El que avisa no traiciona, dice el refrán. No podemos acusar a Donald Trump de haber engañado a México en materia de libre comercio. Desde el primer día de su segundo mandato dejó clara su inconformidad con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). El mandatario estadounidense nunca ocultó que su objetivo era replantear la relación comercial con sus socios norteamericanos, aún cuando, paradójicamente, la economía de Estados Unidos ha sido una de las principales beneficiarias del propio tratado.

La decisión de Washington de no extender la vigencia del T-MEC hasta 2042 y, en cambio, mantener como horizonte el año 2036 con revisiones anuales, representa mucho más que un procedimiento jurídico previsto en el artículo 34.7 del tratado. En los hechos, constituye el principio del fin del modelo de integración comercial que durante más de tres décadas definió la economía de América del Norte.

Ninguna empresa que pretenda invertir miles de millones de dólares instalará una planta en México cuando el horizonte de estabilidad comercial es apenas de diez años y, peor aún, sujeto a revisiones anuales que podrían modificar las reglas del juego.

Hay quienes sostienen que esta postura forma parte de la estrategia de negociación agresiva que caracteriza a Donald Trump. Probablemente sea cierto. El presidente estadounidense ha convertido la presión política y económica en una herramienta permanente para obtener ventajas en cualquier negociación internacional. El verdadero problema es otro: México carece de instrumentos para ejercer una presión equivalente sobre la mayor economía del mundo.

La enorme dependencia comercial que nuestro país mantiene con Estados Unidos limita considerablemente nuestro margen de maniobra. Mientras Washington puede utilizar aranceles, restricciones comerciales o amenazas de retiro del tratado como herramientas de negociación, México tiene muy pocos mecanismos efectivos para responder sin afectar su propia economía.

Lo cierto es que, con tratado o sin él, Estados Unidos seguirá siendo nuestro principal socio comercial por razones geográficas, logísticas y económicas. Esa realidad difícilmente cambiará. Lo que sí está cambiando es el paradigma del libre comercio que predominó desde la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994.

La era de los grandes acuerdos comerciales concebidos como instrumentos permanentes de integración económica está llegando a su fin. Hoy predominan las políticas industriales, el proteccionismo selectivo, la competencia tecnológica y la relocalización estratégica de cadenas productivas. La geopolítica ha desplazado a la globalización como eje de las decisiones económicas.

Mientras Europa fortalece nuevos acuerdos comerciales y aliados tradicionales de Estados Unidos, como Japón y Corea del Sur, llevan más de un año diversificando mercados y construyendo nuevas alianzas económicas, México continúa dependiendo excesivamente de un solo destino para la mayor parte de sus exportaciones.

Donald Trump cumplió lo que prometió. Ahora le corresponde a México decidir si seguirá esperando el siguiente aviso o comenzará, de una vez por todas, a construir una estrategia económica menos dependiente y más acorde con el mundo que ya empezó a cambiar.

Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.

@onelortiz