Hace más de treinta años en México nacía una institución destinada a cambiar el rumbo de la historia y que marcaría el inicio de la transición democrática. Una institución que sería ciudadana y rompería esos muros que existían entre la sociedad mexicana y la política. Era un órgano ciudadano y para los ciudadanos.

Construir este camino democrático demoró más de tres décadas; pero han bastado solo tres años para que esa “casa de la ciudadanía” se convirtiera en un búnker autoritario inaccesible para la sociedad.

El autoritarismo que hoy representa el INE se refleja de todas las maneras posibles: en sus decisiones, en su arbitrariedad, en el abierto sesgo político para beneficiar al partido en el poder. Sin embargo, también puede verse en sus puertas. El INE ya no es de la ciudadanía, le teme, le tiene pánico.

​Hoy, cualquier ciudadano que pretenda ir a las oficinas centrales del INE, en Viaducto Tlalpan u otra sede, para realizar un simple trámite, entregar documentos, ejercer su derecho a estar presente en una sesión pública o algún otro derecho, es tratado como un peligroso sospechoso al que hay que escudriñar, intimidar y revisar sus documentos en mano.

Registros con fotografía obligatoria y datos personales ─sin aviso de privacidad─, revisión invasiva de los documentos por parte de elementos de seguridad, un trato sumamente hostil y torniquetes en cada área con vigilancia constante para que nadie camine un metro más del que “se autorizó”. Así es como se recibe a la ciudadanía cuando acude a esta institución.

Para colmo, la Oficialía de Partes cierra recepción física a las 7:00 p.m. inventando procedimientos por correo fuera de norma, que no son más que una barrera para el acceso a la justicia; barrera que muchas veces resulta insuperable para quienes viajan de otros estados.

Este cambio no es casualidad. Coincide con la llegada de perfiles más políticos que técnicos a puestos clave de la institución, quienes han priorizado la obediencia sobre la autonomía y hoy tienen pánico a la vigilancia ciudadana.

Es muy claro, la colonización del INE no solo está en sus decisiones, hoy alcanzó cada pasillo, cada oficina y cada espacio que debería ser una vitrina donde la sociedad pueda observar.

Estamos a poco más de un mes de que inicien los procesos electorales 2026-2027, y en lugar de prepararse para enfrentar los mayores retos sociales y políticos que se han visto en décadas, el INE está más ocupado en cerrar sus puertas, poner torniquetes, esconderse tras grandes muros y amedrentar a la ciudadanía. Esto no solo es una señal del camino autoritario que México está transitando, es la muestra más evidente del fin de la legitimidad de esta institución.

Hoy enfrentamos una paradoja sumamente peligrosa, iniciará “la elección más compleja de la historia” y será organizada por un grupo de personas en quienes la ciudadanía ya no reconoce autoridad, conocimiento, legitimidad y mucho menos confianza. El árbitro se atrincheró entre la burocracia y su propia paranoia, porque sabe que le ha fallado a México.

Al final del día, las puertas del INE podrán estar cerradas, pero la institución le pertenece a la sociedad mexicana, y esa misma ciudadanía será la encargada de vigilar, exigir y rescatar la democracia que nos pretenden arrebatar.

Ningún muro será lo suficientemente alto para ocultar el deterioro institucional que en tres años ha causado la colonización del INE. Porque si de muros hablamos, hay que recordarles a los consejeros del INE que incluso el Muro de Berlín cayó, porque ningún muro que pretenda defender la tiranía se ha mantenido de pie y siempre son los ciudadanos quienes los derrumban.

¡Recuperaremos la ciudadanía del INE!

Abogada electoral y constitucional | Columnista | Análisis político

Web: defensaelectoral.com.mx

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