A la memoria de mi madre, con todo mi amor y gratitud.
Aunque el título recuerda a aquella película de Hollywood ganadora de siete premios Oscar, la realidad es más macabra por un lado y, por otro, entretenida; como resumió Landau, un show. La semana pasada nos brindó dos episodios dignos de película que activaron toda la maquinaria propagandística de Morena. Por un lado, la lista que no es lista, de medios de comunicación encargados de manchar a la transformación; por otro, el más reciente e importante morenista que se quedó sin visa.
Primero, el héroe y el villano: Morena, el héroe que lucha por el pueblo bueno; y los villanos, Estados Unidos y la prensa. La trama: manchar a la transformación y atacar la soberanía nacional.
Conviene empezar por la palabra. La RAE define «lista» como una «enumeración, generalmente en forma de columna, de personas, cosas, cantidades, etc., con un fin determinado». Es decir, una lista, por definición, enumera y señala. Por más que se quiera negar, cuando en una conferencia se proyectan nombres y medios, se está enlistando.
Ante la necesidad de rectificar la afrenta a la prensa, María Luisa Alcalde defendió su conferencia afirmando que la investigación no está enlistando a nadie —tal cual, estrategia de Morena—, sino que busca ejemplificar cómo una noticia de ciertos periodistas es tomada por una red de bots para desprestigiar al movimiento. El problema es que la explicación llega tarde y mal: se presentan nombres, medios y notas concretas; se construye una narrativa de culpabilidad; y luego se pide que nadie lo llame lista. Es la clásica ambigüedad oficial: acusar sin responsabilizarse, estigmatizar sin admitir censura. Tirar la piedra y esconder la mano.
Por otro lado, tenemos al “imperialismo gringo” y su injerencismo, quitándole la visa al pobre del hijo del mesías, que como buen hijo le escribe una carta a papá Trump, diciéndole que sus secretarios le están haciendo bulín y que si, por favor, los puede correr, porque él no hizo nada para que le quitaran su visa.
Conviene aclarar el concepto: la visa no es un derecho universal ni una obligación de un país extranjero. Es una facultad soberana de cada Estado, que puede otorgarla, negarla, cancelarla o restringirla según sus leyes e intereses. Las razones pueden ser sencillas o complejas, y no necesariamente se hacen públicas.
Sobre el caso del junior, que salió públicamente a acusar de matones a Marco Rubio y Christopher Landau por quitarle la visa: si no hace su rabieta en redes, nadie se entera, porque es un tema estrictamente privado y así lo manejan las relaciones consulares de Estados Unidos. La carta de Andy convirtió el tema en un asunto púbico y político, no los vecinos del norte.
No pasaron ni 24 horas de la rabieta del junior cuando todos los relacionados con Morena lanzaron comunicados de apoyo, exigiendo respeto a la soberanía nacional y denunciando un ataque de la ultraderecha contra los pilares de la transformación.
Es aquí donde aparece otra lista, esa sí lista, que trae dolores de cabeza a la presidenta desde hace rato. Estados Unidos ama sus listas: las enseña y las toma muy en serio. Este año nos mostró una lista encabezada por Rubén Rocha Moya, tema delicado para el gobierno de Sheinbaum, que se ha cansado de exigir pruebas y más pruebas. De entrada, el gobernador tampoco tiene visa por ahora; y el documento que le mandaron los gringos está bien enterrado por “seguridad nacional”, o quizá por seguridad de Morena.
A esa lista hay que sumar otros nombres que han hecho menos ruido, no porque su situación sea menos grave, sino porque la versión oficial prefiere el silencio. La prensa ha mencionado, entre otros, al senador Gerardo Fernández Noroña, al senador y coordinador de la bancada de morena Adán Augusto y a otros operadores cercanos al oficialismo señalados por presuntos vínculos con actos delictivos o por decisiones migratorias poco transparentes. Ninguno ha ofrecido una explicación convincente de por qué Estados Unidos les cerró la puerta.
Volvamos a la línea de estos casos. La balanza moral de Morena se mueve según convenga: si les beneficia, está bien; si no, brincan al discurso de la soberanía, la ultraderecha y el pobrecito atacado que solo ve por el pueblo bueno.
La prensa tiene derecho a la libertad de expresión y no tiene la obligación de arrodillarse ante el gobierno para publicar notas que le favorezcan. El gobierno tiene la obligación de garantizar ese derecho, no de señalar a quien no escribe bonito de él. No por publicar una nota crítica necesitas ser catalogado como vendepatrias, fifí o ultraderechista. Esos señalamientos te encajonan, justamente, en la lista que no es lista de la 4T.
La visa es un privilegio que otorga otro país; ese país no tiene obligación de cumplir caprichos de nadie, se llame como se llame. Estados Unidos tiene todo el derecho de quitártela. Eso no significa que te esté juzgando o tachando de narco; ese saco se lo puso solo el señor López Beltrán al escribir su rabieta y llorarle a Trump.
Para la opinión pública, no contar con visa es una bandera roja, claro que lo es: una del tamaño del país. Algo hiciste mal, o algo te descubrieron, como para que el vecino prefiera tenerte lejos.
Ya lo dijo Landau: “¿Estás disfrutando del espectáculo? Rellena tus palomitas Te va a encantar la siguiente parte”, será que lo mejor está por venir. Y si este es el preludio de la película del gobierno de Sheinbaum, para el periodista es una película de terror: un gobierno que censura y señala se vuelve peligroso para la profesión. Para Morena es una tragicomedia: la presión de las listas gringas y los señalamientos de la prensa a los integrantes del movimiento pueden terminar en tragedia para algunos y en risas para otros, cuando su discurso banal se convierta en el derrumbe de un proyecto cada vez claramente ligado al narco. Al final, Alcalde y López Beltrán comparten la misma estrategia: explicación no pedida, culpa manifiesta.
Por cierto, a Andy le quitaron la visa, pero a muchos más morenistas les desapareció la risa.
