Los escándalos políticos de las últimas semanas obedecen a una lógica irreductible: desviar la atención de la sociedad del proceso de crisis sistémica en que ha entrado el régimen por la terquedad de su fundador en garantizar su permanencia transexenal, con el propósito de apuntalar un sistema autoritario sin riesgos de fisuras institucionales.

El asunto del descubrimiento del laboratorio de producción de drogas sintéticas en la serranía de Chihuahua, el cual trascendió por la muerte de dos agentes de la CIA en un hecho que se quiso presentar como “accidente”, se aprovechó por el obradorato para culpar a la gobernadora panista de solapar acciones clandestinas de dicha agencia y acusarla de socavar la soberanía nacional. Como si se tratara de un hecho inédito, en el Senado se intentó “linchar” a la mandataria estatal; ante la falta de apoyo, incluso de las filas del partido oficial, fracasó semejante maniobra.

Con el estilo heredado de su mentor, la presidenta Sheinbaum ha tratado de culpar a los adversarios del régimen obradorista de la descomposición institucional que se viene gestando desde sus propias filas. Su pretensión es hacer creer a la ciudadanía desinformada que la oposición no tiene otro recurso para luchar por el poder que aliarse con intereses extranjeros. Pero en su afán demagógico de aparentar una supuesta militancia de “izquierda”, estrechó lazos con los gobiernos más desacreditados del subcontinente, cuando los vínculos con Estados Unidos obedecen a un elemental sentido común.

Se ha hecho todo lo contrario, con el afán de tener en sus bases el cobijo demagógico del patrioterismo vacío, y la consecuencia no se hizo esperar más tiempo: el 28 de abril, el gobierno de Trump exigió la entrega del gobernador  Rubén Rocha Moya y nueve funcionarios de su gobierno, acusados de estar coludidos y proteger al cartel de Sinaloa en sus múltiples actividades ilícitas. Desde Palenque, el líder real de Morena puso en marcha un plan en defensa de los delincuentes sinaloenses, el cual confirmó que México es un narco Estado, consolidado a partir de 2018 con una larga cadena de complicidades, de impunidad y de cinismo insultante que pone en riesgo la relación bilateral.

Que ya no habrá más contemporizaciones de la Casa Blanca lo demostró la exigencia de que Rocha Moya deje la gubernatura; finalmente así lo hizo el día primero de mayo, sólo con el fin de ganar tiempo, farsa que continuó con el nombramiento como gobernadora interina de la secretaria de Gobierno, a quien Rocha Moya presentó como “meserita” cuando le dio posesión de dicho cargo. En la actual coyuntura, la postura de López Obrador de mantener la ofensiva mediática en defensa de su régimen, y victimizarse como “mártir en la batalla por la soberanía nacional”, no tine sentido. La respuesta de la Casa Blanca, ante tal desparpajo, fue desenmascararlo  y quitarlo como un obstáculo innecesario en una relación bilateral exenta de podredumbre ideológica.

La inefable postura de la inquilina de Palacio Nacional, de prestarse a seguir cubriendo las espaldas de su mentor político, provocaría una catástrofe nacional imposible revertir. Si bien López Obrador se cuidó de apuntalar la estructura que garantiza su trascendencia sexenal, mediante complicidades irrompibles, la realidad está demostrando que tienen un límite, ya que todas las partes de su entramado son interdependientes: si una pieza cae se produce un efecto dominó. Tal fue su principal preocupación, antes y después de su mandato. Sin embargo, no previó las condiciones geopolíticas tan complejas en la actualidad, ni tampoco que Trump se convertiría en adalid de la lucha contra el narcotráfico por sus terribles consecuencias al interior de Estados Unidos. La ecuación es simple: si no baja la producción no cabe esperar que se reduzca el consumo.

Los hechos al interior y al exterior de México se le están revirtiendo a la mandataria; de no enfrentar la causa fundamental del proceso de descomposición del régimen, quedaría expuesta su incapacidad para seguir al mando de las instituciones. A López Obrador no le quedaría otra opción que organizar un autogolpe de Estado, con la complicidad de la fracción más comprometida con él de las Fuerzas Armadas. Es viable tal medida desesperada por la fuerte complicidad que tienen con éste, no sólo política sino económica. Sería la última jugada del obradorato, su as debajo de la mesa, con la esperanza de que Trump esté tan ocupado en sus problemas globales que no tenga posibilidad de evitar una maniobra de tamaña envergadura.

Morena, como partido gobernante, camina hacia un lodazal devastador, como se evidenció en su congreso nacional del pasado domingo. Ariadna Montiel, ex secretaria de Bienestar, fue investida como presidenta, en sustitución de Luisa María Alcalde. Se busca que su experiencia en la organización de los apoyos asistencialistas para comprar votos y mediatizar a las masas, sirva para lograr resultados que “legitimen” los comicios del año próximo. El colmo del surrealismo político fueron los discursos pronunciados para animar a la concurrencia.

La demagogia imperó en cada una de las intervenciones, hecho demostrativo de que la Cuarta Transformación no tiene ideas innovadoras, sino basura ideológica. “Esta dirigencia no tolerará corrupción en ningún gobierno de Morena”, afirmó Montiel; ¿no sabrá que Antonio Flores Guerra, a quien se conoció hace tiempo como “Lord Lamborghini” por tener un auto de esa marca con valor de 7.5 millones de pesos, acaba de ser registrado por Morena-PT como candidato a diputado local en Múzquiz, Coahuila? Fue el principal proveedor de carbón para la CFE, con Manuel Bartlett como director general. Sus contratos sumaron más de 6 mil millones de pesos.

Alcalde, para no quedarse atrás, espetó: “no podemos ignorar que hay quienes quisieran ver un México arrodillado, sometido y entregado”. Como se dice coloquialmente, el tiro le salió por la culata: a tal condición de subdesarrollo generalizado es a lo que nos  conduce el obradorato, al despojar al pueblo de su dignidad y de sus derechos inalienables a salud, educación, seguridad. A su turno, Alfonso Durazo, presidente del Consejo Nacional, se refirió a las “voces internas que buscan sembrar dudas sobre el rumbo del proyecto”, sin identificar a tales “voces”, práctica común del viejo PRI. Dudas las siembra Morena, al evidenciar el trasfondo ominoso de un proyecto autoritario y regresivo, que despertó la esperanza de los mexicanos y que ahora manifiesta su incapacidad para impulsar los cambios prometidos.