Dale, dale, dale,
no pierdas el tino;
porque si lo pierdes,
pierdes el camino.

Canción tradicional mexicana

La primera morenista Claudia Sheinbaum y su partido, se han convertido en las piñatas preferidas de los mexicanos que están desencantados con el rumbo que lleva México. Y no es para menos: el origen siempre estará ligado al destino.

Primero fue la ambición de poder de López Obrador, que lo llevó a sumar a su causa a muchos expriistas como Manuel Bartlett responsable del fraude electoral de 1988, o Ignacio Ovalle, autor del desfalco a SEGALMEX por más de 15 mil millones de pesos durante su sexenio.

Esa misma ambición lo condujo más tarde, a refugiar a exgobernadores que, al percatarse de que sus barcos se hundían por el peso de su propia corrupción ante el transatlántico que tripulaban Peña y AMLO, vendieron sus estados a cambio de impunidad traducida en embajadas y consulados fuera del país.

Pero el proceso no se detuvo ahí. Ya en el gobierno, se sumaron a la vida pública morenista políticos anodinos y burdos —como la gobernadora que defiende a PEMEX sin importar la magnitud del desastre ecológico que haya ocasionado la negligencia de sus directivos—; otros ligados al crimen organizado —Adán Augusto López, Arturo Durazo, Quirino Ordaz, la lista es larga—, y otras más vividoras del erario —Monreal y Fernández Noroña, entre los más distinguidos.

A ellos se agregaron también personajes como Alejandro Murat, acusado de formar parte del Cártel del Despojo y de desvíos de recursos en Oaxaca, además del fraude por cinco mil millones de pesos al INFONAVIT, y una larga lista de priistas connotados que se sumaron al Partido Verde para manifestar su apoyo a MORENA sin ponerse la playera guinda.

Y como no se pueden esconder ni el amor ni el dinero, le siguieron los escándalos del huachicol como mecanismo de financiamiento a las campañas de MORENA, coordinados por el hoy Secretario de Educación Pública, Mario Delgado. ¡Hágame usted el favor!

Con semejante historial, no hay manera de disociar el desencanto de muchos con el actual régimen de la incómoda presencia de los hijos de AMLO y de alguno de sus hermanos en escándalos de corrupción y tráfico de influencias. No, no son iguales a los de antes: ¡son peores!

Decía yo lo de las piñatas preferidas porque basta darse una vuelta por las redes sociales para ver la cantidad sorprendente de comentarios y memes que se hacen sobre la gestión de la presidenta Sheinbaum y de políticos morenistas de todos los órdenes de gobierno. El fenómeno es tal que en estos días han surgido contenidos virales que vinculan al propio López Obrador con el crimen organizado, satirizando sus apariciones junto a exfuncionarios hoy bajo investigación o señalados por Estados Unidos.

Algo les ha de estar costando en popularidad, ya que Sheinbaum decidió desaparecer la sana distancia que decía mantener con su partido para tratar de recuperar credibilidad y, con ello, conservar el poder público en niveles que le permitan seguir cargando contra instituciones, leyes, periodistas o adversarios incómodos.

Prueba de ello es que este domingo Sheinbaum cambió al florero que tenía en la dirigencia formal de MORENA por Ariadna Montiel, precursora del obradorismo y líder del «cártel de los servidores de la nación»: ese ejército de 25,000 personas pagadas con recursos públicos, la estructura política territorial encargada de llevar el mensaje de que los programas sociales son una gentil cortesía del gobierno en turno y de coaccionar a la población con la amenaza de desaparecerlos si no votan por el partido en el gobierno.

En su primer discurso, Ariadna Montiel señaló que en MORENA «los corruptos no tienen cabida», aunque su nombramiento llega en medio de los señalamientos de Estados Unidos contra el “licenciado” Rubén Rocha Moya. Qué torpeza haber esperado a la solicitud de Estados Unidos para forzar al impresentable político a pedir licencia.

Envuelta en la bandera nacional, Sheinbaum invoca a la soberanía para tratar de sortear el vendaval que significó la solicitud de extradición de distinguidos sinaloenses. Sin embargo, no le alcanza con la licencia de Rocha Moya ni con el cambio en la dirigencia del partido. No: tendría que tirar por la borda a muchos morenistas más que lastran su embarcación.

Y es que la doctrina de AMLO, hoy recargada en el segundo piso de la «transformación», señala que defender a la familia debe ser la premisa fundamental, no importa si el hijo es narcotraficante, es incapaz de guiar la empresa que se le encomendó o es incongruente con los valores familiares.

Quizás ese sea el centro del problema: un presidente no es un padre de familia. Debe ser un estadista, y sus decisiones deben servir para el bienestar colectivo, no familiar.

En tanto, la oposición está obligada a capitalizar esta profunda equivocación de Sheinbaum para seguir señalando yerros, corrupción e incapacidad de tantos morenistas, y para presentar en las próximas elecciones a candidatos con prestigio en sus comunidades, con trayectorias limpias en sus estados, alejados del escándalo, pero, sobre todo, comprometidos con el futuro de México.

Pero ningún esfuerzo será relevante si la oposición no se decide a conformar una gran alianza que permita tener candidaturas que respondan a las necesidades de los partidos, pero también a la aspiración compartida de construir mayorías en los congresos locales y en la Cámara de Diputados, y de arrebatarle al oficialismo los gobiernos de los estados y municipios que estarán en competencia en 2027, para pacificar el país y recuperar los recursos que saquearon exgobernadores del PRI y el PAN y ahora políticos de MORENA.

No me cansaré de repetirlo: México tiene todo para estar entre los países más prósperos del mundo. Nos ha faltado y nos sigue faltando guía, nos falta creer en nosotros, nos falta dejar la apatía y expresarnos en las urnas pensando en nuestros hijos y no en las dádivas o en los negocios que nos pueda ofrecer el gobierno.