La Copa del Mundo 2026 arrancó en territorio mexicano con el partido inaugural en el Estadio Ciudad de México, pero también con una paradoja que nadie quiso ignorar: el deporte más popular entre los sectores de menores ingresos se ha convertido en un espectáculo al que esos mismos sectores no pueden asistir.
Según el informe financiero de la FIFA, el Mundial generará ingresos estimados en 8,911 millones de dólares durante 2026, cifra sin precedentes impulsada por la expansión del torneo a 48 selecciones y 104 partidos. En términos globales, el organismo rector del fútbol calcula ingresos récord de 13,000 millones de dólares para su ciclo 2023-2026, con un crecimiento del 56% respecto a la edición de Qatar 2022. El desglose revela la anatomía del negocio: los derechos de televisión aportarán 3,925 millones de dólares —el 44% del total—, la venta de entradas y servicios de hospitalidad generarán 3,017 millones, y los acuerdos de patrocinio sumarán otros 1,786 millones.
Frente a esas cifras, el precio de acceso al estadio resulta revelador. La presidenta Claudia Sheinbaum puso números concretos al debate durante una conferencia matutina: un boleto en el Estadio Azteca para el partido inaugural alcanzó los 120,000 pesos, cantidad equivalente a lo que muchos mexicanos tardarían meses en ganar. El contraste con la realidad salarial del país es contundente: el salario mínimo general en México se fija en 315.04 pesos diarios a partir del 1 de enero de 2026, equivalentes a 9,582.47 pesos mensuales. Un trabajador con ese ingreso necesitaría más de doce meses de sueldo íntegro para comprar un solo boleto para la final.
La tendencia no es exclusiva de México. Según el análisis de The Economist, incluso ajustando por inflación, las entradas en 2026 cuestan más del doble que en el último torneo y cerca de cuatro veces más que en el Mundial anterior organizado por Estados Unidos. Los boletos para los partidos de fase de grupos promediaron los 200 dólares, mientras que para la final la tarifa mínima llegó a 2,030 dólares. La organización de aficionados Football Supporters Europe no tardó en calificar los precios de exorbitantes, desatando un debate internacional sobre la accesibilidad al evento deportivo más grande del planeta.
La FIFA responde a estas críticas con un argumento de forma: está registrada en Suiza como una asociación sin fines de lucro, cuyos estatutos le prohíben acumular ganancias como utilidades corporativas tradicionales, y está obligada a reinvertir casi la totalidad de lo que factura en la maquinaria del fútbol mundial. Sin embargo, la mecánica de esa reinversión merece examinarse. De los 3,700 millones de dólares que la FIFA prevé gastar en la organización del Mundial, solo una cuarta parte se destinará a las selecciones participantes y a los clubes que ceden a sus internacionales. Lo que queda para el fútbol de base, los programas juveniles y el desarrollo social en los países miembros resulta marginal frente a la escala del negocio.
Muchos expertos advierten que una excesiva comercialización podría alterar la relación histórica entre el aficionado y el juego. Cuando las decisiones organizativas comienzan a percibirse como movimientos orientados prioritariamente a generar ingresos, surge el riesgo de que el espectáculo pierda parte de su autenticidad.
El fútbol nació en las calles y en los potreros. Es el deporte de quienes no necesitan más que un balón y un terreno plano. Lo practican con mayor frecuencia e intensidad precisamente las comunidades con menos recursos, tanto en México como en las demás naciones participantes en este Mundial. La ironía histórica es que ese mismo jugador de barrio, ese aficionado que madruga para ver los partidos en la pantalla de una tienda de conveniencia, financia indirectamente —a través del consumo de las marcas patrocinadoras— el espectáculo al que no puede entrar. La FIFA lo sabe. Y el negocio continúa.
