El Mundial 2026 debía ser recordado por el fútbol. Pero conforme avanza el torneo, comentaristas, entrenadores y federaciones enteras coinciden en un reclamo distinto: la tecnología arbitral, lejos de eliminar la controversia, la ha multiplicado.

Los números respaldan la percepción. Un análisis de la Universidad Northeastern registró un total de trece tarjetas rojas hasta los octavos de final, cifra más de tres veces superior a la observada en los mundiales de 2018 y 2022. El propio investigador que documentó el fenómeno advirtió que el exceso de revisión tecnológica se ha alejado del propósito original del videoarbitraje, generando entre los aficionados en el estadio una sensación de exclusión, pues las decisiones se les imponen sin posibilidad real de opinar.

México ofrece un caso emblemático de esta paradoja. En el partido inaugural del torneo, el árbitro brasileño Wilton Sampaio expulsó a tres jugadores de Sudáfrica y de la propia selección mexicana, estableciendo el récord histórico de expulsiones en un partido de apertura mundialista. Semanas después, en octavos de final, Inglaterra eliminó a México por 3-2 en un encuentro donde el técnico Thomas Tuchel cuestionó abiertamente que el VAR revirtiera una decisión que, a su juicio, no ameritaba corrección.

El patrón se repite en otras selecciones invitadas. Egipto quedó eliminado ante Argentina en octavos tras un gol que le fue anulado por una infracción previa, mientras que la anotación argentina de la jugada siguiente, con una acción similar, no fue revisada, lo que llevó a su entrenador a acusar públicamente falta de equidad en los criterios. La Federación Egipcia de Fútbol emitió después un comunicado oficial cuestionando la inconsistencia del sistema de videoarbitraje durante ese partido. Colombia enfrentó un desenlace comparable: la selección cafetera vio anulados tres goles ante República Democrática del Congo y otro más ante Portugal por fueras de lugar milimétricos que solo la tecnología pudo detectar. Irán, por su parte, celebró una clasificación que segundos después le fue arrebatada por un fuera de lugar de apenas centímetros.

El caso más citado por analistas trasciende lo deportivo. La expulsión del futbolista Folarin Balogun escaló hasta el ámbito político cuando el propio presidente de Estados Unidos calificó la sanción como injusta y confirmó haber contactado directamente al presidente de la FIFA para solicitar que se revirtiera, episodio que evidenció cómo una decisión técnica puede convertirse en asunto de Estado.

No todo el balance es negativo. La primera semana de competencia transcurrió con escasas controversias y una intervención limitada del videoarbitraje, resultado que la FIFA atribuyó a nuevas directrices para agilizar el juego. El problema no es la existencia del sistema, sino la falta de un criterio único para aplicarlo.

Este contraste retrata el dilema de fondo: la tecnología prometía objetividad, pero su aplicación desigual —entre selecciones, estadios y momentos del torneo— ha generado la misma sensación que buscaba erradicar, la de un arbitraje sujeto a interpretación. Para México y las demás naciones invitadas, la lección del Mundial 2026 no es tecnológica sino institucional: ningún algoritmo sustituye la responsabilidad de quienes deciden cómo, cuándo y a quién aplicarlo.