En las entregas anteriores establecimos que la Seguridad Nacional es el conjunto de condiciones indispensables, preexistentes y permanentes para el desarrollo de una sociedad. Dicho proceso debe ser integral, de largo plazo y debe permear de manera proporcional pero sostenida a todas las dimensiones sociales del Estado, tanto en su contexto presente como potencial futuro. De igual forma, el desarrollo puede ser dividido y segmentado para analizarlo, compararlo, medirlo y programarlo; pero en sí es una estructura integral que se debe reflejar en la calidad de vida real y percibida de la población, siendo una cualidad expandible y proyectable.

El desarrollo, independientemente se su concepción o interpretación teórica, es un proceso que cuenta con elementos comunes para todas las sociedades. De hecho, desde una perspectiva analítica antropológica es posible discernir que el desarrollo es una característica común entre todas las civilizaciones, ya que, aunque cada una responde a su contexto y coyuntura histórico-social particular, en general todas siguen un mismo patrón dinámico de comportamiento y proyección.

Las ciencias antropológicas y la historia nos muestran que dichos patrones se fundamentan en procesos estandarizados, y que si no mantienen un crecimiento y proyección estable y sostenida están destinadas a su colapso y fracaso. Desde eta perspectiva, todas las civilizaciones pueden cifrar su desarrollo en seis núcleos esenciales interrelacionados por ejes mutuamente vinculantes, y un Centro de Gravedad que les otorga armonía y cohesión en un modelo dinámico. Aunque todos estos componentes son esenciales para la integridad de la interrelación humana estable y sostenible, existe un eje fundamental con dos núcleos críticos que le otorgan a las sociedades sus capacidades de supervivencia y de trascendencia. Este es el verdadero fundamento del Desarrollo y por tanto de la Seguridad Nacional.

El primer núcleo conceptual de este modelo analítico es la capacidad de producción alimenticia de una sociedad. Ésta incluye no sólo la capacidad agropecuaria, sino también hídrica y de otros insumos esenciales para la alimentación de una población en un tiempo y espacio particular. Cada civilización a lo largo de la historia ha considerado éste como el factor más importante para su desarrollo por una razón fundamental y lógica-esencial: sin alimento, sin agua, sin capacidad de producir, almacenar y distribuir estos recursos no puede desarrollarse ninguna actividad humana.

La capacidad de producción alimentaria no es sólo exclusiva de la capacidad agropecuaria de un Estado, aunque hasta el momento histórico contemporáneo depende mayoritariamente de la misma. La administración y aprovechamiento de los recursos hidráulicos del Estado es un factor crítico y esencial para el desarrollo, y a lo largo de la historia es el factor al que más recursos se le han destinado de manera primaria en todas las civilizaciones. El agua, su consumo y su capacidad futura determina si una sociedad puede o no sobrevivir en un contexto particular; determina si puede generar alimentos y cuidar de su entorno de manera sostenible, hasta el momento determina la ubicación de los asentamientos humanos, y establece áreas de inclusión y exclusión física de la sociedad.

Sin este núcleo alimenticio-hidráulico hablar de desarrollo civilizatorio o social es intrascendente, y por lo tanto representa una de las piedras angulares de todos los demás procesos colectivos de la humanidad. Irónicamente, la atención de este recurso requiere relativamente poca complejidad en relación con otros procesos sociales. Esto no quiere decir que sea “fácil” o “sencillo”, sólo que es un proceso lineal básico: toda sociedad requiere de alimento y de hidratación para sobrevivir. Es entonces esperable que su contraparte en el eje relacional que describimos sea casi lo opuesto, pero que contribuye directamente a su consolidación: la concepción y materialización de tecnología.

Cada sociedad a lo largo de la historia, dependiendo de su contexto o coyuntura, ha cifrado su trascendencia en virtud de lo que para ellos es el desarrollo de “alta tecnología”. Pedernales, obsidiana, bronce, hierro, petróleo, energía nuclear, o cualquier otro recurso y su aprovechamiento ha sido considerado como alta tecnología para un grupo social. Esto los ha llevado a defenderlo, a protegerlo, y a empelar estos recursos para consolidad, fortalecer y trascender su sociedad. En consecuencia, la inversión social en el desarrollo de tecnología -así como de todos los recursos humanos, materiales y temporales necesarios para la misma- es uno de los motores de todas las civilizaciones.

En el momento que las sociedades dejan de producir y emplear recursos tecnológicos para su desarrollo se presenta un proceso complejo que los lleva a su detrimento y eventual colapso: otras sociedades avanzan más que ellos, toman sus recursos, los sumen en el atraso, quedan anticuados y desactualizados, y por tanto sucumben a los medios e instrumentos de otras sociedades. De igual forma, los recursos tecnológicos y su desarrollo se traducen de manera directa o indirecta al beneficio de la sociedad en general, incluidas la producción alimenticia y de aprovechamiento hidráulico.

En consecuencia, mientras que uno de los extremos de este eje representa la capacidad de supervivencia de la sociedad (capacidad alimenticia e hídrica) su contraparte es el motor que le otorga dinamismo a ésta y le impulsa al porvenir (producción y empleo tecnológico). Todas las sociedades exitosas han invertido bajo un criterio de eficiencia terminal en estos dos rubros de manera prioritaria, patrón de comportamiento que se puede ver hasta nuestro contexto contemporáneo global. Aquellas sociedades que no sólo no han invertido en estos conceptos, sino que los han descuidado, ignorado o mermado se han condenado a la subordinación y al fracaso.

Con estos elementos preliminares ya es posible identificar algunos puntos clave en donde el Estado Mexicano esta fallando en su capacidad de promover y mantener el Desarrollo y las condiciones contextuales nacionales para su correspondiente administración y gestión. El campo mexicano se encuentra, desde al menos hace ocho años, en franco abandono. Sujeto y objeto de politización, así como instrumento y rehén de entidades que se han dado a notar por increíbles escándalos de corrupción, desvío y “pérdida” masiva de recursos públicos destinados a la administración y producción agropecuaria, el elemento central de la supervivencia nacional ha sido relegado a la irresponsabilidad.

Esto se debe a que, pese a la evidencia de manejos inapropiados, indebidos e ineficientes, aparentemente nadie en el Estado Mexicano responde ante ellos. Solo se les deja pasar, suspendido en el espacio etéreo del discurso político nacional, sustituido en la discusión pública por un nuevo escándalo o por la nueva coyuntura narrativa. Lo mismo podría decirse con los recursos hidráulicos nacionales, ocasionalmente tema de observancia por algún conflicto social o casualidad noticiosa, pero permanentemente en estado de negligencia administrativa.

El desarrollo tecnológico nacional no corre mejor suerte. Desde al menos dos Administraciones Federales ha sido relegado al ser considerado un rubro ideológicamente opuesto a una visión dogmática. Etiquetado cono términos denostativos, minimizado por actores carentes de contexto y visión, desestimado por un discurso insustentable, y marginado por una narrativa centrada en concepciones irreflexivas, el gran motor de la dinámica nacional se ha sumido en la marginación de las prioridades coyunturales.

Importantes recursos científicos, humanos y materiales especializados en innovación y progreso tecnológico han sido desmantelados desde hace dos administraciones al no ser considerados como prioritarios para la nación. A cambio se han tratado de implementar “parches técnicos” disfrazados de tecnología, recursos costosos, pero poco innovadores, deficientes, redundantes y que en ocasiones representan gastos insolventables en el corto, mediano y largo plazo. El discurso les reviste de legalidad, aparenta legitimidad; pero los resultados son incuestionables e inequívocos en su desatino.

Es así como en este primer eje del Desarrollo -y por tanto de la Seguridad Nacional- México tiene temas que enmendar y un importante camino por recorrer. Como veremos en futuras entregas cuando sean presentados los demás componentes del modelo analítico, las soluciones son simples y directas, aunque no sencillas ni lineales. Es un esfuerzo conjunto entre las autoridades, el gobierno y la sociedad. Pero para ello hay que empezar con el primer y segundo paso: abrirse al análisis reflexivo y aceptar que hay espacio de mejora más allá del discurso. Sin estos componentes poco se puede hacer, como nos muestra la historia e incontables sociedades que han fracasado.

El autor es antropólogo Social e Internacionalista. Especialista en Inteligencia Estratégica, Estudios Prospectivos, e Innovación Aplicada.