En las entregas anteriores hemos establecido que la clave de la Seguridad Nacional es el Desarrollo, ya que éste sienta las condiciones conducentes, necesarias y permisivas para que la sociedad pueda desenvolverse, pueda incrementar su calidad y condición de vida, y pueda trascender generacionalmente en el entorno nacional y global. De igual forma, reflexionamos que el Desarrollo no es un proceso aislado o exclusivo de nuestra sociedad ni de nuestra época, sino que por el contrario es un proceso común y compartido por todas las naciones, sociedades y pueblos a lo largo de la historia. El Desarrollo es, en sí, la historia de la civilización, y por tanto de la humanidad.

Por su parte, por definición el Desarrollo es dinámico, y requiere de encontrarse en un constante estado de espiral ascendente para mantenerse. De lo contrario, cualquier sociedad se estanca -real o relativamente en relación con otras naciones- y eventualmente retrocede y colapsa. Los criterios esenciales para su proyección son la eficiencia, el equilibrio y la estabilidad. Lo anterior solo puede lograrse estableciendo claramente los catalizadores y motores del Desarrollo, integrados en procesos estratégicos, y programados para buscar su ampliación y consolidación en el corto, mediano y largo plazo.

En la colaboración anterior presentamos como el eje fundacional del binomio integral Desarrollo-Seguridad los dos núcleos esenciales de cualquier civilización a la producción alimentaria e hídrica y al desarrollo tecnológico. Sin embargo, para materializar eficientemente estos dos propósitos esenciales de la civilización, las sociedades y las naciones se requieren otros componentes interconectados que le otorgan los insumos requeridos para llevarlos a cabo. Más que núcleos aislados, son componentes partícipes que cohesionan y particularizan a una sociedad, y que le otorgan sus características distintivas con respecto a sus contrapartes en el sistema global en un contexto temporal determinado.

En la presente entrega reflexionaremos sobre los dos núcleos que constituyen el eje integrador del binomio Desarrollo-Seguridad, y que representa el fundamento estratégico para su supervivencia. Aunque podrían parecer dos componentes diferenciados, en esencia son parte de un mismo continuum civilizatorio. En primer lugar, encontramos la clave esencial para la producción alimenticia y el desarrollo de alta tecnología, el recurso sin el cual ninguna civilización es viable: la energía. Ya sea madera, carbón, electricidad, derivada de paneles solares, o producto de reacciones nucleares, la energía, su capacidad para producirla, almacenarla, emplearla y distribuirla es crítica para la sociedad.

Sin energía no puede haber civilización. A lo largo de la historia ha requerido de diferentes insumos, medios y aplicaciones. Es uno de los rubros de inversión más importantes en toda la humanidad, y ha definido el curso y proyección de nuestra especie. La energía es el recurso nodal que determina la cantidad y calidad de alimentos que se producen, la capacidad de generar y purificar agua en cantidades suficientes delimita la capacidad de distribución alimentaria y su aprovechamiento. De igual forma, es el insumo fundamental para generar alta tecnología. Sin energía adecuada y eficiente es imposible promover la ciencia, el estudio de aproximaciones técnicas, y de aplicar el ingenio humano, es decir, la ingeniería necesaria para mover a la sociedad al futuro de manera estable y trascendente.

Este triángulo primordial – alimentos, tecnología, energía– delimita los recursos esenciales para una sociedad; pero requiere de incorporar el fin, objeto y sujeto de la civilización en si misma: el capital humano. Existen diferentes concepciones de este término, pero para fines del presente análisis reflexivo interpretaremos por éste todos los insumos, medios y recursos que influyen en la sociedad en lo individual y lo colectivo. Aquí podemos colocar la educación, la salud física y mental, la urbanización, los servicios sociales, y todos aquellos intangibles que intervienen en el estado anímico y corpóreo de los individuos partícipes de una comunidad.

El capital humano es la sociedad en sí misma, con sus subdivisiones y segmentos, con sus inclusiones y exclusiones. Este término nos refiere a todos los individuos que participan en una sociedad organizada, no sólo aquellos que poseen una ciudadanía o gozan de alguna situación jurídica particular. De hecho, si analizamos la dinámica social a lo largo de la historia, la exclusión de los no-ciudadanos de los procesos de toma de decisiones locales es una postura relativamente reciente, ya que siempre se ha considerado que parte del acervo de una sociedad – particularmente en lo que se refiere a la capitalización y la eficiencia terminal de procesos productivos – proviene de agentes foráneos que se insertan en la sociedad de manera autonómica, inducida o forzosa.

Es así como el capital humano se fundamenta en el enriquecimiento de capacidades y potencialidades del núcleo social, el cual provee el recurso primordial para el desarrollo y proyección de esta. Es el fundamento generador de las condiciones presentes y trascendentes de la civilización, ya que el capital humano y sus componentes generan el elemento definitorio de una sociedad: la cultura. Es la suma de todos las aspiraciones, conocimientos, costumbres y prácticas sociales de manera transgeneracional. Es el pasado, presente y futuro de una sociedad, y le otorga la perspectiva y la visión para su supervivencia, permanencia y trascendencia. La cultura es, en consecuencia, el alma de la civilización. Es este atributo el que determina qué, cuáles y en qué cantidad se requieren los alimentos para sustentarla, determina las características y alcances tecnológicos alcanzables; y en consecuencia los recursos energéticos necesarios para materializarlos. El capital humano y la cultura resultante de ella requiere de recursos alimenticios, energéticos y tecnológicos para sobrevivir, para consolidarse y para proyectarse. Es así como este eje representa el componente integrador fundamental del Desarrollo, y cualquier vulneración a sus componentes representa una vulneración a su Seguridad.

Al analizar y reflexionar con detenimiento en torno a los dos núcleos expuestos en el presente, así como a su eje vinculante y su interacción simbiótica con el eje alimentación-tecnología, podemos identificar las grandes áreas de oportunidad que en nuestro país existen para consolidar estos insumos como parte esencial de nuestro presente y porvenir. México posee una crisis energética desde hace décadas, ya que los recursos y medios de este rubro son ineficientes, insuficientes y limitativos. Seguimos empleando medios y tecnología retrógrada para la producción y distribución energética, y la inversión pública y privada en innovación energética nacional es virtualmente inexistente.

México sigue dependiendo de combustibles fósiles, poco eficientes, contaminantes, y esencialmente caros. Amarrados irreflexivamente a un discurso defensor de la “soberanía” (término sobre el cual analizaremos y reflexionaremos en entregas subsecuentes) el Estado Mexicano busca aferrarse al pasado esperando encontrar en él las respuestas del futuro, haciendo caso omiso y optando por la ceguera selectiva de los medios necesarios para fortalecerse, innovar y generar los recursos energéticos necesarios para impulsar a nuestra nación en el tercer milenio de nuestra era.

Lo mismo podríamos decir del capital humano nacional. Aferrados a un discurso de corte socialista – pero en la práctica no más que instrumentalista- la promoción de los insumos requeridos para consolidar, promover y proyectar a nuestra sociedad queda en un segundo plano supeditado a los intereses de una pequeña élite política y excluyendo los intereses estratégicos nacionales. Tan sólo basta ver la educación, la salud y la promoción cultural en nuestro país para identificar las enormes áreas de oportunidad que existen. Pero también debemos reconocer que estimularlas y fortalecerlas es completamente posible, lo que nos remite a una única conclusión lógica: el deterioro educativo, energético, científico, cultural, sanitario, y tecnológico nacional ha sido una decisión consciente y voluntaria.

Dar marcha atrás y enmendar camino es posible, es lineal y requiere de una primera inversión asequible para el Estado Mexicano. Falta determinar los demás componentes de binomio Desarrollo-Seguridad, reflexionar sobre cómo se pueden integrar en un conjunto consolidado coherente y consistente, e identificar sus principales vulnerabilidades internas (riesgos) y externas (amenazas). A esto nos dedicaremos en las entregas subsecuentes, pero el ingrediente fundamental para llevar a cabo este esfuerzo estratégico nacional es un recurso que tenemos a la mano de manera opcional, y que sin él nada es posible. Este elemento es la voluntad.

El autor es Antropólogo Social e Internacionalista. Especialista en Inteligencia Estratégica, Estudios Prospectivos, e Innovación Aplicada.