Hay victorias que se escriben con medallas. Otras, mucho más profundas, se escriben con dignidad. El pasado mes de mayo, el mundo volvió la mirada hacia un escenario que parecía reservado únicamente para los grandes especialistas del atletismo internacional, el legendario Maratón de la Gran Muralla China, una de las competencias más exigentes del planeta. Sus interminables escalones, sus pronunciadas pendientes y sus kilómetros de ascenso ponen a prueba no sólo la fortaleza física, sino la voluntad de quienes se atreven a desafiarla. Fue precisamente allí, al otro lado del mundo, donde cinco mexicanos provenientes de nuestros pueblos originarios hicieron historia.
Tres corredores rarámuri de la Sierra Tarahumara, Antonio Ramírez Hernández, Sabina Martínez, José Mario Ramírez, junto con las atletas mixtecas Miriam Morales Hernández y Balbina Morales Santiago, conquistaron el podio con una actuación extraordinaria. Dos primeros lugares, dos segundos y un tercer lugar, dejaron muy en alto el nombre de México.
En la prueba de maratón de 42 kilómetros: Antonio Ramírez, no sólo obtuvo el primer sitio, medalla de oro, sino que además estableció récord del circuito; y, Sabina Martínez ganó la medalla de bronce, en femenil de esta categoría. En la media maratón de 21 kilómetros: Miriam Morales conquistó la presea de oro en el femenil, con récord de casi 6 minutos de ventaja en comparación con el récord anterior; José Mario alcanzó la medalla de plata en la varonil y, Balbina Morales, en la femenil logró, también, la medalla de plata.
Más allá de las cifras y los cronómetros, la verdadera dimensión de esta hazaña se encuentra en la historia de quienes la protagonizaron.
Los rarámuris, “los de pies ligeros”, pertenecen a una cultura que ha hecho del correr, una forma de vida. En las montañas abruptas de la Sierra Tarahumara en donde no existen caminos fáciles. La geografía ha enseñado, generación tras generación, qué para ir a la escuela, visitar a la familia, cuidar el ganado, trasladarse entre comunidades o conseguir el sustento cotidiano, muchas veces hay que recorrer largas distancias a pie.
No es casual que el pueblo rarámuri se le conozca como “los de los pies ligeros”. Desde tiempos ancestrales, correr forma parte de su identidad cultural. Sus tradicionales carreras de “rarajípari”, en las que los hombres recorren enormes distancias impulsando con el pie una pequeña bola de madera, y las “ariweta”, protagonizada por las mujeres haciendo avanzar un aro con una vara, no son simples competencias deportivas. Constituyen auténticos rituales comunitarios en los que la resistencia física, la solidaridad y el respeto por la naturaleza se funden en una misma expresión cultural.
En ellas no sólo se aprende a correr, se aprende a convivir, a perseverar y a comprender que la fuerza individual sólo alcanza su verdadera dimensión cuando se pone al servicio de la comunidad. Para los rarámuris, correr nunca ha significado únicamente llegar primero, significa mantenerse en armonía con la tierra, con los demás y consigo mismos.
Donde otros entrenan durante meses en modernas pistas de atletismo, ellos han aprendido desde la infancia a dialogar con la montaña. Cada sendero empinado ha fortalecido sus piernas. Cada barranca ha educado sus pulmones. Cada jornada ha templado un carácter que entiende el esfuerzo como parte natural de la existencia.
Por eso, cuando los vemos correr, comprendemos que no únicamente participan en una competencia deportiva, están prolongando una tradición milenaria que forma parte de su identidad cultural. Su resistencia no nació en un gimnasio, nació en una Sierra. Su disciplina no fue aprendida en manuales deportivos, fue heredada por sus padres, sus abuelos y toda una comunidad que ha hecho del movimiento una manera de entender la vida.
Pero esta historia de grandeza también pertenece a la nación mixteca, uno de los pueblos originarios más antiguos y culturalmente más ricos de México. Las montañas de Oaxaca moldearon igualmente el carácter de Miriam Morales Hernández y Balbina Morales Santiago. Allí, entre senderos escarpados, veredas y caminos rurales, aprendieron desde niñas que la montaña nunca concede ventajas. Exige constancia, disciplina y fortaleza. Cada ascenso fortalece el cuerpo, cada descenso enseña equilibro, cada jornada alimenta el espíritu.
Miriam, de apenas veinte años, encontró en el atletismo un camino para transformar el dolor en esperanza. Tras la pérdida de su padre durante la pandemia, volvió a correr por las montañas donde él le había enseñado a amar a la naturaleza. Ella misma ha dicho que correr “le curaba la vida”. Aquellas palabras explican mucho mejor que cualquier estadística la profundidad de su victoria. En la Gran Muralla no solamente ganó una competencia, conquistó una nueva forma de honrar la memoria de quien le enseñó a dar sus primeros pasos entre las laderas de la Mixteca. Su triunfo, además de imponer récord en la prueba de medio maratón se convirtió en un mensaje de esperanza para miles de jóvenes mexicanos.
A su lado Balbina Morales Santiago, de treinta y dos años, cruzó la meta para completar un histórico uno-dos para México. Era la primera ocasión que salía de nuestro país y lo hizo para demostrar que el talento también florece lejos de las grandes ciudades, allí donde la perseverancia suele vencer a la adversidad. Ella misma reconoció que la parte más difícil del recorrido no fueron las escaleras de la Muralla, sino el largo trayecto sobre el asfalto, tan distinto a los caminos de tierra y montaña donde acostumbra a entrenar.
Quizá por ello sus triunfos producen una admiración distinta. No representan únicamente la victoria de cinco atletas excepcionales. Representan la victoria de una cultura que ha sabido conservar sus raíces y presentarla al mundo moderno con orgullo y dignidad.
También resulta inspirador advertir que varios de estos atletas han buscado combinar su desarrollo deportivo con su preparación personal y el compromiso con sus comunidades. Son mujeres y hombres que no han olvidado sus orígenes y que entienden que cada carrera representa también una forma de preservar y difundir la riqueza de sus pueblos originarios.
En una época en la que con frecuencia las noticias parecen insistir en nuestras diferencias, ellos nos recodaron algo mucho más poderoso: que México posee una riqueza humana capaz de asombrar al mundo cuando encuentra espacios para florecer.
Los rarámuris y las mixtecas no conquistaron la Gran Muralla únicamente con la velocidad de sus piernas. La conquistaron con la serenidad de quienes saben escuchar a la naturaleza; con la humildad de quienes entiende que el éxito nunca es individual, sino comunitario; con la fortaleza de dos comunidades que han aprendido a convertir las dificultades del terreno, en escuela permanente de resistencia.
Mientras miles de personas contemplaban la inmensidad de aquella muralla levantada hace siglos para resistir el paso del tiempo, cinco mexicanos demostraban que existe una fortaleza aún más grande, la que habita en el espíritu humano cuando camina acompañado por sus raíces.
La historia recordará que México ganó una competencia internacional, pero nosotros deberíamos recordar algo todavía más importante. Que en las montañas de Chihuahua y Oaxaca siguen creciendo mujeres y hombres cuya grandeza no depende de reflectores, de contratos ni de reconocimiento mediático. Su mayor patrimonio es una cultura que les enseñó que cada paso tiene un propósito, que cada sendero exige perseverancia y que ninguna cima se alcanza sin humildad.
Los rarámuris y los mixtecos llevaron hasta la Gran Muralla China mucho más que una bandera mexicana, llevaron la memoria de sus ancestros, la riqueza de nuestros pueblos originarios y la dignidad de una nación plural, cuya mayor fortaleza sigue siendo su gente.
Mientras el mundo admiraba una de las obras más monumentales construidas por el ser humano, México demostraba que sus monumentos más valiosos están hechos de personas. Personas qué desde la sencillez de sus comunidades, enseñan que el verdadero triunfo nace del esfuerzo cotidiano, del amor por la tierra y de la fidelidad a las propias raíces.
Ellos no sólo conquistaron la Gran Muralla. También derribaron otro muro, el prejuicio de que la grandeza depende de los recursos materiales. Convirtieron el orgullo indígena en orgullo nacional y recordaron a todos los mexicanos que nuestras raíces, indígena o española, cuando se cultivan con dignidad, tienen la fuerza suficiente para llegar la cima del mundo.
La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
@margaritablunar
