En muchas ocasiones, los analistas (decir expertos es soberbia), han de preguntarse con cuanta responsabilidad, formalidad y rigor deben abordarse las comentadísimas cumbres de los principales gobernantes del mundo. En principio, deberían tomarse con toda la seriedad del caso. No es para menos. Pero, a la vista de los hechos, como decían los grandes escritores del siglo pasado y un poco antes, a fuerza de decir verdad en no pocas ocasiones dichos encuentros provocan que los lectores, radioescuchas y televidentes solo lean o escuchen las síntesis de la referida reunión porque los acuerdos parecen cuentos de hadas.
La tónica de estos eventos pretende darle seriedad al asunto, pero a veces los propios interlocutores provocan lo contrario. Por ejemplo, días pasados, cuando el dirigente chino Xi Jinping recibió a su contraparte estadounidense, Donald John Trump, en el fastuoso Gran Salón del Pueblo (que muy pocos jerarcas extranjeros conocen), en Pekín, la capital de la República Popular China, le advirtió al republicano que evitara un posible enfrentamiento entre ambos países (casus belli permanente) refiriéndose al apoyo de Washington a Taiwán (República de China, localmente, aunque la historia de la “Isla rebelde” es complicada); al serio saludo, el magnate contestó de la siguiente manera: “Eres un gran líder, es un honor ser tu amigo”. Los personajes se saludaron de mano. Trump, muy serio. Xi, esbozó una ligera sonrisa. Lo que logra la diplomacia. ¡Hágame el canijo favor!
De acuerdo a la agencia oficial de noticias china, Xinhua (cuya traducción al castellano es Nueva China, junto con el Diario del Pueblo es el órgano de medios estatales de más alto rango en el país), Jinping —que tiene en sus manos el liderazgo del Partido Comunista Chino desde el 15 de noviembre de 2012, primero como secretario general, y la presidencia del país desde el 14 de marzo de 2013, y actualmente, merced a una reforma constitucional, ejerce el mando presidencial en forma indefinida–, comentó al visitante que si el asunto de Taiwán (que desde 1542 los marineros portugueses llamaron Formosa: Isla Hermosa, manteniendo el nombre hasta el siglo XX), se maneja bien las relaciones entre EUA y China gozarán de estabilidad general. En caso contrario, las dos potencias corren el riesgo de “choques e incluso conflictos, poniendo en gran peligro toda la relación”, acentuó Xi.
En síntesis, para la República Popular China el affair de Taiwan es el centro de sus preocupaciones estratégicas y el límite que se debe respetar a rajatabla.
Donald Trump, en su turno, antes de prometer que “la relación entre China y EUA será mejor que nunca “, repitió que era “un honor estar contigo, es un honor ser tu amigo”. El anfitrión, muestra del tradicional pragmastismo oriental, apenas entrecerraba sus ojos orientales. A su vez, el dirigente chino puso las cosas en claro, a un mandatario estadounidense que pese a sus “cantadas victorias internacionales” —alabanza en boca propia es vituperio, dice el viejo refrán—; desde Pekín, el mundo escuchó la declaración formal de una nación lista para reclamar su lugar en la cúspide del orden global.
En su raquítico lenguaje, el magnate se explayó: “Quiero agradecerle enormemente. Esta fue una visita increíble. Creo que trajo muchos beneficios. Hemos cerrado acuerdos comerciales fantásticos, excelentes para ambos países. Realmente hemos logrado cosas maravillosas, en mi opinión”.
El encuentro en el Gran Salón del Pueblo no fue una casualidad. Xi lo preparó conscientemente paso por paso. El contraste entre los interlocutores fue evidente: un errático Trump y un sereno Jinping, seguro del terreno que pisaba. China, guste o no, es el ejemplo más impresionante de aceleración estratégica de los últimos tiempos. En la infraestructura (industrial, en lo económico y en el tendido de comunicaciones) y en la investigación.
1978 fue el año crucial de China, dos años después de la muerte de Mao Tse Tung. Cuando Deng Xiaoping dió el giro hacia la “reforma y apertura”, una vez que tuvo el poder en las manos, la economía china era alrededor del 2% del PIB global; hoy ronda el 17%. En el mismo periodo, EUA se mantuvo estático, alrededor del 26 y el 27%.
En poco más de una generación, la República Popular China pasó de actor periférico a actor principal del sistema económico mundial. No fue por un acto de magia, típico del país inventor de la pólvora y de otros artilugios amañados. Aunque hay gran discusión sobre el particular, la parte “buena” de la nomenklatura china supo mantener la dirección sostenida, un proyecto nacional que alineó Estado, industria, infraestructura, educación y tecnología durante décadas. Sin dejar de lado el aspecto militar, incluyendo lo nuclear, obvio. Aunque, Xi no tiene el menor interés en una guerra con EUA, que, de ocurrir dejaría a ambos países sin vencedores en esa contienda. En otros países muy diferentes, como México, no se ha podido entender el concepto “destino nacional” y los grupos gobernantes (ideologías aparte) se despedazan entre sí llevándose “entre las patas, al pueblo bueno y sabio”.
En la cumbre de Pekín, el mandatario chino no citó —por tercera o cuarta ocasión—, la “trampa de Tucídides”: según la cual no fueron el odio ni las rencillas menores los que causaron la guerra, sino el miedo de Esparta a perder su posición de liderazgo ante el auge de Atenas—, como presunción cultural, sino como aviso estratégico. Dicho de otra manera, la dichosa “trampa” se basa en una idea simple: cuando una nación emergente crece tan rápido que amenaza con desplazar a la potencia dominante, el miedo del que manda —más que la ambición del que sube—, puede empujar a ambos a la guerra. Como algo inevitable. Xi repite la lección y la enfoca con la perspectiva actual: no es una ley inevitable, es una advertencia para no caer en esa trampa.
Los últimos acontecimientos mundiales en los que ha sido protagonista principal EUA puede explicar el mensaje lanzado desde el Gran Salón del Pueblo: Pekín “no pide permiso para estar en la mesa”, demanda reconocimiento. Desde su nueva posición —la “nueva China”, que tanto cala en muchas partes, despreciada en los medios pro occidentales—, redefine los riesgos: “no es porque China sube y por eso habrá guerra”, sino porque” porque el contrario actúa por temor y sin disciplina, y puede empujar a ambos a un lugar extremadamente peligroso”. En fin, muy a la manera china recurre a la frase del historiador ateniense sobre la Guerra del Peloponeso como un aviso para evitar el choque, no como profecía que irremediablemente obligue al combate.
En suma, en la reunión de Beijing no se trataba de saber quién blofeaba mejor. Los jugadores en la mesa sabían muy bien qué cartas tenía uno y otro. No hubo empate. En esta ocasión, el que se desempeñó con mayor seguridad, fue el anfitrión. Trump no llegó en sus mejores momentos. Lo que no le resta importancia en la esfera geopolítica y en el plano económico. Lo saben los protagonistas como el resto del mundo.
Dadas las circunstancias, Trump jugó en la visita a Pekín las cartas que tenía a la mano: los 30 CEOs (Chief Executive Officer, los directores ejecutivos de varias de las empresas más importantes del planeta). Magnates tecnológicos incluyendo a Elon Musk, el propietario de Tesla, SpaceX, entre otros, que llevó a su hijo X AE A-Xii como si fuera al Salón Oval en la Casa Blanca, a una reunión con el primer ministro Líder Qiang; Tim Cook, de Apple, Jensen Huang, de Nvidia, y Larry Fink, de BlackRock, y otros 26, lo que le dio a la reunión un cariz eminentemente comercial.
Al final de la cumbre, se puede resumir en seis puntos generales los resultados de la misma: 1.-Se extiende la tregua comercial entre Pekín-Washington y se crea una “Trade Board” (Junta de Comercio) para manejar disputas de manera permanente y evitar otra guerra comercial como la de 2018-2024. El propósito es evitar una nueva escalada arancelaria sobre estos temas: aranceles recíprocos, restricciones tecnológicas, exportaciones de tierras raras, acceso de empresas estadounidenses al mercado chino, y controles sobre semiconductores e Inteligencia Artificial.
2.-Las partes acordaron, en lenguaje pacífico, impulsar una “estabilidad estratégica constructiva” durante los próximos años. No es una alianza, sino un modus vivendi para sobrellevar la rivalidad sin llegar a la ruptura financiera, tecnológica o militar.
3.-Asunto Taiwan, el tema geopolítico más sensible de la cumbre. EUA debe reducir el apoyo político explícito al gobierno de la isla y reafirmar la política de “una sola China”. El objetivo implícito es ganar tiempo y evitar una crisis en el estrecho de Taiwán a corto plazo.
4.-Coordinación sobre Irán y el estrecho de Ormuz. Uno de los motivos centrales de la cumbre. Xi promete no enviar armas a Teherán. Ambos coinciden en mantener abierto el estrecho y evitar un choque petrolero global mayor. Algo relevante porque Pekín depende en gran medida del petróleo del Golfo Pérsico, y EUA trata de contener una crisis energética mundial que afecte aún más sobre la inflación, los mercados y, finalmente, la popularidad de Trump a seis meses de las elecciones intermedias.
5.- Sin acuerdos escritos, se trató sobre exportación de chips, seguridad en IA, cadenas de suministro tecnológicas y riesgos militares asociados a la inteligencia artificial avanzada.
6.- Posibles acuerdos en el sector aeroespacial, manufacturera avanzada, en el sector de la energía, con una cooperación industrial a selectiva y en alimentos.
En esencia, la cumbre reduce temporalmente el riesgo de fragmentación económica global. Sin embargo, el contraste en el tono de los mensajes subrayó cuán alejados siguen los gobernantes de las dos grandes potencias de los graves problemas del planeta, incluidas la guerra en Irán y la guerra en Ucrania, lo que pone de relieve que las cumbres siguen cargadas de pompa y circunstancia y no de avances definitivos en la resolución de los mismos.
El mundo sigue su marcha, apenas se seca la tinta en los periódicos que informaron sobre la cumbre Xi-Donald, y los propios medios se avocan a publicar los pormenores de la visita de Vladimir Putin a su “viejo y gran amigo” Xi Jinping.
“Los estrechos nexos entre Moscú y Pekín son especialmente demandados en la actual situación tensa en el ámbito internacional” porque se han convertido en uno de los principales factores estabilizadores en el mundo afirmó el jefe de Estado ruso en un primer encuentro con el mandamás chino, tras ser recibido con honores en la Plaza Tiananmen de la capital china, donde hace 37 años (del 15 de abril al 4 de junio de 1989) tuvieron lugar las manifestaciones lideradas por jóvenes estudiantes chinos y la posterior represión ordenadas por las autoridades de la República Popular China. Hasta la fecha, no se conoce el número exacto de muertos y heridos en dichas manifestaciones.
Y el líder de la República Popular, coincidió con su invitado al decir “ la situación está experimentando grandes cambios, el mundo se enfrenta al peligro de volver a la ley de la selva (sic)”. La visita del jerarca ruso coincide con el 25 aniversario de la firma del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación entre ambos países. Sobra decir que las relaciones entre ambas naciones gozan de cabal salud y los presidentes ruso y chino acordaron extender la vigencia del documento.
La anterior visita de Putin a China tuvo lugar en septiembre de 2025 y se espera que vuelva a territorio chino en noviembre próximo para participar en la ciudad de Shenzhen en la cumbre de la APEC, el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Así es la historia, Putin lleva en el poder, como primer ministro y como presidente de Rusia 26 años. Jinping apenas 13. Por eso los cronistas se preguntan, como se dice al principio de esta colaboración, cuanto profesionalismo hay que ponerle al análisis de las cumbres. VALE.
