Existen acontecimientos que trascienden su propia naturaleza. Dejan de pertenecer al ámbito del espectáculo para convertirse en episodios de la memoria colectiva. Así ocurrió con la participación del equipo mexicano durante el Mundial de futbol 2026. Más allá de los resultados, de las estadísticas o de las posiciones alcanzadas, la actuación de la selección consiguió algo que ningún marcador puede medir. Devolvió a los mexicanos la alegría de sentirse parte de una misma historia.
Sí, la actuación de México tuvo momentos que quedarán grabados en la memoria deportiva de nuestro país. La victoria frente a Ecuador y República Checa, con una portería invicta, no fue sólo un triunfo en la cancha; fue una afirmación de carácter.
En esos partidos, la selección dirigida por Javier Aguirre mostró solidez, temple y una serenidad competitiva que encendió nuevamente la confianza de la afición. Julián Quiñones, con su entrega y su contundencia, Raúl Jiménez, con esa experiencia que sabe aparecer en los momentos decisivos, Morita con el ímpetu de su juventud y el resto de la selección con la fuerza defensiva y la coordinación de sus pases, fueron símbolos de un equipo que entendió que representar a México exige algo más que talento. Exige corazón, disciplina y sentido de pertenencia.
Después vendría el partido frente a Inglaterra. México cayó por tres goles a dos, pero lo hizo con dignidad, con orgullo y con una entrega que hizo que la derrota no supiera a fracaso. Hay partidos que se pierden en el marcador, pero se ganan en la memoria moral de una afición. Éste fue uno de ellos. La selección puso contra las cuerdas a una potencia futbolística y dejó sobre la cancha la imagen de un equipo que no se rindió, que compitió hasta el último aliento y que obligó al país entero a ponerse de pie.
Los jugadores no sólo corrieron detrás de un balón. Cargaron sobre sus hombros la ilusión de millones de personas. En cada esfuerzo defensivo, en cada jugada de ataque, en cada celebración y en cada gesto de compañerismo, la afición encontró motivos para reconocerse. Porque, en el fondo, el pueblo mexicano admira profundamente a quienes luchan, a quienes no se rinden, a quienes convierten la adversidad en una forma de grandeza.
Durante estas semanas, desaparecieron, aunque fuera por unos instantes, muchas de las diferencias que diariamente nos separan. No importaron las preferencias políticas, las ideologías, las profesiones, la edad, ni la condición económica. En las plazas públicas, en las escuelas, en los centros de trabajo, en los hogares y en las calles, un mismo grito recorrió el país. Millones de voces pronunciaron reiteradamente una palabra: ¡México!
El impacto en la afición fue profundo. La camiseta nacional dejó de ser únicamente una prenda deportiva para convertirse en un símbolo de identidad. En México y más allá de nuestras fronteras, especialmente en las comunidades mexicanas que habitan fuera de ellas, ponerse “la verde” significó un sentimiento de pertenencia, de recordar el origen, de reconciliarse con una historia común y de afirmar con orgullo una raíz que permanece viva, aún en la distancia.
Este mundial también permitió mostrar al mundo otro rostro de México. El de la hospitalidad. El de un país que sabe recibir, celebrar y compartir. Esa hospitalidad no fue una estrategia de imagen, fue una expresión natural de nuestra cultura. El país proyectó al mundo la fuerza de su alegría, la nobleza de su gente y esa capacidad tan nuestra de convertir una competencia deportiva en una celebración de fraternidad.
El fútbol nos recordó que un país también se construye con emociones compartidas. Con esas alegrías que aunque efímeras, fortalecen el sentido de orgullo y pertenencia. Hacen renacer la esperanza de que seguimos siendo capaces de celebrar en unidad. Tal vez esa sea la mayor enseñanza que nos deja este Mundial.
Sobre todo, en una época caracterizada por la confrontación, el fútbol nos recordó que la identidad nacional continúa viva, cuando millones de personas entonamos el himno nacional y observamos como nuestra bandera ondea con majestuosa dignidad ante los ojos del mundo.
Naturalmente, el deporte no resuelve los grandes desafíos nacionales. No combate la desigualdad, no elimina la violencia, ni sustituye las responsabilidades de las instituciones públicas. Pero sí posee una fuerza extraordinaria: la de reconciliar emocionalmente a una sociedad. Reconciliación que aunque fugaz, constituye un bien público que nos incentiva a conservar esa imagen más allá del deporte. La de un país que, por encima de sus diferencias, descubre que existen causas superiores capaces de convocarlo. La de millones de personas que comprenden que el éxito colectivo, siempre será más importante que el protagonismo individual. La de una nación que vuelve a creer en sí misma.
Porque al final, los campeonatos pasan; los récords se rompen; las generaciones cambian. Pero hay victorias que permanecen para siempre. Y una de ellas consiste en recordar que, cuando México juega con el corazón, no sólo once futbolistas salen a la cancha. Sale un país entero dispuesto a soñar.
Si fuéramos capaces de trasladar a nuestra vida pública: la solidaridad que mostramos en esta celebración, la disciplina que admiramos en la cancha y el orgullo con que defendemos nuestros colores, descubriríamos que el mayor campeonato que México puede conquistar no se disputa cada cuatro años, sino todos los días: el de construir un país más unido, más justo y esperanzador.
La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
@margaritablunar
