Hay una súplica que recorre el país que no está en los discursos oficiales ni en las encuestas de popularidad. Es una frase tan mexicana como la tortilla, tan profunda como nuestras raíces: “tantita madre”. No es una exigencia desmedida; es el umbral mínimo de decencia que separa a una autoridad insensible de una criminalmente cínica. Y en este régimen de la “Cuarta Transformación”, la petición se ha vuelto un grito sordo, repetido en hospitales vacíos, en carreteras tomadas por el crimen y en los labios agrietados de mujeres que escarban la tierra con la única herramienta que el Estado les dejó: el amor convertido en desesperación.
El caso de las madres buscadoras es una herida abierta que el gobierno insiste en cubrir con cal. Más de 130,000 personas desaparecidas en México y la respuesta de la Secretaría de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, no ha sido un abrazo solidario, sino una perversa insinuación de que algo turbio esconden esas mujeres. Cuando las buscadoras de Sonora denunciaron el hallazgo de un campo de exterminio en un predio que las autoridades habían ignorado, la secretaria no ofreció una disculpa por la omisión; soltó una frase que todavía ofende: pidió “no politizar el dolor”. Como si reclamar al Estado que haga su trabajo fuera un acto de proselitismo y no de supervivencia. ¿Qué clase de administración tacha de “politizadas” a madres que encuentran más cuerpos con palas que la Fiscalía con todo su presupuesto? Deberían agradecerles, si no con justicia, al menos con tantita madre.
El trato diferenciado es una bofetada que no necesita traducción. Mientras a las buscadoras anónimas se les cancela el diálogo y se les envía a la Guardia Nacional como si fueran una amenaza para la gobernabilidad, el gobierno desplegó una inusitada ternura institucional con Consuelo Loera, la mamá del Chapo Guzmán. AMLO personalmente la visitó “casualmente” durante una gira presidencial, para recibir una carta de ella y presumió el encuentro como una muestra de humanismo. Pero la mamá de un joven desaparecido en Jalisco, esa que no carga apellido de capo, no merece ni una llamada de, cuando menos, algún funcionario menor. La compasión oficial es selectiva, y revela una verdad incómoda: para este gobierno, hay madres de primera y madres de segunda. Las que paren víctimas anónimas no merecen ni tantita madre.
Y si de excesos hablamos, el repertorio de la élite gobernante es un desfile de cínicos lujos. ¿Dónde quedó la “austeridad republicana”? La misma administración que eliminó estancias infantiles y recortó los presupuestos para la salud para “no gastar en lo superfluo” es la que gastó millones en los caprichos de AMLO. La refinería de Dos Bocas ha devorado más de 18 mil millones de dólares (el doble del presupuesto original), y los propios técnicos de Pemex admiten que es un elefante blanco que no produce gasolinas en los volúmenes prometidos. Mientras los niños con cáncer padecen el desabasto de quimioterapias, el gobierno presumió su “Mega Farmacia del Bienestar”, un almacén colosal en Huehuetoca donde hacen falta medicamentos esenciales, pero sobran los spots publicitarios. Es una burla cruel: les niegan la medicina y les ofrecen un video. Eso no es austeridad, es una burla desalmada disfrazada de política social.
El derroche no se limita a las obras; se exhibe en las alturas. En plena era de la transformación, los funcionarios de Morena se mueven en vuelos privados que contradicen su narrativa de pueblo. La secretaria Rosa Icela ha recurrido a aeronaves de la Marina para traslados de fin de semana, mientras los transportistas que mueven el país se desangran en las carreteras. Y ahí está otro exceso que clama tantita madre: la crisis de los transportistas. Los choferes de carga son víctimas cotidianas de asaltos, secuestros y asesinatos por parte del crimen organizado. En febrero de 2024, un paro nacional de transportistas estalló porque ya no aguantan la extorsión ni los “cobros de piso”. La solución del gobierno fue el garrote: los amagaron con quitarles las concesiones si se manifestaban, en lugar de garantizarles seguridad. ¿Qué clase de transformación se construye sobre el miedo de quienes reparten los alimentos que comemos? Los políticos viajan seguros, mientras los trabajadores mueren en el asfalto. Ni tantita madre para protegerlos.
La lista de excesos soberbios es larga y se repite en las “mañaneras” como un ritual de negación. Los presidentes morenistas desde la tribuna insultan a periodistas, los llaman “prensa fifí”, “reaccionarios” o “conservadores”, mientras México se convierte en uno de los países más letales para ejercer el periodismo. Ahora una vocera, Elizabeth García Vilchis, dedica una sección gubernamental a desacreditar reportajes críticos con un tono burlón, como si exponer irregularidades fuera un delito. Una fiscalía general que gasta millones en remodelar oficinas mientras las investigaciones sobre desapariciones se empantanan en opacidad y las familias de las víctimas siguen esperando una verdad que nunca llega, mientras la narrativa oficial se blinda: “no pasa nada, todo está bien, la transformación avanza”.
Pero el problema de gobernar sin madre —sin empatía, sin autocontención, sin capacidad de escuchar— es que la realidad te pasa por encima. La legitimidad de Morena se sostiene sobre una base popular que genuinamente creyó en el cambio, pero esa reserva de fe se agota cuando la señora que votó por primera vez por la esperanza descubre que su receta no está surtida, que su hijo salió a la carretera y no ha regresado, o que los huesos de su nieta pueden estar bajo un campo de fútbol que la autoridad nunca inspeccionó. La frase popular no pide una revolución; pide un gesto humano. Tantita madre: lo mínimo para que un gobierno, por poderoso que sea, no se convierta en una máquina insensible de administrar escombros y excusas. Porque si la madre es origen, protección y raíz, un régimen que la pierde por completo está condenado a gobernar sin memoria, sin límite y sin futuro. Madre, ni tantita.
