El Partido Acción Nacional (PAN) tiene por delante la resolución de varias disyuntivas estratégicas. La más urgente por la coyuntura electoral es definir si en verdad prescindirá de las alianzas partidistas para los siguientes comicios, especialmente para el proceso de 2027, cuando se renovará la totalidad de la Cámara de Diputados y 17 gubernaturas, tres de ellas —Aguascalientes, Chihuahua y Querétaro— gobernadas actualmente por mandatarios estatales emanados de sus filas.

 

La complejidad electoral del blanquiazul

El primer dato que se debe analizar arroja una constante preocupante para su dirigencia: con alianzas o sin ellas, Acción Nacional no ha podido evitar que su votación en elecciones federales siga disminuyendo. Desde el año 2000, cuando acudió aliado con el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) a las elecciones, el PAN obtuvo 15 989 636 votos para la elección presidencial, 14 321 975 para diputaciones federales y 14 334 559 para el Senado. Esas cifras cayeron dramáticamente en los procesos recientes, situándose en 9 644 918 en el primer caso, 10 049 375 para el segundo y 10 107 537 para el tercero.

Si bien la organización ha logrado mantener algunos gobiernos locales, bajo cualquier modalidad de participación ha perdido entidades que supuestamente contaban con estructuras panistas sólidas y altamente competitivas. Jalisco, Nuevo León y Yucatán son ejemplos claros de territorios que el partido controlaba y que actualmente ya no gobierna.

La actual disyuntiva —apremiante ante el mapa electoral actual— consiste en definir si se mantendrá la política establecida por la dirigencia nacional encabezada por Jorge Romero, orientada a no reeditar la coalición electoral que sostuvieron con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), este último extinto tras perder su registro legal en 2024.

Sin embargo, la intención de relanzar a la institución priorizando su participación en solitario y abriendo las candidaturas a ciudadanos sin militancia choca de frente con la realidad que el blanquiazul vivió en Coahuila el pasado 7 de junio. En dichos comicios locales, la votación panista se desplomó hasta el 2.1 %, lo que dejó al partido sin registro formal ni financiamiento público estatal. En contraste, tres años antes, en alianza con el PRI y el PRD, Acción Nacional había ganado tres diputaciones de mayoría relativa. Tras el descalabro en la fecha citada, el panismo se quedó sin un solo representante en la legislatura local de esa entidad.

 

El choque entre el centro y las regiones

Otra faceta de esta crisis se evidencia en las declaraciones de los líderes estatales. En Coahuila, el comité local exigía la continuidad del bloque con el tricolor. Algo similar ocurre en Nuevo León con miras a las elecciones del próximo año, en las cuales se renovará la gubernatura de dicho estado. No obstante, la dirigencia nacional terminó imponiendo su política de aislamiento electoral.

En Nuevo León, las encuestas proyectan una lucha concentrada entre Movimiento Ciudadano, que detenta el Ejecutivo estatal, y el partido oficialista Morena. El PRI mantiene posibilidades de competir frente a ambas fuerzas, pero solo si logra sumar apoyos para la campaña de 2027, un escenario donde el PAN podría convertirse en el factor que incline la balanza en favor de algún contendiente si decidiera pactar. Al postularse solo, se arriesga a la irrelevancia.

En Chihuahua, Acción Nacional posee posibilidades reales de retener la gubernatura, pero antes deberá neutralizar la ofensiva política y presupuestal del Gobierno federal en contra de la mandataria estatal, Maru Campos. A esto se suma que Morena ha reforzado sus filas locales con perfiles expanistas de peso como Cruz Pérez Cuéllar, actual alcalde de Ciudad Juárez, y Javier Corral, quien se encuentra en el Senado. Ambos personajes conocen a la perfección la estructura estatal de Acción Nacional y sus debilidades operativas, aunque la relación personal entre ellos sea pésima, como se aprecia en las duras acusaciones públicas que Corral ha lanzado en contra del edil de la población fronteriza.

Escenarios aparentemente más tranquilos se presentan en Aguascalientes y Querétaro, donde los estudios de opinión apuntan a una delantera de los aspirantes blanquiazules. Pese a ello, la estrategia no debe perder de vista que Morena acudirá a los comicios de 2027 con al menos un aliado electoral y con el respaldo del aparato de la administración federal.

Una oferta electoral desdibujada

La segunda gran disyuntiva a la que se enfrenta el panismo radica en la vigencia y atractivo de sus banderas ideológicas. Al interior del partido se mantiene un debate permanente sobre si deben dejar atrás agendas con las que ya no se identifican las nuevas generaciones de votantes.

La oposición sistemática al aborto, en un país en el que amplios sectores sociales y resoluciones judiciales ya no lo consideran un problema legal o un motivo de estigma, es el ejemplo más claro de los temas que polarizan y no encuentran una síntesis en el seno de la organización. Al menos en este sentido, la dirigencia nacional de Jorge Romero dio un paso adelante en materia de claridad discursiva al reconocer abiertamente que el partido es de derecha, abandonando el ambiguo pragmatismo de definirse como una fuerza de “centro”.

Sin embargo, el catálogo de disputas internas no hace sino crecer. Los debates abarcan desde la permanencia de los grupos cerrados que controlan las estructuras estatales —la llamada “onda grupera”— hasta la urgente redefinición de posturas históricas que ahora generan rechazo, especialmente entre los jóvenes, en cuestiones como el matrimonio igualitario y los derechos de las personas con orientaciones sexuales diversas. Asimismo, existe una resistencia interna a reconocer que su estrategia de movilización territorial en los estados es deficiente para el tamaño del reto constitucional que viene.

El reciente relanzamiento del partido presentó un nuevo emblema electoral y una línea gráfica que asume su posición en el espectro de la derecha. Sin embargo, tropezó de forma inmediata al adoptar el lema “Patria, Familia y Libertad”. Esta narrativa insiste en la defensa exclusiva de los valores tradicionales y demuestra ceguera ante los profundos cambios demográficos, legales y sociales que ha experimentado el país en las últimas décadas.

El episodio electoral de Coahuila debió funcionar como una seria advertencia para el PAN sobre la necesidad de acelerar sus redefiniciones políticas e ideológicas. Mientras Acción Nacional siga atrapado en la nostalgia institucional y en visiones dogmáticas, le seguirá costando trabajo identificar el camino para evitar que su base de votantes continúe disminuyendo en las citas cruciales de 2027 y 2030.