“… en el Hades se honra a todos por igual y
se mide a todos por el mismo rasero”
Luciano, Diálogos de muertos
En la literatura griega de la antigüedad clásica, la belleza está unida a la discreción, a la economía de palabras o parquedad en el decir. Los Dioses, los hombres y mujeres grandes o bellos hablan poco. Los feos mucho.
Aquiles, el hombre más bello, fuerte y sobresaliente que combatió en Troya hablaba poco; lo suficiente para expresar su dolor, odio o deseo de venganza. Homero, o quienes hayan sido los que compusieron la Ilíada, así lo refieren.
En el canto II de la Ilíada, que para algunos es un agregado posterior, refiriéndose al contingente aportado por la isla de Sime, su autor, al hablar de quien lo encabezaba dice:
“Nireo condujo desde Sime tres naves bien proporcionadas; Nireo, hijo de Aglaya y del Cáropo; Nireo, el más hermoso de los dánaos que fueron a Ilio, si exceptuamos al eximio Pélida; pero era tímido, y poca la gente que mandaba.” (La Ilíada, traducción de Luis Sagalá y Estalella, Clásicos Universales, Madrid, 2000, p. 43).
En otra versión el pasaje se traduce: “Nireo había traído de Sime tres naves bien equilibradas, Nireo, el hijo de Aglaya y del soberano Cáropo, Nireo, el hombre más bello de los llegados al pie de Ilio, más que los demás dánaos, excepto el intachable Pélida. Pero era escasa y poco numerosa la hueste que le acompañaba.” (Canto II, 671 a 674, Gredos, p, 144).
Diódoro de Sicilia, repite el dato que aparece en la Ilíada: “Posteriormente reinó en la isla Nireo, hijo de Cáropo y de Aglaya, un hombre que destacaba por su belleza y que participó con Agamenón en la expedición contra Troya, dado que era soberano de la isla y señor de una parte de Cnidia.” (Biblioteca histórica, libro V, 53, p. 312, Gredos).
En lo relativo a la belleza de Nireo, lo reiteran Luciano (Banquete de los Lapitas, 41, Gredos, p. 270 y en Timón o el Misántropo, 23, Gredos, p. 448).
En la Ilíada, en cambio, los feos hablan mucho; de Tersites, un feo, en el canto II de la Ilíada, se asienta:
“Todos se fueron sentando y se contuvieron en sus sitios. El único que con desmedidas palabras graznaba aún era Tersites, que en sus mientes sabía muchas y desordenadas palabras para disputar con los reyes locamente, pero no con orden, sino en lo que le parecía que a los ojos de los argivos ridículo iba a ser. Era el hombre más indigno llegado al pie de Troya: era patizambo y cojo de una pierna; tenía ambos hombros encorvados y contraídos sobre el pecho; y por arriba tenía cabeza picuda, y encima una pelusa floreaba. Era el más odioso sobre todo para Aquiles y para Ulises, a quienes solía recriminar. Más entonces al divino Agamenón injuriaba en un frenesí de estridentes chillidos. Los aqueos le tenían terrible rencor y su ánimo se llenó de indignación. Mas él con grandes gritos recriminaba a Agamenón de palabra:
<<¡Atrida! ¿De qué te quejas otra vez y de qué careces? Llenas están tus tiendas de bronce, y muchas mujeres hay en tus tiendas para ti reservadas, que los aqueos te damos antes que a nadie cuando una ciudadela saqueamos. ¿Es que aún necesitas también el oro que te traiga alguno de los troyanos, domadores de caballos, de Ilio como rescate por el hijo que hayamos traído atado yo u otros de los aqueos o una mujer joven, para unirte con ella en el amor, y a la que tú sola tengas lejos? No está bien que quien es el jefe arruine a los hijos de los aqueos ¡Blandos, ruines baldones, aqueas, que ya no aqueos! A casa, sí, regresemos con las naves, y dejemos a éste aquí mismo en Troya digerir el botín, para que vea si nosotros contribuimos o no con nuestra ayuda quien también ahora a Aquiles, varón muy superior a él, ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder. Más no hay ira en las mientes de Aquiles, sino indulgencia; si no, Atrida, ésta de ahora habría sido tu última afrenta.>>” (Canto II, 219 a 242).
Según lo refiere la Ilíada, Ulises fue el encargado de poner en su lugar a Tersites: lo recriminó y golpeó en público hasta hacerlo llorar. (Canto II, 265 y siguientes).
Cosas de la vida: Menelao, jefe de las tropas aqueas que sitiaron y tomaron Troya, tal como afirmó Tersites, mientras sostenía el sitio, se refocilaba con las cautivas que hacían sus subordinados en las correrías que realizaban. Helena, su esposa, la mujer más hermosa de su tiempo, por su parte, enfrente del campamento de Agamenón y dentro de los muros de Troya, hacía los mismo con su amante París y, una vez que este murió, con su hermano Deífobo. Al final de la guerra hizo actos dignos de arrepentimiento: ayudó a los aqueos a tomar Troya; no le valió, al ser rescatada, su esposo Menelao, tomó la espada para matarla y castigarla por su traición. Ella, al ver próxima su muerte, por ser bella, no habló en su defensa, se limitó a enseñarle los senos; Menelao, al verlos, tiró la espada y aceptó sus besos. Fue perdonada y llevada de regreso a Esparta, a su hogar conyugal. (Eurípides, Andrómaca, 627 y Aristófanes, Lisístrata, 154).
Este hecho confirma la regla: en la Ilíada la gente bella, como lo fueron Aquiles, Nireo y Helena, hablan poco; los feos, como Tersites, hablan mucho.
Todo se acaba. La belleza es pasajera y mundana, Para Luciano de los cráneos de Aquiles, Nereo, Narciso y Jacinto, los seres más bellos del mundo griego y el de Helena, la mujer mortal más bella, no se desprendía nada de la hermosura que les había dado fama (Diálogos de muertos, 5 (18), Minipo y Hermes, en Obras, Gredos, IV, p. 163). Es más, Tersites, el hombre más feo y vil de los que fueron a pelear a Troya, conversando con Nireo, se atrevía a afirmar:
“Una cosa tengo ya, y es que me parezco a ti y no difieres de mí en tan gran medida como te elogió el ciego aquel, Homero, que decía en sus versos que eras el más guapo de todos; antes bien, yo, el de la cara de pera y el pelo ralo, no le ha parecido al juez en nada inferior a ti. Pero, mira tú, Menipo, a quién consideras más guapo.” Más adelante Menipo, afirma: “… pues vuestros huesos son parecidos y tu calavera sólo podría distinguirse de la de Tersites en que la tuya es fácilmente rompible, pues es un tanto frágil y no tiene un aspecto varonil.” (Luciano, Diálogos de muertos, 30 (25), Obras, Gredos, IV, p. 225).
Luciano termina diciendo: “ … cada una de las artes encontrará que todas tienen su vista puesta en la belleza y su consecución como algo importante.” (Caridemo, 25, Gredos, p. 383).
También la fealdad es pasajera. Termina con la muerte.
