No fue casualidad. No fue agenda. No fue un “tema político”. Claudia Sheinbaum no fue a la cumbre de Marco Rubio porque no quería dar la cara. Porque sentarse en esa mesa significaba exponerse a preguntas incómodas, a señalamientos directos, a tener que explicar por qué el narcotráfico camina a sus anchas en México mientras el gobierno presume “cero homicidios” en Tulum. La excusa fue de manual: “no era prudente asistir”. Como si la seguridad nacional fuera un asunto de prudencia y no de hechos. Como si 66 países —incluyendo Argentina, Chile, Ecuador, Perú y Uruguay— hubieran perdido el juicio al considerar que el “terrorismo político de extrema izquierda” merece un debate global. Pero México, con su soberbia de siempre, decidió que el tema le quedaba grande. O mejor dicho: le quedaba incómodo.

Porque esto no se trata de principios constitucionales ni de “no intervención”. Eso es el cuento que Sheinbaum le vende a los suyos en la mañanera. La verdad es más cruda: México no fue porque no quiere que le pregunten por los cárteles. Mientras la presidenta inauguraba playas en Tulum y hablaba de sargazo, en Washington se discutía algo que a ella le conviene ignorar: que el narcotráfico y la extrema izquierda no son fenómenos separados, sino dos cabezas de la misma hidra. La administración Trump ya designó a ocho cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras. El Cártel de Juárez y Los Viagras recibieron esa etiqueta el mismo día de la cumbre. ¿Y Sheinbaum? Ella dice que eso es “político”. Como si el fentanilo que mata a 70 mil estadounidenses al año fuera una opinión. Como si los cárteles que controlan territorios enteros en México fueran un problema de percepción, no de seguridad. Como si los vínculos entre el crimen organizado y ciertos sectores políticos fueran una invención de la CIA.

La realidad es que Sheinbaum no quiere hablar de eso. No quiere que le pregunten por los cárteles. No quiere que le pregunten por los gobernadores que han sido señalados por vínculos con el narco. No quiere que le pregunten por el financiamiento ilícito de grupos políticos. No quiere que le pregunten por el papel de Cuba como patrocinador del terrorismo en la región. Por eso no fue. Porque asistir a la cumbre de Rubio habría sido sentarse en el banquillo de los acusados. Y para eso, mejor quedarse en casa, rodeada de aplaudidores, hablando de lo bonito que está Tulum.

Sheinbaum se escuda en los “principios constitucionales” de política exterior: no intervención, autodeterminación de los pueblos, solución pacífica de controversias. Banderas nobles, sin duda, pero que en esta administración funcionan como un manto para la inacción. Porque decir “no intervenimos” es fácil cuando el problema no te toca la puerta. Pero el narcotráfico sí toca la puerta. Entra por la ventana. Controla calles, plazas, gobiernos locales. Mata periodistas, secuestra migrantes, financia campañas. Y sin embargo, la presidenta prefiere hacerse la distraída. ¿Qué hubiera pasado si México hubiera asistido a la cumbre? Habría tenido que explicar por qué, después de años de “abrazos, no balazos”, el país sigue siendo el principal productor de fentanilo del mundo. Habría tenido que responder por los cárteles que operan con impunidad en media república. Habría tenido que justificar por qué su gobierno no ha detenido a los grandes capos. Habría tenido que callar o mentir. Mejor no ir.

La lista de asistentes a la cumbre es una condena silenciosa para Sheinbaum. 66 países consideraron que el tema merecía su atención. Desde Alemania hasta Perú, desde Japón hasta Argentina. Gobiernos de derecha, de centro, incluso algunos de izquierda moderada, todos sentados en la misma mesa discutiendo cómo enfrentar una amenaza real. México, Brasil y Colombia no fueron. La santísima trinidad del progresismo latinoamericano. La misma que cree que el narcotráfico es un invento de los gringos para desestabilizar gobiernos populares. La misma que prefiere señalar al imperio antes que mirar sus propias tripas. Pero la realidad es tozuda. Mientras Sheinbaum se queda en Tulum, los cárteles mexicanos ya están siendo tratados como lo que son: organizaciones terroristas. No por capricho de Rubio, sino por su violencia sistemática, su control territorial y su capacidad de desestabilizar Estados enteros.

Sheinbaum cree que no ir fue un acto de soberanía. En realidad, fue un acto de cobardía política. Porque no asistir a una cumbre no es “no intervenir”; es simplemente no estar. Y no estar, en el mundo de las relaciones internacionales, es una forma de intervenir: la de quien prefiere no mojarse. México perdió una oportunidad de sentarse en la mesa donde se define el tablero geopolítico de la región. Perdió la oportunidad de defender su postura, de explicar su visión, de negociar, de influir. En lugar de eso, optó por el silencio. Por la ausencia. Por la excusa.

Ah, pero para eso sí tuvo tiempo y disposición. Para viajar a la final del Mundial, para posar con la camiseta, para rodearse de flashes y aplausos. Ahí los boletos no están caros (bueno, para ella no), la gente no la fue a abuchear y, sobre todo, ahí nadie le pregunta por los cárteles. En la cancha no hay periodistas incómodos, no hay aliados de Marco Rubio exigiendo respuestas, no hay gobiernos extranjeros señalando con el dedo. El Mundial es el escenario perfecto: fiesta, deporte, evasión. Todo menos hablar de lo que duele.

Ahí, en la cancha, Sheinbaum fue una edecán más. Su sonrisa pareció congelarse mientras desfilaban argentinos y españoles recibierndo sus medalla de Infantino y Trump. Y sonreia porque en el Mundial no hay preguntas incómodas. Porque en el Mundial no hay señalamientos. Porque en el Mundial no hay que dar la cara por los cárteles.

Pero en Washington, 66 países se preguntan: ¿qué tiene que esconder la presidenta de México? La respuesta, señora, está en su ausencia.