En su ensayo Notes on Nationalism, Orwell afirmó que hace falta pertenecer a la intelectualidad para creer en posturas políticas tan estúpidas que ningún hombre común, por más ignorante que sea, se dejaría engañar por ellas. Orwell escribió esto para criticar la desconexión con la realidad que, a su juicio, mostraban muchos intelectuales de izquierda de su época, quienes defendían acríticamente ideas extremistas debido a sesgos ideológicos.
No pienso perder el tiempo definiendo qué es un académico ni un intelectual. Todos sabemos quiénes son. Quien se sienta aludido que saque sus propias conclusiones.
Fue sólo por razones de escrúpulos, si bien de los más elementales, por lo que descubrí que los intelectuales y académicos son las personas más ingenuas de todas. Sucedió cuando comencé mis estudios de posgrado. Antes de eso era yo uno más de aquellos ingenuos. De no haber sido por esa lastimosa necesidad de conservar los escrúpulos, me habría dejado infectar por ese ambiente tan contaminado. Al fin y al cabo, es más fácil ganarse apadrinamiento y prestigio dentro de la academia si uno opina igual que la mayoría.
En ningún otro lugar he visto jamás que se celebre con tanto fervor las figuras de dictadores como Fidel Castro, Muamar el Gadafi, Stalin o Pol Pot, ni tampoco he visto en ninguna otra parte más que en las universidades, específicamente por parte de profesores de humanidades, justificar los asesinatos, el robo y el pillaje por motivos ideológicos. Y no sólo eso, sino que a nadie se le ocurre hacer la menor observación por miedo a la descalificación y el acoso institucional.
Durante mis años de posgrado solía ver que, en las protestas estudiantiles, los seminarios y los mismos cursos de “literatura”, los profesores y alumnos disertaban en círculos, y sus conclusiones no estaban reñidas en absoluto con la propaganda de la delincuencia. Entretanto, sentado en uno de los asientos de esas aulas, yo pensaba: «¿qué pasaría si ahora se me ocurriera subir al púlpito y, con voz igualmente estentórea, dijera que Ernesto el Che Guevara fue un racista y asesino de homosexuales, o que la Revolución Cultural de Mao dejó dos millones de muertos?» ¡El jaleo que se armaría contra mí! No me cabía la menor duda. Y por motivos de supervivencia estudiantil me quedaba callado.
El genocidio de cristianos en Oriente Medio y África encuentra la indiferencia más árida en ellos. Por su parte, los crímenes del comunismo o las granujadas más cínicas de gobiernos socialistas llegan a encontrar excusas de chifladuras pasionales. Lo cierto es que los académicos juzgan las ideas a través de un prisma demasiado romántico. Su recalcitrancia y soberbia, cuando lo piensas pasados los años, resulta innegable. Y esa arrogancia merece cuestionarse.
No es que todos los intelectuales y académicos sean arrogantes, soberbios y con visiones sesgadas. Es que en su mayoría son así, y las pocas excepciones de entre ellos únicamente confirman la regla, puesto que aquellos que se atreven a cuestionar a la mayoría sufren escrache y ostracismo institucional.
A mi juicio, existen dos factores estructurales que favorecen esa actitud descarada y recalcitrante del académico. El primero tiene que ver con el área de conocimiento de las humanidades y ciencias sociales. Estas áreas, más que por demostración y verificación, operan mediante la interpretación. Y justo por esta razón se produce un espacio más amplio para que las opiniones personales se conviertan en dogmas. Mediante esto, muchos de ellos se asumen omnisapienciales y, sin muchas dificultades, acaban adoptando la mala costumbre de opinar de todo, incluso de lo que no conocen. No es ninguna bobería decir que muchos de estos intelectuales o académicos que se han ganado cierta autoridad por hablar de algún área del conocimiento, incurren en ser ellos mismos un ad verecundiam, puesto que asumen que, al tener la competencia de un dominio, eso también los convierte en especialistas de otro.
A todo esto, basta con echar un vistazo a los seminarios de los departamentos de literatura, en donde la mayoría de disertaciones, más que hablar de estética y literatura, opinan sobre economía, política, historia o cualquier otra cosa, dado que ellos sienten que dominan el lenguaje y la cultura y, por ello, sus ideas pueden ser universalmente aplicables a cualquier tema. En el fondo, esta actitud no sólo revela ignorancia, sino también deshonestidad y arrogancia. Además, cuando uno se sumerge en el sucio basurero del mundo intelectual, uno advierte que existe una estrecha colaboración entre el poder y la academia. No es ningún misterio que la burocracia cultural está en manos de intelectuales funcionales al poder que se solapan mutuamente por conveniencia.
El segundo factor que explica este rasgo de carácter en académicos e intelectuales es que ellos se asumen ilustrados. Es el mismo ambiente universitario el que fomenta que ellos se perciban diferenciados del resto de la sociedad. Pasan años rodeados de estudiantes, colegas junior y personas que los tratan como autoridades. Pero sobre todo es el hecho de que la información de la que disponen distorsiona la imagen que tienen de sí mismos. Basta con haber pisado alguna vez los departamentos de filosofía y letras para darse cuenta de que todos ahí adoran al mismo ídolo de la caverna.
Se trata, por lo demás, de un sesgo de confirmación que les hace creer que, por disponer de información, disponen también de conocimiento. Pese a la gran cantidad de lecturas y referencias culturales que tienen, los académicos e intelectuales no cuentan, en la mayoría de los casos, con conocimiento, porque el conocimiento auténtico se produce al someter a escrutinio y contraste la información que uno posee con el fin de clasificarla en verdadera y falsa. Y yo no conozco a alguien más intolerante a la pluralidad de ideas que un intelectual o un académico de humanidades. Son los primeros en indignarse y descalificar cualquier argumento que exponga sus peroratas.
Respecto a aquel sesgo de confirmación que mencioné, es el vicio que más evidencia la ingenuidad, pero a la vez la cobardía, de los intelectuales de izquierda y los académicos universitarios. Sé por experiencia que ellos, en su mayoría, utilizan la información y lecturas que disponen, no para cuestionar su propio marco ideológico, sino para defenderlo de cualquier crítica. Debería asombrarnos hasta qué punto es contagiosa la ideología que se propaga en las universidades, puesto que los estudiantes que entran en contacto con la academia muy pocas veces cuentan con información que les permita cuestionar y poder falsear las afirmaciones que les enseñan. Es por eso que las academias de humanidades y ciencias sociales se vuelven centros de adoctrinamiento tan efectivos. Y no exagero al decir adoctrinamiento, dado que la academia no opera a través del diálogo, sino de la imposición de ideas.
No es una cuestión de conocimiento, sino de dogmas. Sus propias lecturas, la misma información de la que disponen los académicos, no les permite aceptar ideas que no pertenezcan a sus preconcepciones ideológicas. Las referencias más numerosas de autores en las universidades es información que nunca se somete al contraste ni admite falsación, ya que solamente sirve para proteger el marco ideológico al que pertenece y descartar evidencia contraria. Es por eso que cualquier autor que llegue a simpatizar mínimamente con ideas del liberalismo clásico, lo interpretan como una desviación moral y lo descartan.
Las academias de humanidades y ciencias sociales mantienen un ambiente tan ideológicamente homogéneo que han perdido la capacidad de cuestionar sus propias ideas. Esta forma de descalificación y escarnio a las opiniones adversas por parte de intelectuales y académicos es una forma de confirmación mutua que sólo manifiesta que la información que poseen no busca el conocimiento. Más bien expone su arrogancia de creer que no necesitan escuchar otras ideas. Asumen que saben tanto, que son tan inteligentes y tan eruditos como para permitirse cambiar de opinión. Y esto, con justicia, revela su profunda ignorancia, porque sólo conocen información que les conviene, que se adapta a sus convicciones políticas. Es esta arrogancia la que los hace ser ignorantes. Pero también recalcitrantes.
Esta limitación de cuestionar sus propias ideas que se autoimponen los expone como las personas menos dispuestas a pensar por sí mismas. Bernard-Henri Lévy llegó a afirmar en su libro La barbarie con rostro humano que la certeza con la que los intelectuales socialistas pretenden rediseñar a la sociedad se debe a un exceso de optimismo que sólo se apoya en lo que él llama “un objeto que sólo debe su existencia al Golpe que lo profetiza”. ¡Ese es el espíritu de las academias! Si no fuera por ese espíritu optimista del intelectual de izquierda y el académico de humanidades, aún se podría razonar en las universidades sin patologizar moralmente las opiniones “reaccionarias”. Desde ese optimismo que les da su formación ven todo muy claro. Sin ese espíritu optimista, las peores atrocidades del comunismo soviético no tendrían una justificación tan apasionada, puesto que de ese exceso de certeza moral no hay posibilidad de error, así como tampoco duda.
Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán y mártir antinazi, argumentaba que la estupidez es un enemigo del bien mucho más peligroso que la maldad. Para él, la estupidez es la renuncia voluntaria a pensar por uno mismo, en donde no existen razones suficientes para producir un cambio. La estupidez, esa rectitud ideológica, no se cura con información ni con más formación. De hecho, más formación puede agravarla.
La observación de Bonhoeffer surgió de ver en carne propia cómo alemanes perfectamente cultos e instruidos se convirtieron en instrumentos del nazismo, no por ignorancia, sino por esa renuncia voluntaria al juicio propio. Y esa estupidez es contagiosa socialmente. No por nada el triunfo de Andrés Manuel López Obrador fue impulsado principalmente por las universidades y el sector intelectual del país. Ese fue el gremio que más votó por Morena. Si alguien lo recuerda, y seguramente no lo recuerda nadie, porque a México siempre le ha fallado la memoria, sobre todo cuando se trata de recordar lo malo, si alguien lo recuerda, repito, entre los intelectuales y académicos de México, figuras como Elena Poniatowska, Paco Ignacio Taibo II, John Ackerman, Pedro Salmerón, Viridiana Ríos y Enrique Dussel fueron los más feroces defensores del gobierno de López Obrador, a pesar de los innumerables escándalos y pésima gestión. Pero no me pondré a examinar aquí esos incontables casos de corrupción, destrucción institucional y pacto fáustico con el crimen. Son de todos conocidos ya, los han descrito y seguirán sucediendo. Me basta con reconocerlos aquí. Son lo común y corriente en los gobiernos de Morena. Representan ya una ley general. Sin embargo, los errores de López Obrador estaban bien protegidos. El gremio intelectual de México, desde las más prominentes figuras hasta los profesores de humanidades de la UNAM y la UAM, usó toda su formación académica, no para analizar, sino para blindar ideológicamente un gobierno que terminó con la peor calificación de corrupción en la historia del país.
Tan irónica es la paradoja que resulta triste, pues quienes más presumen de pensar críticamente fueron los más vulnerables a su retórica populista. Pero no nos debe extrañar. Es una constante en la historia intelectual de Occidente. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir defendieron el estalinismo y el maoísmo; Pablo Neruda y García Márquez fueron amigos y propagandistas de Fidel Castro; Michel Foucault celebró la revolución islámica, y Martin Heidegger se afilió al partido nazi. Pero, no nos confundamos. El líder político no es la causa eficiente, sino la confirmación de las convicciones de cada intelectual, porque ya tienen el marco moral instalado y sólo necesitan un significante que los legitime. Por ello, la arrogancia intelectual no inmuniza contra el populismo, sino que lo facilita. El gulag y el laogai no fueron un accidente de la teoría, sino el efecto obligado del marxismo. Cuando aparece un líder que habla ese mismo lenguaje, el intelectual proyecta sobre él sus propias fantasías políticas y desactiva el escepticismo que aplicaría en cualquier otro contexto. Es a lo que nosotros llamaríamos fe y Raymond Aron nombraría como el opio de los intelectuales.
Hayek señaló que los intelectuales tienden a valorar los sistemas donde las ideas y quienes las producen tienen un rol central en la organización social. El socialismo y el populismo prometen exactamente eso, es decir, una sociedad orientada por la razón planificadora, es decir, por ellos. Así, el triunfo de López Obrador en México no se explica por el hecho de que el gremio académico e intelectual haya sido engañado a pesar de su formación, sino en parte a causa de ella. ¿Y es posible ser un intelectual o académico y resistirse al engaño populista? Ojalá fuera sencillo, y no por falta de inteligencia, sino porque los que se resisten a esa seducción se ponen en riesgo. Sólo los que están dispuestos a ser impopulares dentro de su propio medio se atreven a valorar más la verdad que la rectitud ideológica. Ese fue el caso de Czeslaw Milosz, Camus, Simone Weil o Hannah Arendt, quienes pagaron el costo.
En teoría, la universidad debería ser el espacio donde más debería existir la apertura de ideas. En la práctica, como se mencionó, suele ser el más intolerante de los lugares. Pero una calamidad no es una perdición. Hay que superarla. ¿Acaso puede haber una salida? Pienso que la respuesta se dio en 1784, en el ensayo Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración? Ese “ten el valor de servirte de tu propia razón” es lo que fundamentalmente diferencia a un intelectual pusilánime de uno que no lo es. La Ilustración, para Kant, no era un conjunto de ideas, sino una actitud a no delegar el juicio en tutores, instituciones o, añadiría hoy, paradigmas académicos o ideologías dominantes.
En general, ¿cuál es el auténtico problema del intelectual y el académico? Kant señalaba que las causas principales de delegar el juicio a terceros se debían a la pereza y a la cobardía. Pereza porque es más cómodo que la rectitud del marco de una ideología piense por ti. Criticar las propias ideas requiere un esfuerzo virtuoso. Cobardía porque atacar los dogmas más intocables de la posmodernidad política puede acarrear consecuencias graves. No lo discuto; tal vez hasta en la más ideologizada élite ilustrada exista un momento en donde el poder corrompa tanto al caudillo que eso les exija cierto esfuerzo de voluntad. Pero para enfrentarse al poder hace falta coraje y arrojo. Me parece que en semejante estado se requiere dejar de ser un pusilánime. Pero, probablemente, eso depende del individuo y de sus circunstancias.
El autor es crítico literario y escritor. Es autor de Catábasis. Narraciones de horror y abyección (Par Tres Editores 2022) y Relatos de amor miasmático (Par Tres Editores 2023). Actualmente cursa un posgrado en Victoria University of Wellington, en Nueva Zelanda.
