El aniversario 250 de la independencia de Estados Unidos, celebrado con miles de fuegos artificiales, que dieron colorido y belleza a Washington y a múltiples ciudades grandes y pequeñas de la Unión, es —debe ser— motivo legítimo de orgullo de los estadounidenses. A pesar de que Donald Trump pretenda hacerlo una celebración de sí mismo, sintiéndose la encarnación de la Patria —alabado por múltiples corifeos.

El aniversario recuerda a los peregrinos —the Pilgrims— que. en búsqueda de la libertad religiosa, que les vedaba la iglesia de Inglaterra, embarcados en el Mayflowers, surcaron el océano Atlántico y llegaron a tierras de América del Norte: inmigrantes en busca de libertad.

Hoy las tierras de América del Norte, que dieron protección y un hogar a los inmigrantes, han aumentado brutalmente —vale el calificativo— en extensión despojando a México de más de la mitad de su territorio; y también han aumentado exponencialmente los inmigrantes que llegan a ellas —53 millones de nacidos en el extranjero, 16% destacadamente mexicanos, de India y chinos.

De esta suerte, la celebración estadounidense es para México un recordatorio de las oportunidades, éxitos, y hasta integración de nuestros compatriotas como ciudadanos de la mayor potencia —todavía— del mundo. Pero también hace tomar conciencia del drama de no pocos mexicanos, discriminados, insultados, explotados, privados de la libertad, deportados ¡y hasta asesinados!

Desgracias que también sufren el resto de inmigrantes latinoamericanos, los indios, chinos e inmigrantes de otras latitudes.

Actualiza tal lista de desgracias el intento del presidente Trump, de privar de la nacionalidad estadounidense a los nacidos en Estados Unidos —el Jus Soli— hijos de inmigrantes indocumentados. Por fortuna el Supremo echó para atrás tal medida del Ejecutivo.

Sin embargo, los inmigrantes, aún con documentos que acreditan su legal estancia en Estados Unidos, están siendo víctimas —algunos asesinados— del llamado Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), bautizado como la “Policía de Trump”y que es como la policía del dictador nicaragüense Anastasio Somoza.

O como la Gestapo –“Gazpacho”, diría la ignorante Marjorie Taylor Greene, fan de Trump, ya repudiada por él, esta Marjorie que da a la siniestra policía nazi el nombre de la sopa fría, de pimiento rojo o de pepino, sabrosísima, que se sirve en Andalucía.

El ICE, vuelve a ser noticia asesinando y sembrando el terror —hoy con un mensaje elocuente para México, al matar al empresario mexicano Lorenzo Salgado Araujo, a sangre fría y falseando los hechos.

Al lado de tan grave situación de persecuciones a connacionales —y a inmigrantes de otros países— México enfrenta la decisión del gobierno estadounidense de cambiar las reglas del juego en el T—MEC: no prorrogarlo automáticamente por 16 años adicionales, sino mantenerlo vigente hasta 2036 bajo un esquema de revisiones anuales. Esta medida busca utilizar la incertidumbre económica para presionar a México y Canadá en sectores clave como el automotriz, la agricultura y la energía.

Estas situaciones, así como las elecciones legislativas norteamericanas de mitad de mandato (2027) y la presidencial (2029), aconsejan echar a andar —o profundizar, si ya lo hubiera— una suerte de Lobby mexicano, como el Lobby judío, ¿y el cubano, y el irlandés?

El Lobby mexicano pretendería integrar —sin que pierdan autonomía— a otros ya existentes y es deseable que lo presida algún connacional de prestigio. Por ejemplo, un destacado académico —lo que me hace recordar al doctor Jorge Bustamante (QEPD) y sus valiosas investigaciones en el Colegio de la Frontera y sus conferencias en San Diego, California sobre los trabajadores migratorios. Porque en efecto no pocos mexicanos de prestigio realizan valiosas tareas en importantes universidades de la Union Americana. Lo que importa y lo subrayo, es que, aunque este Lobby cuente con el aval del gobierno de México, no se contamine con la lucha entre partidos políticos. Que sea una suerte de órgano de estado, aunque quizá me esté mostrando ingenuo.

En virtud de que el personaje autofestejado en este aniversario doscientos cincuenta de Estados Unidos, sistemáticamente hostiliza a México, me importa aludir a otros socios de nuestro país, destacadamente la Unión Europea.  Con Bruselas es muy importante tener una presencia fuerte, como el extremo Occidente que somos. Si se me permite acotar esto.

Ya resulta políticamente relevante el que el Acuerdo Global Modernizado, que sustituye al del año 2000 e integra tres pilares fundamentales: diálogo político, cooperación y una relación económica actualizada, se haya suscrito formalmente este mes de mayo.

Ello y el hecho de las relaciones intensísimas en lo económico, político y cultural —y personal con el rey y el presidente de gobierno— nos permite seguir considerando a Madrid como vía de acceso privilegiado a la Unión Europea.

A través de la Cumbre Iberoamericana, que España se interesa revivir en grande, este próximo noviembre, México tendrá una opción de diálogo con nuestros hermanos latinoamericanos, sin pasar por el humillante “Escudo de las Américas” donde los gobiernos de América Latina tienen que rendir pleitesía a Donald Trump.

Y queda más que comentar, como nuestra opinión acerca de los precandidatos republicanos a suceder a Trump en la presidencia de Estados Unidos. Adelanto que para mí el mal menor —¿o el bien?— es Marco Rubio. Respecto a los demócratas: ¿Gavin Newson, gobernador de California, la conocida líder Alexandria Ocasio—Cortez, el “socialista” Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, “¡comunista!, según Trump? No lo sé.

Valdría la pena tratar el asunto en un próximo artículo.