En México hablamos con frecuencia de crecimiento económico, seguridad, salud y educación. Debatimos sobre infraestructura, programas sociales y reformas institucionales. Sin embargo, existe un tema que rara vez ocupa un lugar prioritario en la agenda pública y que, paradójicamente, impacta de manera decisiva todos esos ámbitos: la paternidad responsable.
Como Unión Nacional de Padres de Familia siempre hemos sostenido que es en la familia donde inicia el primer espacio de aprendizaje, protección y desarrollo humano. Es ahí donde se adquieren los valores fundamentales, se construyen vínculos afectivos y se forman los aspectos socioemocionales que acompañarán su vínculo social y comunitario. Dentro de esta realidad, la presencia activa y comprometida del padre de familia representa un factor determinante para el bienestar integral de niñas, niños y adolescentes. Diversos estudios internacionales y la constante realidad en la que la UNPF trabaja, se han documentado que los hijos que cuentan con una participación paterna cercana y constante presentan mejores indicadores de salud física y emocional, mayor rendimiento escolar, menor incidencia de conductas delictivas y una mayor capacidad para construir relaciones sanas y estables en la adultez. Por el contrario, la ausencia del padre de familia, provoca un incremento en problemas emocionales y de conducta, deserción escolar, adicciones, embarazo adolescente y participación en actividades delictivas.
Ante esta evidencia es contundente fortalecer la paternidad responsable, a niveles que permitan la no es únicamente una aspiración familiar, sino una necesidad efectiva ante el gran hueco que está representando la falta del ejercicio de la paternidad responsable. En este contexto, la UNPF lo define como la presencia del padre de familia en el hogar y equilibrar la responsabilidad no solo en la parte económica sino en la integración de las actividades y sus dinámicas propias. Ante ello hemos promulgado que se integre en la discusión pública ya que se suele reducir el papel del padre al de proveedor económico, ignorando que la paternidad implica mucho más: acompañar, educar, cuidar, escuchar, orientar y construir vínculos afectivos sólidos. Ser padre no se limita a garantizar el sustento material; significa asumir una corresponsabilidad activa en la formación integral de los hijos.
Es por ello que México necesita impulsar una agenda nacional de fortalecimiento de la paternidad que reconozca el valor social de la presencia activa del padre y elimine las barreras que dificultan su involucramiento cotidiano en la vida familiar. Esta agenda debe contemplar, al menos, cinco ejes fundamentales.
Primero, es indispensable ampliar y fortalecer las licencias de paternidad. Resulta incongruente que, mientras se reconoce la importancia de los primeros vínculos afectivos en el desarrollo infantil, los padres cuenten con periodos limitados para acompañar el nacimiento o adopción de sus hijos. Una política moderna debe promover licencias suficientes, remuneradas y accesibles para todos los trabajadores, independientemente de su condición laboral.
Segundo, es necesario fomentar esquemas de trabajo flexibles y compatibles con la vida familiar. El teletrabajo, los horarios escalonados y las modalidades híbridas pueden convertirse en herramientas poderosas para favorecer la corresponsabilidad en el hogar, siempre que se implementen con criterios de equilibrio y respeto a los derechos laborales.
Tercero, debemos impulsar programas permanentes de formación para padres contando con el apoyo de organizaciones y personas experimentadas. Nadie nace sabiendo ser padre. La crianza positiva, la educación emocional y la resolución pacífica de conflictos son habilidades que pueden aprenderse y fortalecerse mediante iniciativas comunitarias, escolares y empresariales.
Cuarto, es fundamental garantizar marcos jurídicos que promuevan la corresponsabilidad parental. Las políticas públicas deben proteger el derecho de niñas, niños y adolescentes a mantener una relación significativa con ambos padres, privilegiando siempre su interés superior y evitando visiones excluyentes que limiten la participación paterna.
Finalmente, es urgente desarrollar campañas nacionales de sensibilización que transformen los estereotipos tradicionales sobre la masculinidad y la paternidad. Necesitamos visibilizar modelos de hombres comprometidos con el cuidado, la educación y la vida cotidiana de sus hijos.
Fortalecer la paternidad no implica disminuir el papel de las madres ni desconocer los avances alcanzados en materia de igualdad. Por el contrario, significa avanzar hacia una verdadera corresponsabilidad familiar, donde hombres y mujeres compartan de manera equilibrada las tareas de cuidado y formación. Invertir en la paternidad genera beneficios que trascienden el ámbito privado. Familias más sólidas contribuyen a construir comunidades más seguras, escuelas más exitosas y sociedades más cohesionadas. Cada padre que participa activamente en la vida de sus hijos representa una oportunidad para prevenir problemas sociales que, de otra manera, demandarán mayores recursos públicos en el futuro.
México enfrenta desafíos complejos que requieren respuestas integrales. Reconocer a la paternidad como una prioridad de política pública no es una concesión ni una moda pasajera. Ha llegado el momento de colocar a la paternidad en el centro de la conversación nacional. Porque cuando un padre está presente, participa y acompaña, no solo cambia la vida de sus hijos: contribuye a transformar el futuro del país.
El autor es Presidente Nacional de la Unión Nacional de Padres de Familia.
