La semana pasada presentamos en este espacio uno de los temas más controvertidos y menos comprendidos de la Seguridad Nacional: la Contrainteligencia. Sintéticamente presentamos qué es y para qué sirve, y dimos una muy breve semblanza del por qué tiene tan mala concepción o percepción popular. Así como el término “Inteligencia” automáticamente evoca un paralelismo casi sinónimo con “espionaje”, “encubierto”, “clandestino”, o “violador de la privacidad”, la Contrainteligencia genera reacciones aún más profundas. Es uno de esos términos que solo al oírlo evoca imágenes y sensaciones de autoritarismo, de control, de represión, de violencia. Incluso para la gran mayoría de los profesionales de la Defensa y la Seguridad Nacional, la Seguridad Interior o Pública, la Administración Federal o Estatal, y la procuración de justicia nacional, el término genera una sensación de incomodidad, de opresión, de supervisión y de vigilancia.

Todo lo anterior se deriva de una mala comprensión e interpretación del término. Podría argumentarse que en parte esta confusión o inadecuada percepción es intencional, diseñada para promover temor o una eterna sensación de vigilancia. Promover conscientemente esta aproximación tan sólo muestra una carencia profunda de madurez profesional y seriedad. Recurrir al “tenme miedo, por que yo lo sé y lo vigilo todo” en vez de transmitir confianza, criterio, disciplina, rigidez y trascendencia colaborativa no es señal de fortaleza, sino de una profunda debilidad e inseguridad en las capacidades propias de seguridad y salvaguarda. En el medio profesional de la Administración Pública, la Defensa y la Seguridad es palpable el rechazo generalizado a la Contrainteligencia, precisamente por esta situación. Cabe señalar que esto es contraproducente, y poco permisivo a un entorno laboral y profesional sano. Y si la Administración de Justicia y Pública, la Defensa y la Seguridad no son entornos sanos, ¿qué podemos esperar de una dinámica nacional con trascendencia al porvenir?

Es por ello que para desmitificar y colocar en su justa proporción este campo de la Seguridad Nacional debemos partir de bases sólidas, de razonamientos reflexivos, y evitar caer en tendencias retrógradas o en doctrinas anquilosadas y desactualizadas por décadas. En otras palabras, debemos de dejar de ver al ayer y empezar a ver el mañana. Y nada nos prepara para este proceso que partir con una definición conceptual preliminar. La semana anterior en este espacio propusimos como una primer aproximación a la Contrainteligencia el proceso acumulativo, permanente y sistemático de medidas activas y pasivas para la protección y salvaguarda los instrumentos, los medios y los sistemas de datos, información e Inteligencia por actores externos a las Instituciones Nacionales; por medio de la disuasión de intereses, la prevención de adquisición, e instrumentos de mitigación de impactos de potenciales vulneraciones externas e internas, así como la eventual neutralización de intentos externos de influir en el proceso de toma de decisiones nacionales.

Esta aproximación se presenta como muy amplia, potencialmente dispersa y excesivamente incluyente.  Es por ello que debemos dedicarnos a analizar sus componentes pormenorizados; y aunque algunos aspectos escapan al alcance de esta colaboración semanal, puede darnos una mirada y eventual percepción más. Aunque hemos comentado ya que su ámbito de competencia es bastante amplio, sus alcances son muy específicos. Su misión es la protección y salvaguarda de influencias externas de los recursos informativos, productos de Inteligencia, los procesos de formulación y aplicación de Políticas Públicas y la toma de decisiones de alto nivel.

Dichas influencias abarcan desde la adquisición de información interna para fines adversos al Estado, es decir, espionaje; la corrupción de datos internos, lo que dificulta y/o imposibilita la función pública en todas sus modalidades; la desinformación, ya que impide el proceso de contextualización, evaluación y reacción ante fenómenos y procesos coyunturales; la infiltración en el proceso de toma de decisiones;  la manipulación de la concepción, diseño, gestión, desarrollo, administración y evaluación de Políticas Públicas, procesos legislativos o normativos; y la inserción de procesos disruptivos o manipuladores de la Función Pública para la obtención de intereses ajenos o adverso al Estado, sus instituciones y funcionarios. Cuando tomamos en consideración los aspectos que abarca la Contrainteligencia no podemos más que concebirla y ubicarla como una función crítica, esencial, imperativa, indispensable, insustituible, jerárquica y transversal del Estado contemporáneo. En otras palabras: la Contrainteligencia es una labor y prioridad estratégica.

Su adecuado y responsable ejercicio es de eterna vigilancia, permanente protección y constante supervisión. Debe considerar todas las vulnerabilidades internas (riesgos) y externas (amenazas) del Estado, sus instituciones y sus funcionarios. Se enfoca a blindar y fortalecer al Estado mismo, no solo como parte de un ejercicio disciplinario de responsabilidad en el Servicio Público, sino como un escudo protector de la nación ante cualquier actor -doméstico o foráneo- que busque atacar, influir o manipular al Estado, su gobierno, su sistema de administración, su ciudadanía y sus aspiraciones e intereses. La Contrainteligencia debe realizar todas estas actividades de carácter permanente, pero con límites y con un claro sistema de rendición de cuentas.

Reza el adagio “la Contrainteligencia debe estar alerta y vigilante veinticuatro horas al día, siete días de la semana, todo el año, todos los años, y ser exitoso en todo momento; el enemigo sólo tiene que tener suerte una sola vez”. Esto muestra claramente la asimetría y el enorme reto que enfrenta esta rama de la Seguridad Nacional. Pero además tiene limitaciones que los adversarios del Estado no tienen, y aunque existen por una buena razón no le hacen el camino más fácil. La Contrainteligencia debe seguir las leyes nacionales, los acuerdos internacionales, los reglamentos institucionales internos, y las normas operativas propias de la disciplina profesional.

Se ha propagado en el ideario colectivo que la práctica de la Contrainteligencia es brutal, sin limitaciones, abusiva y represiva, sin barreras éticas ni morales. Sin duda esto ocurría -y ocurre- en todos los niveles nacionales e internacionales. Pero estas prácticas no son profesionales, son delitos. Debemos como sociedad reflexiva e informada estar claros y conscientes de ello: cuando existe una violación expresa de los Derechos Humanos, a las leyes y reglamentos nacionales, o se opera sin limitaciones éticas y morales, no estamos frente a acciones de Defensa y Seguridad Nacional; estamos frente a delitos que deben ser tipificados, perseguidos y castigados.

Existe una delgada y fina línea entre el adecuado procedimiento de Contrainteligencia, la violación de estándares, y los actos criminales. La definición y de ellas depende de que tan bien entendamos y ejerzamos estos términos, ya sea como parte de los instrumentos de Seguridad del Estado o como ciudadanía corresponsable, copartícipe, informada y exigente del más alto nivel de desempeño de sus funcionarios, instituciones y representantes.  Como abordaremos en colaboraciones subsecuentes, la Contrainteligencia al ser una labor de Estado también involucra a la ciudadanía en un marco de colaboración y corresponsabilidad. Lo anterior implica un compromiso social profundo, una congruencia democrática inexpugnable, y una cohesión integral en torno al desarrollo y futuro nacional.

Bien y responsablemente llevada, la Contrainteligencia es una labor esencial, predominante y estratégica para la nación. Mal llevada, operada de manera irresponsable o maliciosa, y/o de manera distorsionada o mediocre puede ser un recurso justificativo para la “delincuencia de Estado”: la corrupción, el encubrimiento, la opacidad, la opresión, la represión, y la regresión. Desde este momento ya podemos empezar a realizar paralelismos reflexivos con lo que hemos vivido en nuestro país, con nuestra situación presente y con lo que podríamos experimentar de no generar la consciencia social necesaria. En su momento nos ocuparemos de ello, pero por ahora quisiera dejar al reflexivo lector con un breve ejercicio mental: ¿qué pasaría y dónde estaría nuestro país, instituciones y ciudadanía si se ejerciera la Contrainteligencia nacional en los términos planteados en este texto? ¿Cómo sería nuestra cotidianidad? ¿Cuál podría ser nuestro futuro? ¿Tendríamos los escándalos y problemas que ocupan nuestro entorno y tiempo nacional?

Por supuesto, no estoy diciendo que la clave y solución de todos los problemas nacionales sea tener un adecuado, eficiente y responsable Servicio de Contrainteligencia, hay mucho más que hacer atender. Pero por algo se empieza.

El autor es Antropólogo Social e Internacionalista. Especialista en Inteligencia Estratégica, Estudios Prospectivos, e Innovación Aplicada.