Una constante que continúa prevaleciendo en nuestra tierra, inclusive podríamos decir que culturalmente se encuentra profundamente arraigada en amplios segmentos sociales, es la trampa. Engañar a otros para obtener beneficios constituye una conducta cada vez más recurrente en todos los ámbitos.

En ese tenor  motivo de preocupación al estar vinculado a las nuevas generaciones, es el escandalo suscitado con los exámenes de admisión en la UNAM, donde fue detectado un gran fraude en el que participaron un importante número de aspirantes, que optaron eligiendo la vía deshonesta para obtener una ventaja indebida.

Tales hechos dan pauta para llevar a cabo un proceso de reflexión, a partir de las conductas desplegadas por los jóvenes, resulta importante preguntarnos sobre los valores y principios que han sido inculcados en las personas que vienen incorporándose como ciudadanos.

En efecto, tales hechos no responden a la cultura de honestidad, congruencia y legalidad que debería imperar en la formación de nuestros niños y jóvenes, más bien, es una consecuencia de la negligencia con que se ha manejado la educación pública en México.

Se eligió hacer pactos derivados de la presión sindical magisterial a cambio del apoyo electoral, las prebendas por encima de políticas públicas educacionales y formativas, sin necesidad de dar mayores explicaciones, los resultados están a la vista, antepusieron sus intereses personales y de grupo frente al general de la Nación.

En vez de implementar estrategias encaminadas a promover la cultura de la legalidad y la honestidad, se han dado a la tarea desde las administraciones de la cuarta transformación a impulsar las reglas de las mentiras, fabricación de enredos, hacer trucos a partir de los embustes, en fin, un sinnúmero de ardides que utilizan para justificar, engañar y conseguir objetivos inmorales.

Entonces, desde esa perspectiva es que prevalecen las reglas que desde el gobierno aplican, son ejemplos muy reveladores y, por lo tanto, se vuelven esquemas imitables.

El estado de descomposición es terrible, aunque exista una corriente negacionista, la tendencia indica un rápido camino hacia una ruta de ruptura social, la carencia de valores, la falta de legalidad, la pérdida de confianza, la corrupción, y, autoridades que no protegen a la gente, son causas principales.

Si además adicionamos una crisis política, ante una democracia disfuncional y vulnerada, el panorama no se aprecia optimista, sin que ello signifique resignación, simplemente es una faceta de nuestra triste realidad.

Los retos que se presentan, merecen  un esfuerzo para superarlos, lo que implica un llamado a la colectividad en aras de colaborar en conjunto, restaurar el estado de ánimo y reconstruir las instituciones.

No hemos acostumbrado a las conductas antisociales y a la violencia, como si esos fenómenos fueran normales, sin que existan por parte de los gobiernos iniciativas y acciones para la reconstrucción del tejido social.

No obstante, si queremos vivir en armonía, lo primero es tener un efectivo y eficaz Estado de Derecho, donde prevalezca la legalidad y el orden, pues caminando por esa vereda muchas otras cosas vendrán por añadidura.

Sin embargo, la resistencia oficial sigue siendo el principal obstáculo a vencer.