La pirámide de la luna en Teotihuacán retrocedió siglos al ser escenario de un acto sacrificial cuyo resultado fue de dos muertos y ocho heridos. El día soleado, con ligero vientecillo que aliviaba el calor aún no sofocante del medio día. Los turistas, la mayoría extranjeros y adultos maduros, se vieron de pronto sacudidos por ruidos insospechados provenientes de la cúspide del promontorio milenario. En segundos no les quedó duda: eran balazos. La confusión rompió la tranquilidad de minutos antes. En pocos minutos el sitio empezó a poblarse de uniformados, quienes identificaron al autor de los disparos y lo repelieron antes de que accionara su arma contra ellos.

En los escalones de la pirámide quedaron personas “sacrificadas”, no por la acción de las balas sino por caídas debido a su instinto natural de ponerse a salvo; en la parte superior, una turista canadiense moría en un acto ajeno a su voluntad, a unos metros de su agresor, muerto por propia mano al quedar herido de una pierna y estar decidido a inmolarse antes de ser capturado. Contaba con 27 años, y conforme a las evidencias en el sitio del evento, lo planeó con anticipación conforme a protocolos aprendidos de sucesos similares en Estados Unidos. Había pasado la noche en un hotel aledaño a Teotihuacán, se trasladó en un taxi Uber y nadie sospechó que en su bolsa de lona llevaba un rifle, una pistola y cincuenta cartuchos.

Los sacrificios en tiempos prehispánicos tenían un sentido religioso, atávico; el del lunes 20 de abril es uno más de los que suceden por la descomposición de una sociedad enferma en un país y un mundo en crisis, decididos uno y otro a seguir su camino autodestructivo. La soledad es el común denominador en la mayoría de los casos como éste, la confusión mental a la que no se encuentra salida y va llevando a situaciones extremas. Lo más preocupante es que no hay medicinas que curen una enfermedad causada por sociedades entregadas a sacrificar su alma, y sin ella es imposible hallar un remedio infalible. Menos cuando, por encima incluso de la vida, está la competencia por acumular bienes y riqueza, carrera que ha venido acabando con el valor fundamental de la sociedad: la familia.

No es fortuito que este fenómeno de las muertes sin sentido se esté recrudeciendo en México, precisamente en el régimen que prometió apuntalar los valores esenciales del pueblo mexicano, y en los hechos está haciendo todo lo contrario. Con este “sacrificio” en pleno siglo veintiuno, el rumbo de México se vislumbra aún más incierto: la noticia del acto terrorista en la emblemática pirámide recorrió el mundo. Para el gobierno, en el momento más inoportuno: a menos de dos meses del evento deportivo más popular del planeta: el Campeonato  Mundial de Futbol. Con las negociaciones del T-MEC apenas en su arranque; con el escándalo producido por las declaraciones por el aumento de las desapariciones forzadas en nuestro país, por el comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, de visita oficial en México, el descrédito del régimen creció a niveles que no será tarea fácil revertir.

En este contexto, toca al gobierno mexicano avanzar en la reducción de obstáculos que enturbian una sana relación con Estados Unidos, como se advierte en las decisiones que parecen tomadas no para solucionar problemas, sino para complicar los existentes. Claro ejemplo de ello son las erráticas políticas públicas cuyas consecuencias, en vez de paliar problemas estructurales, se agravan. Baste mencionar la resolución de la SCJN que permite congelar cuentas bancarias sin orden judicial, así como el apoyo a programas sociales que suman dos billones de pesos anuales, sin un respaldo productivo que permita su recuperación.

A ello se suman prácticas que demuestran la improvisación de medidas coyunturales, cuando lo que se requiere son estrategias de mediano plazo que reduzcan los riesgos de un proceso inflacionario sin control, como se ha observado en los primeros tres meses del año, con una tasa superior al 4 por ciento. Se observa así que al terrible y desgastante problema de la inseguridad vinculada al crimen organizado, se suma el de la necesidad imperiosa de generar ingresos fiscales, tema largamente pospuesto que ahora amenaza con una recesión, en caso de no encontrar salidas viables a la generación de empleos.

Sin embargo, no será con acciones desesperadas como se enfrentará con éxito la falta de inversiones, como el acoso de la autoridad hacendaria a grandes multinacionales estadunidenses, de lo cual se quejó en días pasados el Consejo Nacional de Comercio Exterior de Estados Unidos. Pareciera que el gobierno federal quiere cometer suicidio como única solución a los gravísimos problemas que heredó del sexenio anterior. Esto con tal de proteger al ex mandatario, lo que parece un absurdo en tanto que a final de cuentas será contraproducente pretender algo imposible de lograr.

Continuar con la ideologización como motor del quehacer gubernativo es un despropósito. Lamentablemente, la presidenta Sheinbaum sigue por esa ruta, no obstante que la realidad es más compleja, tanto en el país como en el exterior. Tal situación tendrá que obligar a la mandataria a fijar prioridades con más rigor en todos sentidos. Lo que queda muy claro es la imposibilidad de que mantenga como sustento de su administración la cobertura a su mentor político. No por su propio descrédito, sino por el daño específico a México en todos los renglones de actividades económicas, sociales y políticas. Mucho menos sin la colaboración solidaria de la cúpula empresarial. Lo reconoció implícitamente la semana pasada al inaugurar el primer Polo de Desarrollo para el Bienestar del País, en Tlaxcala. “El Estado no puede hacer todo, requiere necesariamente de la coordinación con la iniciativa privada”, afirmó.

Lo que debe quedar bien claro es que se trata de coordinación, no de subordinación, como lo pretendió su antecesor, dejándole a ella la carga del costal de trampas burocráticas y políticas con el único propósito de implantar un régimen anacrónico, inviable en el mundo actual. Ojalá así lo entienda ella y se decida, y pueda, actuar de modo consecuente con la imperiosa necesidad de poner los cimientos de un régimen democrático, sin la sombra de riesgos predecibles, como el incremento de  “sacrificios” absurdos pero explicables a la luz de la sociología y la medicina siquiátrica.