En mi lejana infancia, en mi caluroso pueblo natal, solía escuchar a gente mayor en sus cotidianas tertulias que decían que “no a todos les queda el puro, nomás a los hocicones”, refiriéndose a dos o tres coterráneos que presumían de un estatus imaginario. Hace pocos días recordé el adagio de marras cuando el presidente-dictador de la flamante República de Nicaragua desde el año 2007, José Daniel Ortega Saavedra (originario de La Liberad (faltaba menos), 11 de noviembre de 1945), inflamado por la fiesta del 47° aniversario de la celebérrima Revolución Popular Sandinista, el 19 de julio en medio de una ceremonia teñida de uniformes militares, típica de gobiernos populistas, se aventuró con la siguiente bravuconada. “Que se olviden. Aquí no volverá a haber elecciones para que por ahí intenten ellos (la oposición) atrapar el gobierno, atrapar el poder”. Está dicho, el pez por la boca muere. Sin pensarlo, más bien, sin meditarlo, Ortega solito se puso la soga al cuello. Con excepción de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, “que solo ve lo que quiere ver, y calla lo que le conviene”, el resto del mundo, hasta el somnoliento magnate, Donald John Trump, afirma que “sin elecciones, no hay democracia”. Lo que recuerda las palabras de George Orwell (né Eric Arthur Blair) en su fábula política Rebelión en la granja: “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.
Pocas horas después de que el ex guerrillero sandinista leyera su absurda propuesta (“aquí no volverá a haber elecciones”), la esposa y “copresidenta” de Ortega, Rosario María Murillo Zambrana (75 años), la culta dama nicaragüense que gusta adornarse con toda clase de baratijas y solo le falta ponerse al cuello la mano del metate, edulcoró el anuncio de su obediente marido ante la rápida reacción internacional y manifestó: “Elecciones sí, pero elecciones propias”, en su acostumbrada alocución del miércoles 22 de julio, en un melifluo intento de presentar como reforma institucional lo que en la práctica es la formalización de un sistema de partido único.
A estas alturas del partido, en Nicaragua son muy pocos los habitantes que dudan quién es el que realmente tiene la sartén por el mango, la copresidenta Murillo Zambrana —cargo político creado por una reforma constitucional hace poco más de un año, poniendo bajo sus órdenes los poderes del Estado a los que les cambió el nombre, ahora simplemente son “órganos”—, fue la que indujo a su pareja a “reforzar” el Ejecutivo, en caso de falta definitiva del propietario. Rosario dice que Nicaragua no “busca eliminar el voto”, sino sustituir el modelo ultipartidista por “comicios diseñados y organizados” por el propio Frente Sandinista, sin injerencia de “las potencias” imperialistas.
La verdad sea dicha, el giro retórico no oculta que las bases jurídicas de esa exclusión ya operan en el país. La pareja nicaragüense en la cúspide del poder ha hecho de las suyas desde hace tiempo. Dice Ana María Olabuenaga en su Bala de terciopelo: “Capturó al árbitro electoral. Capturó a la Corte Suprema de Justicia. Sometió a las instituciones de derechos humanos. Desapareció los organismos independientes. Reformó la Constitución para poder controlar al Ejército y a la Policía. Intervino Universidades. Vinculó los programas sociales a la red partidista. Persiguió periodistas y sacerdotes. Encarceló candidatos presidenciales. Convirtió la crítica al gobierno en un ataque a la soberanía. Llamó “traidores a la patria” a sus opositores, les quitó la nacionalidad y confiscó sus bienes”. Todo esto me recuerda lo que ha sucedido en México en los últimos siete años. ¡Vamos muy rápido!
En Nicaragua, lo anterior describe a un dictador con toda la barba. Nadie lo decía en voz alta. Ahora, ni hace falta. El pobre país centroamericano vive su monarquía de izquierda. No pasa nada. Sin embargo, de algo sirvió la repulsa internacional. La propia Rosario Murillo —creadora del culto al Árbol de la Vida que ahora pulula en varias calles de Managua, como si fuera el madroño en Madrid, España—, anunció, el martes 28 de julio, que se aplazaba hasta septiembre la aprobación de una reforma constitucional para excluir de las elecciones a los partidos opositores como lo refirió Daniel Ortega.
La Asamblea Nacional y autoridades electorales —ni falta decir que ambas están controladas por el gobierno—, preparan las leyes solicitadas por Ortega para que en los comicios no participen “vendepatrias” y “golpistas” al servicio de Estados Unidos de América, como suele llamar a sus adversarios. La votación del proyecto estaba prevista para inicios de agosto. En tanto, los “ejecutivos” nicaragüenses presentaron la iniciativa al cuerpo diplomático asentado en la capital del país en un “encuentro respetuoso y amistoso”.
Los cambios verbales en la cúspide del gobierno nicaragüense no impiden que el aparato institucional del país avance, sin descanso, hacia la concreción legal del anuncio del exguerrillero dictador. Ya lo había adelantado el médico y dirigente sindical Gustavo Porras Ugarte, presidente de la Asamblea Nacional de Nicaragua, que el parlamento y el Consejo Supremo Electoral celebraron sesiones conjuntas para definir “los elementos para no dejar ni un resquicio” a lo que calificó como la “manipulación terrible de los imperios y sus lacayos”. Porras Ugarte adelantó que la iniciativa se transformará en ley. “Nos proponemos en la primera semana de agosto estar sometiendo a votación en la Asamblea Nacional la reforma”. Según el médico legislador, “se trata de la defensa de la democracia del pueblo nicaragüense”. En teoría, las elecciones generales están previstas para noviembre de 2027. En enero de 2025, el gobierno ortegista concretó una reforma constitucional para a aplicar el mandato presidencial de cinco a seis años y convertir a la entonces vicepresidenta Murillo en “copresidenta”, con control absoluto de las fuerzas armadas y policiacas, y la designación de magistrados del Poder Judicial y del propio ente electoral.
Sin duda, bien lo escribió Orwell: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. La frase es una crítica a la hipocresía de los gobiernos que proclaman la igualdad absoluta de sus ciudadanos, pero otorgan poder y privilegios a una pequeña élite. Lo que sucede cuando un gobierno “desgobierna” solo a favor de aquellos que votaron a su favor en las elecciones. Verbi gratia.
La historia reciente de Nicaragua es pública y notoria. En los últimos 20 años, Ortega ha estado al frente del gobierno. El punto de quiebre llegó en 2018 cuando una reforma a la seguridad social provocó protestas encabezadas por los estudiantes. El régimen contestó como de costumbre: con policías y grupos de paramilitares. Más de 300 personas fueron asesinadas. La ONU documentó ejecuciones, detenciones arbitrarias y tortura. La represión pasó de las calles a las instituciones. Antes de los comicios de 2021, Daniel Ortega puso en la cárcel a los principales opositores, canceló partidos políticos y se declaró ganador con casi 76% de los votos. Cerró medios de comunicación, universidades y miles de organizaciones civiles. Muchos ciudadanos fueron privada de su nacionalidad, las mayorías intelectuales, escritores, guerrilleros, como Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Dora María Téllez y tantos otros.
De tal suerte, Volker Turk, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, exigió la reapertura de la actividad cívica y citó, además del anuncio efectuado, la revocación arbitraria de licencias a miles de abogados y la desaparición del paradero del obispo Abelardo Mata, detenido el 29 de junio pasado.
Asimismo, ha llamado la atención la ruptura del acostumbrado silencio de los demás países centroamericanos respecto a lo que sucede en Nicaragua: Costa Rica, Panamá (que llamó a consultas a su embajador en Managua), Guatemala y República Dominicana que condenaron públicamente el anuncio de Ortega de suspender elecciones.
El régimen ortegista reaccionó con dos tonos distintos: un comunicado desafiante y ofensivo a Santo Domingo y palabras conciliadoras a Guatemala, encabezado por un gobierno de izquierda, César Bernardo Arévalo de León. Otros ex aliados de Ortega, como la ex comandante guerrillera, María Téllez manifiesta que el ex guerrillero sandinista, con visible deterioro físico y ausencia prolongadas del rarámuri público, podría estar utilizando el discurso duro contra las elecciones más como una señal de negociación hacia Washington que como muestra de fuerza.
México, para no variar en su postura de “gobierno de izquierda”, marcada desde el inicio del régimen de la 4T, con los “camaradas” hasta la ignominia. Y, vía el embajador en Managua, mandó una felicitación Oficial al “compañero Ortega” y a la “compañera Rosario”, con motivo del aniversario de la Revolución Sandinista, expresándoles su “cariño y admiración” por el “hermano Gobierno de Nicaragua” el cual está “muy bien representado por ustedes”. La epístola diplomática no ha sido desautorizada ni por la presidenta Sheinbaum, ni por el novel secretario de Relaciones Exteriores de México.
Claudia Sheibaum Pardo en esta ocasión fue más “explícita”: “Bueno, primero es la autodeterminación de los pueblos, lo que decida el pueblo de Nicaragua. Y nosotros siempre estamos de acuerdo con la democracia, en todos sus términos”.
¿Será verdad?
Y ante la pregunta sobre si ella propondría aplicar en México la misma medida para evitar el avance de la derecha, respondió: “No, ¡cómo creen! Aquí hay elecciones cada seis años. Es más, hay revocación de mandato. Entonces, no. Democracia, democracia, democracia. Poder del pueblo, gobierno del pueblo. Cada país decide, cada pueblo decide. Nosotros estamos a favor de la democracia. Pero cada país tiene su autodeterminación, y decide cómo se organiza”.
Como complemento a su respuesta, la presidenta Sheinbaum agregó: “Hay otros presidentes que se han reelegido y que quieren reelegirse más veces, también me preguntarían sobre eso. Pues cada país decide”. (¿Una proyección? ¿Un adelanto a sus planes?)
Por último, precisó: “Europa tiene primeros ministros que se pueden reelegir, y reelegir, y reelegir y reelegir”.
¿En realidad la mandataria mexicana piensa que el pueblo gobierna en Cuba, en Venezuela y en Nicaragua?
Más claro, ni el agua. La señora presidenta de México, parece haber leído El Quijote de la Mancha. Dice Sancho al caballero de la triste figura: “Júntate a los buenos y serás uno de ellos”. Lo que no es aceptable, de ninguna manera es lo que dice la Antiquísima coplilla anónima: “Llegaron los sarracenos y nos molieron a palos// que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos” //. Bien decían mis viejos paisanos respecto al puro. VALE.
