O, al menos, nada que sea realmente tuyo. Aunque en la pantalla aparezca el tranquilizador botón de “Comprar”, lo que estás adquiriendo es una especie de “permiso de alquiler” indefinido que las grandes corporaciones pueden revocar cuando se les pegue la gana.
Parece una distopía, pero ya es una realidad que ha dejado a miles con los brazos cruzados. El caso de StudioCanal y Sony es el ejemplo perfecto de este fantasma digital: tras finalizar sus convenios, los usuarios que habían pagado por películas en sus consolas PlayStation vieron cómo sus bibliotecas se esfumaban de la noche a la mañana. Compraron, pagaron, pero al final se quedaron con las manos vacías.
Y no pasa solo con el cine. Imagina que entras a tu biblioteca digital y el libro que estabas leyendo a la mitad desapareció porque la editorial cambió de opinión, o que tu canción favorita de Spotify ya no está disponible por un pleito de derechos de autor. Vivimos en la era de los “bienes efímeros”. Pasamos de poseer objetos concretos —ese disco de vinilo o el libro con olor a papel que guardabas en el estante— a depender de servidores remotos que pueden apagarse con un solo clic de un abogado.
La cultura se volvió etérea. Hoy, el verdadero lujo no es tener acceso a millones de archivos en la nube, sino poseer el formato físico. La próxima vez que le des clic a “comprar” en tu plataforma favorita, recuerda que solo estás pagando por un boleto de entrada a un espectáculo que puede cerrar sus puertas en cualquier momento sin derecho a devolución.

