La señora Sheinbaum alcanzó gracia ante los ojos de AMLO, sobre todo y más que por otra, por la simple razón de tener las mismas fobias que él. Las fobias de él son fingidas y atribuibles a cuestiones personalísimas y de oportunismo político: conquistar simpatías, ganar votos y distraer a los electores. Las de la presidenta, en tiempo pasado, eran sinceras e inherentes a la ideología con la que navegó durante su juventud y en su edad madura. Al parecer, en otros tiempos, fueron auténticas: Ahora, por más que no lo quiera reconocer, en el mejor de los casos, han pasado a un segundo plano y, en el peor, hasta olvidadas. Ella, que en otros tiempos fue idealista, por los golpes que dio la vida, se volvió pragmática y hasta olvidadiza de sus compromisos ideológicos de antaño.

A AMLO, su aparente radicalismo es selectivo y, al parecer, sin sentido: siendo nieto de un español, tiene fobia a lo hispano; odia a los capitalistas, sin dejar de reconocer que se apoyó en algunos de ellos para llegar a las posiciones que ocupó; no puede ver a los priistas, a pesar de que su formación política, relaciones políticas y gente cercana las debe a ellos; le incomodan los imperios, sin dejar de reconocer que convivió con los dirigentes de ellos y que añora al Trump del pasado, por menos agresivo; censuró a los conservadores, siendo que su pensamiento político y acción más tiene que ver con ellos, que con los de su supuesta especie; odia a Felipe Calderón, pero lo tomó como anti modelo, lo hizo al pretender realizar exactamente lo opuesto a la política seguida por él. También se imita haciendo lo contrario del modelo. Al ejército, del que en un momento desconfió y hasta prometió regresarlo a sus cuarteles, con el tiempo, llegó a convertirlo en el mayor empresario, agente aduanal, constructor y administrador de aeropuertos; detestaba al estado mayor: lo desapareció; la seguridad que, con cargo al presupuesto federal se brindaba a los expresidentes, por ser un privilegio inaceptable, la eliminó; ahora, como ex mandatario, goza de seguridad castrense en su finca donde supuestamente se haya retirado.

Las fobias de la presidenta, que en ella comienzan a ser cosas del pasado, se debieron a su ideología socialista. En su momento, al parecer, fueron sinceras. Más rápido que inmediatamente las olvidó. Odiaba al imperio norteamericano, pero tuvo parte de su formación profesional en una universidad imperialista; aprendió inglés, lengua imperialista y no náhuatl, otomí o zapoteco, lenguas de explotados y expoliados; no podía ver a los capitalistas, para llegar a convertirse en una promotora de la inversión; se mostraba partidaria de Nicolás Maduro, hasta que fue secuestrado y encarcelado, en este caso su rechazo a la acción, fue leve y pasajera; es partidaria de la política de no intervención, salvo que se trate de cuestiones que pongan en peligro a presidentes que son de su ideología. Era de la opinión de que las autoridades españolas se disculparan por los crímenes, saqueos y excesos cometidos durante la conquista, pero se le olvida que la independencia de nuestro país se hizo, entre otros, bajo el grito de combate: Fuego y adentro: mueran los gachupines. Si no lo sabe nuestra presidenta a quienes los insurgentes debían matar eran españoles.

Todas las naciones en alguna parte de su historia han sido objeto de agresiones y también han agredido; han sido expoliadas y han expoliado. Exigir disculpas en nada enriquece o engrandece a quien las recibe; todo sigue igual. Recordar agresiones pasada es un buen distractor en momentos de crisis. AMLO, cuando las exigió, las utilizó como un pretexto para distraer la atención de una ciudadanía que comenzaba a exigirle resultados y cuentas.

Las disculpas me recuerdan la fábula El lobo y el cordero, de Esopo (Fábulas de Esopo, Gredos, fábula 155, p. 110): en ella se refiere que un lobo, queriendo devorar al cordero, no lo quiso hacer sin alegar un buen pretexto. Exigir disculpas es una buena excusa para discriminar, atacar ciertos intereses o, simplemente, para distraer o dar un tema de que hablar.

La señora Sheinbaum, así como odia, es odiada. Los apodos con los que se alude a ella son muchos y hasta groseros. Bien sabe que es repudiada; teme, sobre todo, a las clases media y alta. Ella, igual que AMLO, se siente a relativamente gusto con los campesinos y con los ciudadanos que, por su ignorancia o precariedad económica, son susceptibles de ser manipulados mediante dádivas y favores. Aún en estos sectores ella, sus asesores y la opinión pública, comienzan a percibir muestras de descontento y hasta de rechazo.

Morena alcanzó su máximo votación e, indirectamente, obtuvo un testimonio de aceptación, en la elección de 2024. A partir de julio de ese año, todo para ese movimiento es bajada: menos votos, popularidad y victorias electorales en los comicios.

La presidenta de la República y Morena saben que las encuestas en las que ella aparece con un índice de aceptación alto son “cuchareadas”. AMLO y la presidenta Sheinbaum han recibido dosis alarmantes de realidad; el primero ha dicho que prefiere al Trump de antes que al de ahora. La presidenta ha tenido que reconocer que el rey de España Felipe VI, en lo físico y en lo político, es mucho más grande de lo que parecía a distancia. En su paso por Palacio Nacional no hablaron de disculpas, por la conquista ni de gracias por el asilo a los refugiados españoles de la guerra civil. Todo eso es parte de la historia, es decir: es tiempo pasado y ahí está bien. Doña Claudia, durante la visita real, al parecer no recordó sus fobias anti peninsulares.

Nuestra presidenta es desmemoriada, cuando menos para lo que le conviene: ya se olvidó de Maduro, del genocidio en Líbano, de la invasión a Irán y de los crímenes de la conquista. Qué bueno. Es muy difícil y hasta peligroso transitar por el Mundo rumiando odios y fobias.