“No hay revolución verdadera que
no comience por la libertad del pensamiento”
Pocas figuras en la historia nacional poseen la fuerza intelectual, el coraje moral y la profundidad humanista de Ignacio Ramírez Calzada, mejor conocido como “El Nigromante”. Jurista, escritor, periodista, político, educador y constituyente. Fue uno de esos seres humanos cuya existencia parece destinada a incomodar a su tiempo para engrandecer el porvenir. Hoy lo recordamos en el mes de su natalicio y su fallecimiento.
No fue únicamente un liberal. Fue un espíritu inconforme que entendió que las transformaciones políticas carecen de sentido si no se acompañan de la emancipación de la inteligencia. Combatió el dogma, la ignorancia y el privilegio con la única espada que nunca envejece: la razón. Su legado permanece inscrito no sólo en las páginas de la Constitución de 1857, sino también en la conciencia jurídica de México.
Su vida demuestra qué si bien las leyes pueden cambiar un país, son las ideas las que cambian a las leyes. Nacido el 22 de junio de 1818 en San Miguel el Grande, hoy San Miguel de Allende, Guanajuato, Ignacio Ramírez creció en una nación que apenas comenzaba a construir su identidad después de la independencia.
Desde muy joven reveló una inteligencia excepcional y una pasión insaciable por el conocimiento. Estudió jurisprudencia en el entonces Colegio de San Gregorio y muy pronto comenzó a destacar en los círculos intelectuales de la capital.
No fue casual que la posteridad lo conociera como “El Nigromante”. En una época en la que esta palabra evocaba a quien penetraba los secretos ocultos, Ignacio Ramírez hizo de ese apelativo un emblema de su vocación intelectual. Su verdadera nigromancia no consistía en dialogar con los muertos, sino en interpelar las ideas petrificadas; no en practicar artes oscuras, sino en arrancar de las sombras las verdades que el fanatismo, la ignorancia y el poder pretendían ocultar. Mientras otros buscaban preservar los viejos dogmas, él se atrevía a cuestionarlos todos. Su pluma parecía conjurar una fuerza mucho más poderosa que cualquier hechizo: la libertad del pensamiento.
Por ello, aquel sobrenombre dejó de ser una extravagancia literaria para convertirse en el símbolo de un hombre que hizo de la razón la más luminosa de las rebeldías. Allí donde otros veían súbditos, él imaginó ciudadanos; donde otros defendían privilegios él proclamó la igualdad; donde otros encontraban límites para la libertad, él descubría el fundamento mismo de la República. Esa fue la auténtica alquimia del Nigromante, transformar las ideas en instituciones y las palabras en hechos.
Su pluma fue tan poderosa como su palabra. En una época en la que la imprenta constituía el espacio privilegiado para la batalla de las ideas, Ramírez convirtió el periodismo en un instrumento de transformación social. Comprendió que la libertad de imprenta no era un privilegio de los escritores, sino la arquitectura jurídica de la nación.
La Revolución de Ayutla abrió el camino para convocar al Congreso Constituyente que habría de redactar la Constitución de 1857. Ignacio Ramírez llegó a aquella asamblea como uno de los representantes más brillantes del liberalismo radical. Su participación fue intensa, apasionada y decisiva.
Los debates del Constituyente reflejaban el enfrentamiento entre dos concepciones de país: una que pretendía conservar privilegios del régimen colonial y otra que aspiraba a construir una República fundada en la igualdad jurídica, las libertadas individuales y la supremacía de la ley. Ramírez pertenecía, sin titubeos, a esta última.
Su voz resonó con particular fuerza en la defensa de la libertad de expresión, de la libertad de enseñanza, de la igualdad ante la ley y de la absoluta separación de poderes.
Esta convicción encontró expresión normativa en diversos preceptos de la Constitución de 1857, particularmente en aquellos que reconocieron las libertades del individuo y limitaron los poderes tradicionales que durante siglos habían condicionado la vida política del país.
No menos trascendente fue su defensa de la educación. Ignacio Ramírez concebía la instrucción pública como el instrumento más poderoso para combatir la desigualdad. Entendía que la ignorancia constituye una forma silenciosa de esclavitud y que ninguna democracia puede sobrevivir cuando el conocimiento permanece reservado a unos cuantos.
Su pensamiento anticipó ideas que décadas más tarde encontrarían desarrollo en el constitucionalismo social mexicano. La educación gratuita, laica y accesible para todos, tiene en Ramírez uno de sus precursores más lúcidos.
Así mismo, defendió con extraordinaria energía la igualdad jurídica de las personas. En una sociedad todavía organizada sobre antiguos privilegios corporativos, sostuvo que la ley debía reconocer únicamente ciudadanos y nunca castas, fueros o categorías superiores.
La Constitución de 1857, de concepción iusnaturalista, reconoció “…que los derechos del hombre son la base y el objeto de las instituciones sociales”. Lo que marcó un parteaguas en la historia constitucional de México. Libertad de trabajo, libertad de imprenta, libertad de asociación, libertad de tránsito, inviolabilidad de domicilio, seguridad jurídica y debido proceso, comenzaron a integrarse en un sistema coherente destinado a colocar a la persona en el centro del orden jurídico. Postulado, este último, que se retoma en la reforma Constitucional de 2011.
Quizá una de las aportaciones más profundas de Ignacio Ramírez fue de naturaleza filosófica. Mientras muchos concebían la Constitución como un simple documento de organización política. Él entendía que representaba un compromiso ético entre el poder y la dignidad humana. La Ley fundamental debía ser un instrumento para limitar a los gobernantes antes que para fortalecerlos; para proteger al ciudadano antes que para engrandecer al Estado.
Esta visión continúa siendo extraordinariamente vigente, cada vez que un juez hace prevalecer la Constitución sobre un acto arbitrario; cada vez que un ciudadano ejerce libremente su derecho a expresar sus ideas; cada vez que la educación permite romper las cadenas de la desigualdad, la voz del Nigromante vuelve a escucharse, aunque hayan transcurrido más de 150 años de aquellos memorables debates constituyentes.
También ocupó importantes responsabilidades públicas, entre ellas las de Ministro de Justicia e Instrucción Pública, Presidente de la Suprema Corte de Justica en funciones interinas durante breves períodos y destacado promotor de la educación nacional. Desde todas esas posiciones mantuvo una constante: utilizar el poder para ampliar libertades y nunca restringirlas.
Falleció el 15 de junio de 1879. Sin embargo, las grandes inteligencias rara vez desaparecen. Permanecen dialogando con las generaciones futuras a través de sus ideas. Ignacio Ramírez pertenece a esa estirpe de hombres cuya biografía termina, pero cuya influencia continúa escribiéndose todos los días.
Hoy, cuando las democracias enfrentan nuevos desafíos y las instituciones constitucionales son objeto de constantes tensiones, recordar al Nigromante significa recordar que la libertad nunca es una conquista definitiva. Exige vigilancia permanente, pensamiento crítico y ciudadanos dispuestos a defenderla con la misma pasión con la que él defendió sus convicciones. Porque Ignacio Ramírez comprendió una verdad que sigue iluminando el constitucionalismo contemporáneo, “las constituciones no viven por la perfección de sus textos, sino por la fortaleza moral de quienes las hacen realidad”.
Y quizá ése sea el legado más perdurable del Nigromante: enseñarnos que la inteligencia libre constituye siempre el primer acto de justicia y el fundamento indispensable de toda República digna de llamarse democrática.
La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
@margaritablunar
