Entre los goles y la fiesta, el Mundial 2026 exhibe una herida que el fútbol no ha logrado cerrar: el racismo. La FIFA reconoció que el 11% de todo el contenido abusivo detectado en redes durante la primera fase del torneo correspondió a insultos de carácter racista, la principal forma de discriminación registrada, por encima del 8% de Qatar 2022. El organismo anunció que denunciará 100 casos ante la justicia tras detectar 89 mil publicaciones injuriosas solo en la fase de grupos, un fenómeno que, según su propio Servicio de Protección en Redes Sociales, se disparó 13 veces respecto a Catar, pese a que aquella edición tuvo menos selecciones participantes.
Los casos de alto perfil no se quedaron en la pantalla. El streamer estadounidense IShowSpeed fue víctima de agresiones verbales y gestos discriminatorios en dos partidos distintos de Argentina, mientras que una aficionada le gritó frases racistas en el Hard Rock Stadium de Miami durante el duelo ante Cabo Verde, lo que obligó a la FIFA a emitir un comunicado de condena y abrir investigación. En paralelo, el cruce entre Kylian Mbappé y la senadora paraguaya Celeste Amarilla escaló hasta la apertura de una causa por parte de fiscales franceses. México tampoco quedó al margen: la influencer surcoreana Ino Cat fue blanco de un gesto racista por parte de un aficionado mexicano en el estadio de Guadalajara, episodio que derivó en repercusiones laborales para el involucrado tras la presión en redes sociales.
La comparación entre naciones resulta reveladora. Mientras Argentina enfrenta ahora señalamientos por el comportamiento de parte de su afición hacia figuras extranjeras, México arrastra su propio historial disciplinario, aunque de otra naturaleza: el grito de “¡eh, puto!”, catalogado por la FIFA como discriminatorio, le ha costado a la Federación Mexicana de Futbol al menos siete multas por más de dos millones de dólares desde su aparición en 2003. La diferencia es de fondo: el caso mexicano ha girado históricamente en torno a un cántico con lectura homofóbica, mientras que los episodios más recientes en el torneo —contra el streamer estadounidense, contra Mbappé, contra la influencer surcoreana— apuntan a insultos por origen étnico o rasgos físicos, en un Mundial que por primera vez reúne a 48 selecciones, con mayor representación asiática y africana que nunca.
El sindicato mundial de futbolistas, FIFPro, ha sido categórico: los jugadores han sido víctimas de insultos tanto en internet como en persona, muchos de naturaleza racista, en actos que no son aislados, y exige sanciones significativas y compromiso colectivo de autoridades, plataformas digitales, medios y afición. La FIFA, por su parte, mantiene un protocolo de tres etapas activable con el gesto de brazos en cruz, pero las cifras muestran que la señal llega tarde: se detecta el insulto, no se previene.
El Mundial que debía hermanar a la humanidad enfrenta así su propio espejo. Ningún país llega limpio a esta discusión, y la diferencia entre selecciones no está en si existe el problema, sino en qué tanto sus federaciones e hinchadas han decidido enfrentarlo o normalizarlo.
