Si alguien dudaba del mecanismo de control comunicacional que Morena ha desplegado en los últimos años, la conferencia mañanera del pasado 30 de julio ofreció una cátedra en vivo que no necesita intérpretes. Claudia Sheinbaum, desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, puso en práctica las dos patas de la estrategia morenista: la censura encubierta y la cortina de humo.

El momento más revelador de toda la conferencia llegó cuando la presidente celebró con entusiasmo la resolución del INE que prohíbe al dirigente del PRI, Alejandro “Alito” Moreno, referirse a Morena como “narco partido”. “¡Qué bueno!”, exclamó con una sonrisa, señalando que el Instituto cumple con su función de “cerciorarse de que los partidos políticos utilicen argumentos correctos para el debate”.

La contradicción es tan monumental que casi duele: el mismo partido que pasó años enteros fustigando al INE como un órgano costoso, clasista y al servicio de la “mafia del poder”, ahora lo aplaude como garante de la “verdad” en el debate político. La lógica es impecable en su cinismo: el árbitro electoral, que antes era el enemigo público número uno, se convierte en aliado estratégico cuando decide callar a la oposición. Sheinbaum fue incluso más lejos al sostener que el INE tiene “la responsabilidad de que la disputa política sea con verdades y que no se utilicen noticias falsas”. Pero la pregunta incómoda que queda flotando es la misma que ha acompañado a esta administración desde su origen: ¿quién define qué es verdad? ¿Quién decide qué argumentos tienen “fondo” y cuáles no? Porque cuando una institución del Estado se convierte en el filtro de lo que puede decirse en el debate político, la democracia deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en un monólogo con permiso.

Y hablando de permisos, la presidente también dedicó un buen tramo de su conferencia a defender los polémicos Lineamientos para establecer los Derechos de las Audiencias, esa reforma que la oposición ha calificado como el intento más grave y directo de censurar contenidos en el México contemporáneo. Su respuesta fue tajante y sin matices: “Nunca ha habido más libertad de expresión que ahora, lo puedo asegurar”. Para sustentar su afirmación, recurrió a un argumento que ya se ha vuelto lugar común en el discurso oficial: “Hay una televisora que dedica sus 24 horas a hablar mal del gobierno, hay radiodifusoras donde sus conductores hablan mal del gobierno. ¿Cuándo hemos buscado su censura?”. Sin embargo, esta retórica choca con la realidad: la salida forzada de comunicadores críticos como Azucena Uresti y Carlos Alazraki de sus espacios, el atentado contra Ciro Gómez Leyva y el asesinato de decenas de periodistas que han cuestionado a los gobiernos de Morena. Estas acciones demuestran que la censura no siempre es explícita, sino que opera mediante la intimidación y la violencia, creando un clima de autocensura.

Pero si hay un momento que sintetiza a la perfección la estrategia de distracción morenista, fue la respuesta de Sheinbaum ante la pregunta sobre el conflicto en Baja California, donde la gobernadora morenista enfrenta la filtración de audios comprometedores que la vinculan con decisiones incómodas. La presidente optó por el deslinde más frío y calculado que pudo encontrar: “no le corresponde a la Mañanera”, dijo, argumentando que esos temas “tienen que resolverse entre Morena y el PT”. Y ahí está el gesto revelador que dice mucho más que cualquier discurso. La mañanera, que se presenta como el espacio donde “se informa de manera directa al pueblo” y donde hay “preguntas y respuestas” sin filtros, resulta que tiene límites muy claros y definidos cuando el escándalo salpica a los suyos.

Y como toda buena cortina de humo morenista que se respete, no podía faltar el recurso de la “injerencia extranjera”, ese comodín que siempre sacan de la baraja cuando la presión internacional aprieta. Sheinbaum aprovechó la mañanera para responder a las críticas de funcionarios republicanos estadounidenses, acusándolos de usar a México como “piñata” en su campaña electoral. “México no es piñata de nadie, entonces que no usen a México para su campaña”, sentenció con tono de indignación patriótica que busca movilizar el orgullo nacional. El tema se desplaza de los problemas internos a la defensa de la soberanía, y la conversación pública se desvía hacia el “ellos contra nosotros”. Mientras tanto, los asuntos que realmente preocupan a la ciudadanía —la inseguridad que no cede, la economía que no termina de despegar, el sistema de salud que sigue hecho trizas— quedan relegados a un segundo plano.

La mañanera del 30 de julio fue la puesta en escena de un mecanismo que Morena ha perfeccionado hasta convertirlo en rutina diaria: por un lado, la celebración de la censura disfrazada de “verdad” y “regulación”, y por el otro, la distracción cuidadosamente orquestada para que los reflectores no apunten hacia donde realmente deberían. Sheinbaum lo resumió con una frase que, sin querer, delata toda la filosofía de su administración: “Quien no quiera ver la mañanera, que no la vea”. La declaración es una confesión involuntaria: el gobierno no está interesado en construir puentes con quienes piensan distinto, ni en someterse al escrutinio de una prensa independiente. Su apuesta es por un público cautivo, que consuma la versión oficial y no pregunte más allá.

Al final del día, lo que la mañanera del 30 de julio dejó claro es que el gobierno de Morena ha convertido el control del discurso y el arte de la distracción en una política de Estado.

La lección es tajante: cuando un gobierno gasta más energía en controlar el discurso que en resolver los problemas, lo que revela no es fortaleza, sino miedo profundo a la verdad. Y la verdad no desaparece porque se ordene borrar una publicación o porque se desvíe la atención. Solo se oculta temporalmente, a la espera de quienes tengan el valor de seguir buscándola.