La política tiene un rostro cada vez más femenino. Durante décadas se pensó que la irrupción de las mujeres en los espacios de poder sería patrimonio exclusivo de las fuerzas progresistas. La realidad demostró lo contrario. Hoy, algunas de las figuras más influyentes de la derecha iberoamericana son mujeres. Entre ellas destacan María Corina Machado, Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo.

Las tres representan corrientes distintas de la derecha, pero comparten una característica: buscan influir más allá de las fronteras de sus países y participan activamente en la batalla cultural e ideológica que hoy se libra en el mundo hispano.

Isabel Díaz Ayuso estuvo recientemente en México. Su visita pretendía convertirse en un acto de reafirmación de la derecha mexicana, pero terminó exhibiendo sus debilidades. La mandataria madrileña generó polémica con sus declaraciones sobre la historia de México y provocó una fuerte reacción política y mediática. Lejos de fortalecer a la oposición, su presencia evidenció la ausencia de liderazgos propios capaces de construir un discurso competitivo frente a la Cuarta Transformación.

Por su parte, María Corina Machado se ha convertido en una referencia obligada de la oposición venezolana. Aunque no ha visitado México recientemente, utiliza foros internacionales y medios de comunicación para advertir sobre los riesgos de reproducir experiencias políticas que, desde su perspectiva, podrían acercarse al modelo venezolano. Sus mensajes buscan influir en la opinión pública latinoamericana y colocar a Venezuela como una advertencia para otras democracias.

Ahora es el turno de Cayetana Álvarez de Toledo. Invitada por Ricardo Salinas Pliego a la Universidad de la Libertad, la parlamentaria española llegó a México con un discurso cuidadosamente construido, provocador y mediáticamente eficaz. Sus intervenciones sobre la soberanía, la inseguridad, las madres buscadoras y el crimen organizado han generado  controversias.

El problema no es que vengan. Al contrario. Resulta saludable que existan voces distintas y que las ideas se confronten en el espacio público. La democracia se fortalece cuando hay debate, cuando los argumentos se someten al escrutinio ciudadano y cuando nadie posee el monopolio de la verdad.

Lo que llama la atención es otra cosa: la necesidad recurrente de la derecha mexicana de importar referentes internacionales para encabezar discusiones que debería protagonizar por cuenta propia. Cada visita termina convirtiéndose en un espejo que refleja la falta de liderazgos nacionales capaces de articular un proyecto alternativo.

Existe un elemento cultural que suele pasarse por alto. A la mayoría de los mexicanos les incomoda que actores extranjeros pretendan explicarles su realidad o hablar en nombre de las causas populares. La empatía no se construye con discursos perfectamente ensayados ni con intervenciones brillantes desde una tribuna. Se construye acompañando las luchas sociales, comprendiendo los contextos locales y compartiendo los costos políticos de esas causas.

Por eso, probablemente, el efecto político de estas visitas termine siendo menor al esperado por sus organizadores. Que vengan, que opinen y que debatan. La democracia mexicana no necesita menos discusión; necesita más contraste de ideas, más deliberación pública. Al final, serán los ciudadanos quienes decidan qué argumentos los convencen y qué proyecto de nación desean para el futuro.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz

https://youtu.be/BPaa-NeMdZE?si=0G07qSzEKD_FCUlB