A 140 años del movimiento de lucha y resistencia que costó la vida a sindicalistas de Estados Unidos, conocidos como Los Mártires de Chicago, que iniciaron una serie de protestas el primero de mayo de 1886, en demandas de mejores salarios y una jornada laboral de ocho horas — los obreros y obreras solían trabajar entre 12 y 16 horas al día–, cabe preguntar si no estamos llegando al mismo punto de partida, por la forzada involución histórica que el capitalismo neoliberal ha impuesto en el mundo.
Años más tarde del movimiento de Chicago, se unió a la sangre derramada por los trabajadores norteamericanos, la de los obreros de Cananea, Sonora (1906) y de Rio Blanco, Veracruz (1907), que fueron cobardemente acribillados tras el estallamiento de sus huelgas, por el solo hecho de solicitar una jornada justa de ocho horas, mejores salarios, condiciones y tratos más justos y humanos.
Los años de la barbarie política de principios del siglo XX, en que los gobiernos más que gerentes, eran empleados de los inversionistas, sobre todo extranjeros, siendo su brazo ejecutor para reprimir brutalmente los movimientos de protesta, derivaron en una lucha armada que costó un millón de vidas, pero consiguió plasmar en la Constitución de 1917, derechos de las clases campesina y obrera, en los artículos 27 y 123.
Es cierto, se consagraron entonces avances como la jornada de ocho horas, una mejora en los salarios y la cancelación de los inhumanos horarios de 16 horas, el trato despótico de los capataces, el derecho a huelga, las bases de la seguridad social como el acceso a la atención médica, a la vivienda y a una pensión digna.
Pero tras la imposición de la tecnocracia neoliberal que en México se instauró con la llegada al poder de Miguel de la Madrid Hurtado, en 1982, la pérdida de derechos laborales ganados en décadas pasadas comenzó a diluir el nivel de vida de millones de trabajadores, hasta culminar con el robo a sus pensiones, cancelándoles el derecho una vejez digna. No debe olvidarse que el ex mandatario fue el responsable de iniciar la contención de salarial, aduciendo que su incremento disparaba la inflación; esto ocasionó que a lo largo de seis sexenios de neoliberalismo, el poder adquisitivo y el nivel de vida de las familias quedaran hechos trizas.
Lo que en pleno siglo XXI debería representar en México un avance social de las clases indígena, campesina y trabajadora, ahora es una marcada e innegable regresión. No es concebible que como en el Porfiriato, se haya baleado a trabajadores de Tornel en huelga y hasta el momento no pase nada. Tampoco es aceptable que los sindicalizados del Nacional Monte de Piedad lleven siete meses en huelga y un grupo de empresarios que han secuestrado a la noble institución de asistencia, trate de borrar su Contrato Colectivo de Trabajo, enriqueciéndose con el manejo discrecional de miles de millones de pesos, ante la vista de las autoridades.
Los niveles de explotación y las desigualdades sociales siguen aplicándose en un modelo de capitalismo más salvaje pues ahora es un puñado de multimillonarios los que dictan las reglas a nivel global. Injusticias agravadas en el país por la devastación al medio ambiente de los megaproyectos de voraces inversionistas y los desplazamientos forzados por la violencia e inseguridad, producto del crimen organizado en el todo el territorio nacional.
Es momento de que la clase trabajadora y los sindicatos en general, reivindiquemos la defensa de los derechos adquiridos con la sangre de nuestros hermanos de clase. No más despojos a nuestros salarios dignos, jornada de 40 horas y acceso y respeto a una pensión digna.
