El principal compromiso que deberá enfrentar el nuevo partido autorizado por el INE, Vamos México, será frenar las tentaciones autoritarias del régimen bautizado como Cuarta Transformación. En los hechos, el sexenio inaugural del cambio estructural, lo que hizo fue sembrar la semilla del totalitarismo y empezó a cosechar sus frutos, el fin de la división de poderes como producto emblemático. La realidad patentiza lo exitoso de la labor del obradorato en tal encomienda, y sostener lo contrario, como lo hace la presidente Sheinbaum, es un insulto a la inteligencia del ciudadano con un nivel elemental de conocimientos.

Si el país pudo sortear los duros problemas para la conformación del Estado surgido de la Revolución Mexicana, fue gracias a que la fracción gobernante dio voz a los grupos que perdieron su poder político, con el propósito de sumar fuerzas y liquidar las guerrillas que no aportaban soluciones sino más problemas. La división de poderes fue un paso decisivo que se impuso desde el poder mismo, a sabiendas de que la nación no podría arrostrar las acechanzas del exterior sin el consenso de las clases minoritarias. La Guerra Cristera de 1926 a 1929 fue la última prueba que enfrentó el gobierno para liquidar la fuerza del porfiriato.

Sin una real división de poderes nadie podrá tener seguridad sobre su futuro como organización social o productiva. Esto lo tienen comprobado las naciones que hicieron de la democracia representativa su principal sostén ideológico, independientemente de que las sociedades siguieran sumidas en la desigualdad producto de un sistema económico que priorizó la acumulación capitalista sobre el trabajo. Con todo, fue la división de poderes el mecanismo que favoreció el fortalecimiento de las clases mayoritarias.

En este momento, Estados Unidos enfrenta el riesgo de perder su esencia democrática, con un mandatario que desconoce las reglas básicas del sistema que le permitió superar las crisis estructurales del siglo pasado, y emerger como la potencia hegemónica después de la Segunda Guerra Mundial. Las tentaciones autoritarias del presidente Trump han sido frenadas por los poderes Legislativo y Judicial de modo firme e irreductible; destacan iniciativas contra derechos legítimos de migrantes que de otro modo hubieran sido aprobadas, con dramáticas consecuencias para familias que han echado raíces en suelo estadunidense.

Los comicios del 6 de junio del 2027 serán la prueba de fuego para el régimen cuyas raíces autoritarias fueron abonadas por el obradorato. Es una buena señal la decisión forzosa de combatir a los cárteles del narcotráfico como lo que son: organizaciones terroristas. Con todo, la cúpula obradorista hará todo lo que pueda hacer para frenar una acción inaplazable que conviene a la nación en su conjunto. Esto deben valorarlo en su justa dimensión los principales organismos empresariales, y actuar de manera consensuada en favor del imperativo de liquidar un flagelo que tiene en jaque al país.

Si no entienden que nos enfrentamos a un enemigo común, que usa la soberanía nacional como fantasma ideológico; que cuenta como su sostén más firme y poderoso a una fracción de las Fuerzas Armadas, al servicio del obradorato por mera conveniencia coyuntural, los problemas venideros serán mucho más complejos. México no tendría futuro como Estado libre y soberano con un régimen entregado al crimen organizado como factor de poder económico, a contracorriente de una economía legítima, apegada a Derecho y al servicio de toda la sociedad.

Entonces no habría vuelta atrás, sino un hundimiento cada vez más profundo en los pantanos de la delincuencia terrorista que no respeta el Estado de derecho y que las garantías individuales son mera basura. Si no lo entiende de este modo la élite empresarial, como dice el refrán popular: “En el pecado llevarán la penitencia”. Aún es tiempo de frenar el autoritarismo que conduce al Estado totalitario, sobran ejemplos del proceso que condujo a tal situación degradante de la dignidad humana, que tuvo como principal corolario el fascismo, el nazismo y el estalinismo.

El obradorato es un asomo del viejo autoritarismo derivado del que estaba en boga en Europa durante las primeras décadas del siglo veinte. Es absurdo que se le considere como una corriente progresista, según los decires de los estalinistas que sobreviven en el mundo, cuando la realidad los retrata como lo que son: una élite ambiciosa que envidia los privilegios de la aristocracia burocrática, como nos lo demuestra claramente el afán de los obradoristas de imitar los usos del poder de sus ancestros porfiristas.

De ahí el imperativo de que el partido Somos México empiece con el pie derecho su tarea política, con una plataforma que tenga como eje la lucha contra los abusos de poder; contra todo tipo de privilegios que contravengan principios democráticos; con la autocrítica como factor doctrinario que frene oportunamente desviaciones ideológicas y principios éticos. El obradorato es un ejemplo concreto de lo que no debe hacerse, mucho menos repetirse en ninguna de sus formas de ejercer el poder. Y nunca perder de vista que las metas de largo plazo se logran en la medida que las de corto y mediano se cumplan sin hacer concesiones al enemigo principal.

El propósito ineludible en la etapa de arranque de la oposición al obradorato, debe ser consolidar una oposición digna de tomar en cuenta. De otro modo no tiene caso entrar en una competencia inútil, que lo será si los partidos siguen con la idea de ser comparsas del régimen. La vorágine del Mundial de Futbol no durará más allá de que finalice el campeonato, entonces la población mayoritaria resentirá los efectos de una cruda de esas que quedan después de días de farra incontenible.