En este espacio semanal hemos presentado qué es y para qué sirve la Inteligencia. Ya sea como coadyuvante a la toma de decisiones de alto nivel, como un instrumento diagnóstico o prospectivo, como un medio proveedor de contexto, como un mecanismo de evaluación y realimentación, o bien como un sistema de control y seguimiento de políticas públicas, la Inteligencia es un conjunto accionable y metodológico que es parte integral de los Estados modernos. También hemos reflexionado sobre la imperativa necesidad que ésta sea tomada como una práctica profesional con plena seriedad, y cómo debe integrarse armónicamente en todas las fases de la Administración Pública (concepción, diseño, planeación, gestión, desarrollo, implementación, administración, evaluación y realimentación).
Pero la Inteligencia es tan solo una parte de la ecuación de la Seguridad Nacional. Provee de análisis, contexto, evaluación y prospectiva a los tomadores de decisiones, esencialmente convirtiéndose en los ojos y oídos del liderazgo nacional en los ámbitos estratégico, operacional, operativo y táctico. Los complementos necesarios para un eficiente liderazgo integral con visión de futuro, pero también con un firme arraigo en el presente, es la capacidad de crítica constructiva y correctiva, de evaluación, de protección y de salvaguarda. Es la capacidad de proteger los insumos informativos, de balancear y equilibrar los productos de Inteligencia. Es mantener una mirada actualizada, crítica y sustentada que legitime y valide la Inteligencia, que proteja al tomador de decisiones, y que resguarde la integridad del Estado en los aspectos más vulnerables ante potenciales actos de desinformación y manipulación.
Ese papel, por complejo y contradictorio que parezca, se puede sintetizar en una labor igualmente integral del Estado moderno y su Administración Pública: la Contrainteligencia. Este término es uno de los más controvertidos y más mal comprendidos de la Seguridad Nacional. Invoca imágenes de represión, de censura, de persecución irrestricta e irracional. Para los miembros del gremio, los participantes en el ámbito de la Defensa y la Seguridad Nacional, este término invoca desconfianza, recelo, y necesidad de distanciamiento preventivo. Es difícil de describir para el lector ajeno al medio la diversidad de reacciones que este término genera al ser invocado en el ecosistema de la Defensa, la Inteligencia y la Seguridad, las cuales oscilan desde el hartazgo hasta el rechazo, del temor hasta la negación, y de la intolerancia a la intrascendencia.
Lamentablemente, este estigma se ha propagado irrestrictamente bajo la creencia maquiavélica de algunos de sus practicantes que “es mejor ser temido que amado”, y que consideran esta imagen contribuye a su “eficacia”. Sin embargo, nada puede estar más alejado de la realidad. Este concepto, término y sus practicantes deberían ser asociados más al de “protección”, “salvaguarda”, “respaldo”. Deberían inspirar confianza, certidumbre y templanza. Su función en la Seguridad Nacional es crítica, su labor es invaluable, y su desempeño profesional es complejo.

El ámbito profesional de la Inteligencia es extremadamente demandante en lo general, teniendo rubros y ramas más o menos exigentes. Pero podríamos argumentar que tal vez el campo más complicado, riguroso y transcendente es el de la Contrainteligencia, ya que sus profesionales deben no sólo conocer las bases y fundamentos de los demás rubros de la adquisición, análisis y prospectiva informativa, sino que también deben ir uno o varios pasos más allá para proteger y prevenir incidentes que detrimenten las labores y productos de Inteligencia. Al igual que esta, el uso inadecuado, ineficiente, poco ético y poco profesional de carácter histórico en nuestro país de este rubro de la Seguridad ha fomentado una visión corrupta y equivocada del término, y ha propagado una concepción doctrinaria potencialmente errónea de su verdadero valor aplicativo.
Hablar de la Contrainteligencia en México es abrir la puerta al debate: ese sano ejercicio reflexivo que nos permita identificar qué es, qué buscamos, para qué lo buscamos y cómo lo podemos emplear para el beneficio nacional. Es por ello que los conceptos y postulados presentados en esta y en subsecuentes colaboraciones no sólo tienen la intención de cohesionar y consolidar una visión contributiva y propositiva sobre el término, sino también promover una revaloración del mismo. En un ámbito donde la incertidumbre, la oclusión y la opacidad son la norma, una reflexión orientada al empleo positivo del término y de su ejercicio profesional es más que pertinente, procedente y prudente.
Sea entonces inicio de esta reflexión reconocer que la Inteligencia es una labor integral que llevan a cabo todos los Estados modernos y todos los actores internacionales competentes. Su ejercicio no sólo es en el sector público, sino también privado; y en ocasiones estas labores pueden ser llevadas a cabo por actores que potencialmente son adversos a los intereses de los Estados y su ciudadanía. En consecuencia, las labores de Inteligencia de todos los actores en el ámbito nacional, internacional y global son concurrentes y simultáneas: básicamente todos buscando información de todos, tratando de obtener alguna ventaja relativa, intentando aprovechar las vulnerabilidades de otros actores para maximizar sus oportunidades. Esta multiplicidad de actividades con sus correspondientes variables genera un contexto permanente de “caos informativo”, donde la información en ocasiones es imposible de distinguir de la desinformación, ya sea por que esta es intencional o coyuntural.
Los Estados y sus servicios de Inteligencia no sólo se encuentran constantemente recopilando información, sino también deben disuadir, impedir o minimizar que otros actores puedan acceder a información sensible o crítica de ellos y su ciudadanía. Estas acciones se orientan a proteger y salvaguardar no sólo la información del Estado y sus instituciones, sino también las capacidades y medios con los que cuentan para que ellos mismos accedan a información de otros actores. Esta es justo la función y el papel de la Contrainteligencia: disuadir, impedir, minimizar, mitigar, negar y restringir el acceso de información propia y de las capacidades de Inteligencia del Estado mismo frente a otros actores que activa o pasivamente se encuentran buscando dichos datos para su aprovechamiento particular.
Es importante establecer una clara distinción: la Contrainteligencia no es Seguridad de la Información. Por este último término debemos entender las estrategias, medidas e instrumentos necesarios para salvaguardar la información por medios individuales y propios, requiriendo la observancia de procedimientos de manera consistente y disciplinada para impedir vulnerabilidades del manejo o resguardo de la información, ya sea de manera digital, física o virtual. La Seguridad de la Información es un rubro académico-operacional propio, que en su momento abordaremos a detalle, pero basta decir que por su naturaleza generalizante e incluyente debe ser tratada como un conjunto de actividades diferenciado de la Contrainteligencia.
De carácter general, podemos entender por el término que nos ocupa el proceso acumulativo, permanente y sistemático de medidas activas y pasivas para la protección y salvaguarda los instrumentos, los medios y los sistemas de datos, información e Inteligencia por actores externos a las Instituciones Nacionales; por medio de la disuasión de intereses, la prevención de adquisición, e instrumentos de mitigación de impactos de potenciales vulneraciones externas e internas, así como la eventual neutralización de intentos externos de influir en el proceso de toma de decisiones nacionales. Tan solo comprender y dimensionar esta definición requiere de un proceso reflexivo mucho más amplio sobre la Administración Pública Nacional, así como deja en relieve los grandes campos de oportunidad y mejora continua que requerimos en nuestro país.

Un punto de partida obligado para “desmitificar” el término y colocarlo en su justa proporción es reconocer que como Estado, como país y como sociedad necesitamos contar con capacidades adecuadas y eficientes de Contrainteligencia, las cuales se encuentren integradas armónicamente en el Sistema Nacional de Inteligencia. La Contrainteligencia es un recurso preventivo y reactivo que protege y otorga certidumbre y seguridad a los productos de Inteligencia. Es el instrumento que otorga solidez y trascendencia a la prospectiva, y nos da la confianza de que los actores que intentan vulnerar nuestra información e integridad están siendo disuadidos y mantenidos a una sana distancia.
En México la Contrainteligencia tiene una mala reputación. Esto ha tenido un efecto acumulativo sustancial, el cual ha permeado incluso hasta nuestra doctrina nacional en la materia. Lo anterior genera un círculo vicioso, donde no sólo no se logran obtener los plenos beneficios de contar con una actividad profesional en la materia, sino también es empleada como una excusa inapropiada para ocultar, empantanar o evitar la transparencia de numerosas actividades irregulares. El profesional de la Contrainteligencia debe ser, por su propia naturaleza y trascendencia, uno de los mejores administradores, gerentes, mandos u operadores de Inteligencia.
Su experiencia le otorga la legitimidad necesaria para llevar a cabo esta imprescindible labor, y sus conocimientos aplicativos la legalidad para ser el escudo del Estado que se espera y requiere. A lo largo de las siguientes entregas abordaremos los pormenores de la Contrainteligencia, su aplicación y relevancia para el México contemporáneo. Veremos cómo podemos aprovechar este insumo de manera eficiente y al nivel que requiere nuestro país, reconociendo que la reserva no es sinónimo de opacidad, y la secrecía no es equivalente a la penumbra de la falta de rendición de cuentas.
La Contrainteligencia tiene mala fama, y aunque en parte esto tiene una finalidad, también es necesaria la consideremos en su justa proporción. Sus profesionales y sus productos son esenciales para la Seguridad Nacional, y por tanto debemos invertir eficiente y sanamente en ella. Debemos identificarla como un recurso de protección y salvaguarda, no como un instrumento intimidatorio, de persecución o punitivo. Debemos desmitificar este rubro profesional, así como debemos integrarlo de manera real en el proceso de toma de decisiones nacionales, no como instrumento de represión sino como un referente de sana protección.
El autor es Antropólogo Social e Internacionalista. Especialista en Inteligencia Estratégica, Estudios Prospectivos, e Innovación Aplicada.
