“¡A la mierda los partidos políticos!”, “¡la solución es la sociedad civil!”, “la izquierda (la que así dice identificarse en Morena) está hundiendo al país”, “el péndulo señala a la derecha” o “mejor vámonos con candidaturas independientes”, son algunos de los señalamientos que se escuchan cada día con mayor frecuencia en diversos espacios públicos de nuestro país ante el creciente deterioro de la vida nacional mexicana.

Son parte de un debate que se da en diferentes foros y con distintas intensidades en medios como el académico e intelectual, lo que, por supuesto se expresa en los espacios comunicativos, también como respuesta ante la evidente crisis que padecen la política y la democracia –lo que no es privativo de México- para atender y resolver los preocupantes problemas de la sociedad.

Los innegables errores cometidos por los denominados “partidos tradicionales” fueron el caldo de cultivo para que se afianzara el discurso obradorista de corte populista que “vendió” a la gente una fácil solución a los problemas propios de un “neoliberalismo trasnochado” que prohijó, en gran medida, corrupción e inseguridad.

El hartazgo social frente a lo que desde el obradorismo han calificado como “la derecha” (desde esa narrativa, los partidos que previamente alternaron en la Presidencia), por una supuesta incapacidad para atender los reclamos de las mayorías, provocó el llamado tsunami obradorista en 2018, repetido en el 2024 (no sin notorias trampas que antes hubieran denunciado y que les permitieron dar un “golpe blando” pero letal a la frágil democracia mexicana).

Sin embargo, durante estos 8 años de “gobiernos de izquierda” (así se autodefinen), ahora con Morena al frente, las cosas han empeorado. Como ya lo han expresado una gran cantidad de analistas y estudiosos de la política, si el neoliberalismo se caracterizó –entre muchas otras cosas- por reducir el papel del Estado en la economía y la sociedad, así como por adelgazar el costo de los organismos gubernamentales, ahora en México estamos ante un fenómeno singular que aplica un proyecto que abarata el sostenimiento gubernamental mediante la desaparición de numerosos órganos estatales y el despido de personal, al mismo tiempo que afianza su control autoritario en todos los espacios del accionar de la sociedad. Algunos lo han denominado “neoliberalismo populista”.

El obradorismo ha desmontado en lo fundamental los pilares de la república democrática y ha construido un régimen autoritario que avanza hacia el totalitarismo. Diciendo que combaten al neoliberalismo, en realidad han venido dirigiendo sus misiles en contra del liberalismo político que da sustancia a las democracias modernas. Con esa mascarada vienen implantando una autocracia.

Paradójicamente, con un discurso de combate a la corrupción y de justicia social medianamente efectivos entre la opinión pública, desaparecieron todos los órganos de control para la vigilancia social y la rendición de cuentas, potenciando las viejas prácticas nefastas al respecto y, con el señuelo de los apoyos directos a la población en una gran cantidad de “programas sociales”, desmantelaron los sistemas públicos de salud, seguridad social y educación.

El obradorismo padece un síndrome raro que proclama un “antiestatismo” (todo lo anterior) que aplica políticas propias del viejo neoliberalismo de los años 80 y 90, al mismo tiempo que despliega sus tentáculos sobre el conjunto de la sociedad y acentúa su control sobre la misma para debilitar las funciones inherentes a un Estado Nacional, que son las que otorgan seguridad y bienestar al conjunto de la sociedad, más aún si se trata de un Estado social y de derecho, lo cual ha sido subrayado recientemente por el politólogo Mauricio Merino en El Universal .

Como bien se apunta en un reciente e importante libro, “Gobernar odiando al Estado”, coordinado por Alejandro Estévez, “las narrativas antiestatales no sólo describen un Estado fallido: contribuyen activamente a producirlo. Al desfinanciar los servicios públicos, al precarizar el empleo estatal, al desacreditar sistemáticamente a los funcionarios y al pretender sustituir la deliberación democrática por la gestión algorítmica, estas narrativas generan las condiciones para que acaben confirmándose sus premisas”.

Así lo proclaman los discursos del obradorismo (una falsa izquierda de cuya “flexibilidad” ideológica abundan ejemplos –algo propio de los populismos en todo el orbe, pues) pero también los de la extrema derecha: con un discurso antiestatista conquistan el Estado, lo debilitan desde dentro, entregan lo esencial de su ejercicio a poderes facticos nefastos, y terminan imponiendo al país entero un autoritarismo en todos los ámbitos del quehacer social.

Ese autoritarismo variopinto, que emerge en distintas latitudes, ahora da una vuelta de tuerca más y ya de plano se desentiende de guardar las apariencias al solapar la proscripción de las elecciones en Nicaragua por el dictador Ortega. Veámonos en ese espejo, hasta ahí son capaces de llegar para conservar el poder.

Por eso la solución no es la continuación de la antagonización entre quienes tenemos preocupaciones comunes por lo que hoy le sucede al país, sino ponernos de acuerdo en un programa que ponga en el centro a México, donde estemos todos aquellos, de un color u otro, que compartimos la convicción de priorizar un amplio acuerdo democrático para desde ahí hacer frente a los grandes retos, añejos y nuevos, que enfrentamos como país, repensando la política y las soluciones nacionales.

Es decir, tanto sociedad civil en su amplitud y pluralidad, como los partidos opositores de izquierdas y/o derechas, nos necesitamos para salvar a México del desastre totalitario.