Hay voces que nacen para llenar un teatro. Otras, mucho más extraordinarias, nacen para permanecer en la memoria de una nación. La de Ángela Peralta pertenece a estas últimas. Cada 30 de agosto, cuando recordamos el aniversario de su fallecimiento, México tiene la oportunidad de volver la mirada hacia una de las artistas más brillantes que ha dado su historia. Una mujer que, con la sola fuerza de su talento, conquistó los escenarios más prestigiosos del siglo XIX y logró que el mundo pronunciara con admiración el nombre de nuestro país.
No fue solamente una gran cantante de ópera. Fue un símbolo del genio mexicano cuando aún era difícil imaginar que una joven nacida en una nación recién independizada, pudiera competir con las grandes divas europeas.
Ángela Peralta nació en la Ciudad de México el 6 de julio de 1845. Desde muy pequeña mostró una sensibilidad musical extraordinaria. Su voz poseía una pureza poco común y una extensión que asombraba a quienes la escuchaban. Aquellas cualidades fueron cultivadas con disciplina, estudio y una voluntad inquebrantable que pronto la llevaron a presentarse en el Gran Teatro Nacional cuando apenas era una adolescente.
El verdadero milagro artístico ocurrió muy pronto. Con apenas quince años emprendió el viaje hacia Europa, el continente donde nacían las grandes leyendas de la ópera. En una época en que las distancias parecían infinitas y las oportunidades para una mujer latinoamericana eran escasas, Ángela logró lo que parecía imposible. Triunfar en los escenarios de Italia.
Su presentación en el Teatro La Scala de Milán en Lucia di Lammermoor de Donizetti, fue un acontecimiento extraordinario. La crítica italiana, tan exigente como generosa con el talento auténtico, quedó cautivada por aquella joven mexicana cuya voz parecía reunir la delicadeza del bel canto, con una fuerza interpretativa poco frecuente.
Fue entonces cuando comenzó a ser conocida como El Ruiseñor Mexicano, un sobrenombre que no sólo describía la belleza cristalina de su voz, sino la capacidad de emocionar profundamente a quienes tenían el privilegio de escucharla.
A partir de entonces, su carrera adquirió dimensiones internacionales. Cantó en los principales teatros de Italia, España, Portugal y otros países europeos, interpretando las grandes obras de Bellini, Donizetti, Rossini y Verdi. Cada función confirmaba que aquella artista proveniente de México podía ocupar, por méritos propios, un lugar entre las más importantes sopranos de su tiempo.
Pero detrás de la celebridad existía una mujer de extraordinaria sensibilidad. Quienes la conocieron describieron a una persona generosa, cercana a sus compañeros de escena, apasionada por el estudio y profundamente comprometida con su profesión. Su éxito nunca disminuyó la disciplina con la que preparaba cada personaje, ni el respeto que sentía por la música. Ángela entendía que el verdadero artista no sólo canta con la voz, sino también con el corazón.
Después de sus triunfos europeos decidió regresar a México atendiendo a la invitación del Emperador Maximiliano I. Lo hizo impulsada por el deseo de compartir con su pueblo aquello que había conquistado en los escenarios internacionales. Cada presentación era recibida con entusiasmo por un público orgulloso de ver que una compatriota había logrado conquistar las capitales culturales del mundo.
Su presencia elevó notablemente la vida artística nacional. Inspiró a nuevas generaciones de músicos y demostró que el talento mexicano podía dialogar de igual a igual con las expresiones culturales más refinadas de cualquier nación.
Sin embargo, el destino suele ser implacable con quienes parecen destinados a la eternidad. En 1883, mientras realizaba una gira artística por el noroeste del país, llegó a Mazatlán. La ciudad enfrentaba una epidemia de fiebre amarilla que terminó por alcanzarla. La enfermedad apagó su vida el 30 de agosto de ese mismo año, cuando apenas tenía treinta y ocho años.
Su muerte causó una profunda consternación. México perdió a una de sus voces más luminosas precisamente cuando aún tenía mucho por ofrecer al arte universal. Parecía que el silencio había vencido al canto. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Las grandes voces no desaparecen; se transforman en memoria. Ángela Peralta sigue cantando cada vez que una joven estudiante de música descubre que una mexicana abrió hace más de siglo y medio las puertas de los grandes teatros europeos. Sigue cantando en cada soprano que comprende que la excelencia sólo se alcanza mediante el estudio constante y la disciplina. Sigue cantando en cada mexicano que encuentra en la cultura una de las expresiones más nobles de la identidad nacional.
Su legado trascendió la música. Representa la perseverancia frente a la adversidad, la confianza en el talento propio y la certeza de que el arte posee la extraordinaria capacidad de unir a los pueblos más allá de las fronteras, de las lenguas y del paso de los siglos.
Recordar hoy a Ángela Peralta es reconocer que las naciones también construyen su grandeza a través de sus artistas. Ellos son quienes revelan al mundo el rostro más sensible de una nación. Quienes convierten la belleza en patrimonio colectivo y quienes nos enseñan que la cultura es una forma silenciosa, pero profundamente poderosa de amar a la patria.
Quizá por eso la denominación de El Ruiseñor Mexicano nunca ha dejado de pertenecerle. Porque los ruiseñores auténticos no dejan de cantar cuando termina la primavera. Su canto permanece suspendido en el tiempo, recordándonos que existen voces cuya verdadera patria no es un escenario, sino el corazón agradecido de quienes nunca las olvidan.
Y quizá sea ésta la verdadera victoria de las grandes artistas. Comprender que la muerte sólo alcanza al cuerpo, pero nunca a la obra.
Hace casi siglo y medio que Ángela Peralta dejó de recorrer los escenarios de México y del mundo. Sin embargo, su voz continúa resonando allí donde un teatro abre su telón; donde una joven cantante descubre que el talento no conoce fronteras; donde un mexicano comprende que nuestra historia también ha sido escrita con notas musicales, con sensibilidad y con belleza.
Ella demostró que el arte puede ser una forma de patriotismo. Que también se honra a la nación cuando se lleva su nombre con dignidad por el mundo; cuando el estudio vence a la adversidad; cuando el aplauso se conquista con disciplina; cuando la excelencia se convierte en el lenguaje universal de un pueblo.
Ángela Peralta no sólo fue una de las voces más extraordinarias de su tiempo. Fue la voz de México que comenzaba a mostrarse al mundo con orgullo, inteligencia y cultura. Cada ovación que recibió en los grandes teatros de Europa fue, en realidad, un reconocimiento al espíritu de una nación joven que encontraba en ella a una de sus más nobles embajadoras.
Por eso, al recordar un nuevo aniversario de su partida, no evocamos únicamente a una soprano excepcional. Recodamos a una mujer cuya vida fue ejemplo de perseverancia, sensibilidad y grandeza. Una artista que entendió que el verdadero éxito no consiste en alcanzar la fama, sino en dejar una huella profunda en el corazón de los demás.
Hay quienes dicen que los ruiseñores anuncian el amanecer con su canto. Quizá por eso el pueblo de México nunca dejó de identificarla con esa bella ave. Porque, aun después de que el telón cayó por última vez, su voz siguió anunciando algo más profundo que una melodía: la certeza de que la belleza, cuando nace del talento, del trabajo y del amor a la patria, jamás se extingue.
Mientras exista un escenario donde la música conmueva el alma, mientras una voz mexicana se eleve para emocionar al mundo, mientras nuestro país siga encontrando en la cultura una razón para sentirse orgulloso de sí mismo, Ángela Peralta seguirá cantando.
No desde un teatro de mármol, ni bajo la luz de los candiles del siglo XIX, sino desde ese escenario infinito donde sólo permanecen los artistas que vencieron al tiempo y alcanzaron la inmortalidad.
La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
@margaritablunar
