El escándalo que publicó Reforma esta semana sobre el supuesto maquillaje de resultados de Pemex en 2024 y 2025 no es una sorpresa. Es solo la confirmación de un problema estructural que arrastra la empresa desde hace más de una década.

Pemex comenzó a registrar pérdidas sistemáticas a partir de 2015, con la mayor pérdida histórica de ese año: más de 712 mil millones de pesos. Desde entonces, ha cerrado la mayoría de los ejercicios en rojo, acumulando pérdidas por encima de los 2 billones de pesos entre 2015 y 2024. La deuda financiera ronda los 85-100 mil millones de dólares, la más alta entre las petroleras estatales del mundo.

El maquillaje contable —inflar ingresos, diferir gastos y revaluar activos de forma optimista— solo es la última manifestación de una empresa que lleva años intentando ocultar la magnitud de su deterioro.

La encrucijada actual

Ante este panorama, el gobierno enfrenta una disyuntiva complicada. Por un lado, necesita mejorar los números de Pemex para no seguir drenando recursos públicos. Por otro, debe decidir si sigue apostando por un modelo estatista que ya demostró sus límites.

Aquí surge una ironía histórica muy fuerte: la reforma fiscal profunda que hoy se vuelve necesaria es la misma que promovieron los presidentes Vicente Fox y Felipe Calderón hace casi dos décadas. Una reforma que redujera la carga fiscal excesiva sobre Pemex y abriera la puerta a mayor inversión privada.

Curiosamente, quienes hoy gobiernan con Morena —muchos de ellos ex priistas— fueron los principales opositores a esa reforma cuando provenía de gobiernos panistas. Ahora, ante la realidad financiera, se ven obligados a hacer malabares políticos (“maromas”, como se dice coloquialmente) para justificar un cambio de rumbo que antes rechazaban con vehemencia.

Exploración en aguas profundas: ¿Solución real o ilusión?

Una de las propuestas que más se menciona es reactivar la exploración en aguas profundas del Golfo de México. Técnicamente es viable: hay estimaciones de miles de millones de barriles en la porción mexicana. Sin embargo, la realidad financiera es dura:

Un solo pozo en aguas profundas puede costar entre 150 y 300 millones de dólares.

Desde la perforación exploratoria hasta la producción comercial pueden pasar 7 a 10 años.

Pemex no tiene los recursos propios para financiar un programa ambicioso. Necesitaría socios privados internacionales y un marco contractual atractivo.

Sin una reforma fiscal profunda y sin abrir realmente la puerta a la inversión privada, Pemex simplemente no tiene capacidad financiera para emprender un programa serio de exploración en aguas profundas.

Los tres escenarios legales del escándalo actual

Investigación interna y sanciones administrativas (el más probable a corto plazo): Se castiga a algunos directivos de nivel medio y se intenta minimizar el daño político.

Investigación penal en México: La FGR abre carpeta por fraude fiscal y falsificación de documentos. Podrían caer algunos funcionarios, pero difícilmente la cúpula actual.

Investigación en Estados Unidos (el más peligroso): Si la SEC considera que Pemex engañó a inversionistas internacionales con bonos en dólares, se abrirían demandas colectivas y mayor presión diplomática.

Conclusión

Pemex es un lastre fiscal estructural para México. El maquillaje de resultados solo retrasa el problema. La única salida sostenible pasa por una reforma fiscal profunda, mayor participación privada y decisiones técnicas, no ideológicas.

El gobierno de Sheinbaum enfrenta ahora la paradoja de tener que implementar —aunque sea de forma disfrazada— políticas que antes criticaba ferozmente cuando provenían de Fox y Calderón. La historia, una vez más, cobra factura.

El tiempo se agota. Seguir postergando las decisiones estructurales solo aumentará el costo que, al final, terminará pagando toda la sociedad mexicana.