Mientras la simulación y la demagogia sean la premisa fundamental del régimen, nada concreto y positivo podemos esperar los mexicanos, sino más problemas que desembocarán en una descomposición social más difícil de revertir de aquí al final del sexenio. La tónica en la autodenominada Cuarta Transformación ha sido el engaño, la mentira, la falta de respeto no sólo al pueblo sino a la palabra empeñada en cada discurso. Lo constatamos cuando se dice que “casa por casa” se hará tal o cual cosa, pero una vez que pasa el impacto del discurso se olvida la promesa incumplida. El paradigma fue la frase surgida durante la campaña de López Obrador por la Presidencia: “casa por casa pediremos el voto a los ciudadanos”; de ahí en adelante, ya como gobierno, todo giró en torno a dichas palabras.
La presidenta Sheinbaum sale ahora con la amenaza de que “casa por casa vamos a buscar a los jóvenes para que estudien”. Aunque tal estrategia se haya referido al caso de Morelos, implícitamente se hace extensiva al país. En Cuautla, donde entregó 128 viviendas del Infonavit y 207 escrituras como parte del programa Viviendas para el Bienestar, se comprometió a fortalecer la educación con la construcción de 10 nuevos planteles del Bachillerato Nacional “Margarita Maza”; más empleo con el programa “Jóvenes Construyendo el Futuro”, y la seguridad con mayor presencia de la Guardia Nacional.
En el discurso todo suena muy bonito, muy esperanzador, pero ya pasaron seis años de un proyecto “milenario” y el pueblo sigue esperando un cambio que defina un rumbo más promisorio para una nación en plena decadencia, como lo testimonia la realidad. Qué más quisiera el ciudadano común que hubiera indicios, por mínimos que fueran, de una transformación digna de encomio. Los hechos demuestran lo contrario: caminamos hacia la desembocadura de un rio de sangre que amenaza arrasar todo a su paso, conforme a las evidencias. Esto no obstante al fortalecimiento, como nunca en la historia del país, de las Fuerzas Armadas, de la Guardia Nacional, del aparato burocrático al servicio del sistema, incomprensible al estarse desmantelando las instituciones que son un contrapeso democrático.
Como en el sexenio pasado, la danza de los miles de millones de pesos en inversiones en “beneficio del pueblo” sigue su curso con soplidos discursivos. La mandataria, en su conferencia “del pueblo” (hágame el favor), prometió un sistema de salud como debiera ser, o sea que permita satisfacer los requerimientos de salud de una población que carece de lo indispensable, conforme a la realidad que logra abrirse paso entre la avalancha de propaganda multimillonaria.
Dijo que se cuenta con un monto de 181 mil millones de pesos para contar con 2 mil 637 camas hospitalarias al final del sexenio, distribuidas en 50 hospitales nuevos, 50 más que se van a ampliar, y otros 50 que requieren ser modernizados integralmente. Al menos no prometió que, gracias a este programa, “habremos de superar a Dinamarca en materia de salud”, como decía con mucho desenfado López Obrador. También este programa se llevará a cabo “Casa por Casa”, para que todos los mexicanos tengamos satisfechas nuestras demandas en materia de “atención oportuna y digna” de todo tipo de enfermedades. Pero de antemano cabe la duda de que se llegue a realizar.
Cabe preguntarse por qué ese afán de prometer lo que no se tiene ni voluntad ni capacidad de cumplir. La respuesta es muy simple, conforme al dicho popular: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. El régimen, tal como lo vimos en el sexenio anterior, no tiene intención de impulsar el progreso de la sociedad, sino todo lo contrario con el fin de contar con una masa sumisa, acrítica, que lo apoye incondicionalmente. Se le tiene hipnotizada con demagogia que a los oídos de un pueblo despolitizado y deseoso de ser tomado en cuenta, asume como propias las promesas de cambio que anhela con todo su ser.
Ese pueblo, prácticamente analfabeta funcional, no tiene acceso a ninguno de los beneficios que podría traer una labor gubernamental realizada conforme a normas elementales de una administración pública sin fines de enriquecimiento ilícito de la nueva clase política. De ahí también viene la idea que López Obrador destacó como paradigma de su gobierno: “el Humanismo Mexicano”: Nada más ajeno a un sentido humanista de la vida que los hechos del obradorato como gobierno: la deshumanización más terrible, que contrasta, paradójicamente, con los hechos que puso en marcha la Revolución Mexicana una vez en el gobierno.
Nunca como en los años que van de 1920 a 1924 se hizo tanto con tan poco en materia educativa y de servicios básicos de salud. Sin embargo, el régimen de Álvaro Obregón nunca derrochó un peso para presumir lo que se estaba haciendo, la ciudadanía lo estaba sintiendo en su nivel y en sus nuevas formas de vida. Tampoco fue necesario dar testimonios en el exterior de tan extraordinarias realizaciones, pues eran motivo de asombro por sí mismas. De ahí que no se requieran capacidades adivinatorias para saber que, así como vamos, el final de la Cuarta Transformación está muy cerca: sus dirigentes lo están propiciando con su voracidad, falta de congruencia y de escrúpulos. Lo único que sería deseable, es que, de esta hecatombe, surja una oposición digna de tal nombre.
