Oswald Spengler, en su libro La decadencia de Occidente, y Paul Kennedy, en su obra Auge y caída de las grandes potencias, analizan cómo las potencias se desgastan y cómo esto construye nuevos órdenes mundiales a lo largo del tiempo.

Spengler sostiene que las potencias declinan por derrotas militares, pero también por un agotamiento de su energía interna, de su capacidad de dar sentido, cohesión y horizonte a la vida colectiva, fenómeno que hoy se observa en Estados Unidos y Rusia.

Kennedy lo aborda desde otro enfoque, en el sentido de que las potencias se debilitan cuando sus ambiciones estratégicas superan su base económica, fiscal e industrial, lo que también ocurre en Washington y Moscú.

Aunque estas obras fueron escritas hace 100 y 40 años, hoy resultan particularmente vigentes y nos permiten ver que el mundo está cambiando de una forma más profunda y volátil de lo que alcanzamos a percibir; estamos presenciando la construcción de un entorno geopolítico diferente, sin centros claros, más fragmentado, incierto y competitivo.

La realidad es que naciones intermedias como Ucrania e Irán están demoliendo el mito de la invencibilidad de las grandes potencias, en un contexto marcado por la irracionalidad geopolítica y la insensatez.

Rusia afirmó tomar Kiev en 72 horas, y ya han pasado cuatro años desde el inicio del conflicto; mientras que Estados Unidos se declaró triunfante a las pocas horas de su intervención en Irán, cuando la realidad es que pasó al ridículo en minutos.

Los escenarios no son alentadores. Si Irán resiste, Estados Unidos perderá credibilidad, autoridad moral, trillones de dólares tirados a la basura y, sobre todo, la narrativa de su invencibilidad.

Si Teherán cae, se alimentará la soberbia, la vanidad y la arrogancia; en cualquiera de los dos casos se abrirá la puerta para que otras potencias se apropien de territorios sin casus belli, sin justificación y meramente por ambición.

El nuevo orden mundial que se está construyendo es difícil de predecir; lo único claro es que transitamos hacia un mundo más fragmentado y volátil, donde el multilateralismo se ha agotado y será prácticamente irreconocible en los próximos años.

En este escenario, México ha logrado posicionarse con ventaja al mantener distancia, dignidad y una política exterior que privilegia su independencia y soberanía.

Bajo el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum, nuestro país ha optado por la prudencia sin renunciar a su voz y por la estabilidad como principio rector; y como aseguró hace unos días acerca del conflicto: “Paz, queremos paz. México siempre va a luchar por la paz”.

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