Mientras el Mundial 2026 se disputa en territorio norteamericano, dos realidades coexisten sin tocarse: en los estadios, migrantes y sus hijos marcan goles y levantan trofeos; en los podios políticos, sus propios gobiernos los convierten en amenaza electoral.
La contradicción tiene cifras precisas. De los 1,248 jugadores inscritos por las 48 selecciones participantes, 289 representan a un territorio distinto al de su nacimiento, equivalente al 23.15% del total. Solo ocho países compiten con el cien por ciento de sus futbolistas nacidos en su propio territorio: Arabia Saudí, República Checa, Brasil, Sudáfrica, Suecia, Austria, Colombia y Panamá. El resto, incluyendo las potencias favoritas al título, dependen de manera directa o indirecta del fenómeno migratorio.
Los casos son elocuentes. Achraf Hakimi, pilar de Marruecos, nació en Madrid, hijo de padres que emigraron desde el norte de África a España. Michael Olise, figura de Francia, nació en Inglaterra con padre británico-nigeriano y madre franco-argelina. Julián Quiñones, autor del primer gol del torneo, nació en Colombia y se naturalizó mexicano en 2023; Santiago Giménez, otra de las figuras del Tri, nació en Buenos Aires, hijo del futbolista argentino Cristian Giménez. Marruecos convoca a 19 de sus 26 jugadores nacidos fuera de sus fronteras, en su mayoría criados en Francia, España y Países Bajos. Históricamente, jugadores nacidos en Argelia o hijos de inmigrantes argelinos han sido figuras clave en los éxitos de la selección francesa, desde Zinedine Zidane hasta Karim Benzema.
Al mismo tiempo, Donald Trump ha convertido la lucha contra la inmigración en uno de los ejes de su segundo mandato, declarando emergencia en la frontera con México, cerrando casi por completo el asilo en la frontera sur y enviando migrantes a terceros países. Trump no actúa solo. La llamada teoría del “gran reemplazo”, una conspiración racista sin ninguna base empírica que sostiene que las poblaciones blancas occidentales estarían siendo desplazadas de forma deliberada por minorías no blancas, es empleada por figuras como Marine Le Pen, Viktor Orbán, Santiago Abascal y el partido Alternativa para Alemania como relato movilizador para justificar políticas nativistas y antiinmigración. Amnistía Internacional señaló que la declaración de emergencia nacional de Trump convierte en política federal precisamente esa teoría nacionalista blanca.
La paradoja histórica es que Francia, el país que más futbolistas aporta a otras selecciones del Mundial, con 74 jugadores, es también aquel donde el partido de extrema derecha de Le Pen ha convertido la restricción migratoria en su principal bandera electoral. Francia fue campeona del mundo en 2018 con una generación marcada por raíces africanas, árabes y caribeñas; Marruecos alcanzó las semifinales en Qatar 2022 gracias a una generación nacida entre Europa y África.
Un estudio de la Universidad de Georgetown encontró que los equipos con más jugadores nacidos en el extranjero suelen avanzar más lejos en las Copas del Mundo: la diversidad no debilita, fortalece. Lo mismo, apuntan los analistas, ocurre fuera de las canchas, donde las sociedades que integran talento migrante tienden a ser más dinámicas económica y culturalmente.
El Mundial 2026 no resuelve el debate político, pero lo exhibe sin misericordia. Cada gol de un hijo de migrante es un dato estadístico que refuta el discurso del miedo. La cancha no miente: las naciones que permitieron a seres humanos cruzar sus fronteras hoy compiten por el título máximo del deporte más popular del planeta. Los que los rechazaron, apenas reclaman estar en el campo.
