y con ello, suavizar sus relaciones.

Esta iniciativa, la cual concentró 450 piezas de incalculable valor y simbolismo, se presentó dentro de la celebración del año 2025 como Año de la Mujer Indígena en México. La exposición, resultado de reuniones políticas y técnicas, fue un buen motivo para reactivar la política exterior entre ambos Estados.  Un idioma común, arte, literatura, gastronomía, una herencia arquitectónica, y un sinfín de festividades resultado de un sincretismo enriquecido a través del tiempo y del intercambio de conocimientos de culturas indígenas a partir de sus saberes ancestrales, justificaron y dieron fuerza a esta muestra.

Las consecuencias de un distanciamiento entre las más altas esferas del gobierno, algo que no había acontecido desde el restablecimiento de relaciones diplomáticas en 1977, nos han enseñado que no son estrategias adecuadas la discordia, los señalamientos, las declaraciones públicas o requerimientos no consensuados. Por ello, España y México, están llamados a resaltar aquello que une, fortifica y hace avanzar a nuestras sociedades, en un mundo cada vez más competitivo, complejo e interconectado que demanda acciones y decisiones acertadas, y en el que las alianzas culturales son claves para mejorar la cooperación. Es momento de dejar atrás conflictos pasados y reforzar lazos actuales, los cuales han contribuido a formar una conexión única entre México y España.

La exposición representó un excelente punto de partida para avanzar hacia la consolidación de una agenda común, apostando por la cooperación cultural. Para el logro de este proyecto sin precedentes, fue fundamental el papel, tanto la Secretaría de Cultura de México, como el Ministerio de Cultura de España, quienes mostraron estar a la altura en momentos de tensión. El resto de las sedes de la exposición fueron el Museo Thyssen-Bornemisza, el Instituto Cervantes y la Fundación Casa de México, espacios de gran proyección internacional.

Por otro lado, las entidades que materializaron esta exposición fueron la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), y el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), en colaboración con la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB). Lo anterior, da muestra de nivel de compromiso e interés, por hacer frente, sino a una crisis diplomática, si a cierto enfriamiento de las relaciones, lo que sin duda no es provechoso para ninguna de las partes, tomando en cuenta los intereses recíprocos vigentes.

La mitad del mundo. La mujer en el México indígena, sirvió como espacio de cooperación y diplomacia cultural llamado a limar asperezas y poner freno a roces diplomáticos, evitando escalar a otros niveles. La exposición fue un claro reflejo de una primigenia voluntad política de ambas partes para actuar con responsabilidad y precaución, reactivando un entendimiento basado en el respeto. Más allá de ser una muestra de arte precolombino, fue un ejemplo muy interesante de cómo el factor cultural puede servir de revulsivo para mejorar las relaciones diplomáticas entre naciones.

Juan Daniel Oliva Martínez (España), es experto en pueblos indígenas, director de la Cátedra de Pueblos Indígenas y vicedecano de Cooperación de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas, en la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M).

Elias Angeles-Hernandez (México), es investigador de la Cátedra de Pueblos Indígenas, coordinador Académico del Título de Experto en Pueblos Indígenas en la UC3M, y docente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).