Cada 14 de septiembre, la memoria nos conduce hasta Berlín, donde en 1769 nació Alexander von Humboldt, uno de los exploradores, investigadores, científicos y pensadores más extraordinarios de la historia. Han pasado siglos desde aquel día, pero su mirada permanece viva en cada persona que contempla la naturaleza con asombro y desea comprender el delicado hilo que une a todos los seres.

Alexander pasó buena parte de su infancia en el castillo familiar de Tegel, entre jardines, bosques y lagos. Allí junto a su hermano mayor Wilhelm, recibió una educación exigente bajo la guía de maestros privados. La muerte de su padre, cuando el todavía era un niño, dejó una temprana sombra sobre aquellos años. Acaso por ello aprendió a buscar en la naturaleza una compañía silenciosa, un espacio donde cada hoja, cada piedra y cada forma de vida parecían guardar un secreto.

Desde muy joven sintió una fascinación profunda por el mundo natural. Reunía plantas, insectos y minerales con tal entusiasmo que en su familia llegaron a llamarlo “el pequeño boticario”. También leía relatos de expediciones, dibujaba mapas y contemplaba con asombro aquellas regiones lejanas que aún no conocía. Antes de emprender sus grandes viajes, Humboldt ya había comenzado a recorrer el planeta con la imaginación: los ríos, las montañas y las selvas existieron primero en sus sueños y sólo después aparecieron ante sus ojos.

Su formación fue tan amplia como su curiosidad. Por deseo de su madre inició estudios orientados al servicio del Estado en la Universidad de Frankfurt del Óder; sin embargo, su vocación lo condujo muy pronto, hacia las ciencias naturales. En Gotinga estudió, entre otras disciplinas, anatomía, geografía y ciencias de la tierra. Más adelante se formó en comercio en Hamburgo y profundizó en geología y minería en la prestigiosa Academia de Minas de Freiberg, donde aprendió a observar la corteza terrestre como quien intenta descifrar las páginas más antiguas de la historia del mundo.

Dos encuentros fueron decisivos en el despertar de su espíritu científico. El botánico Carl Ludwig Willdenow le enseño que las plantas no eran seres aislados, sino habitantes de determinados climas y paisajes. Georg Forster, naturalista y viajero, le mostró que viajar podía ser también una manera de pensar y de conocer. Junto a Forster recorrió varias regiones de Europa y comprendió que la verdadera exploración exigía algo más que medir, clasificar, era necesario mirar cada territorio en su conjunto, atendiendo tanto a su naturaleza, como la vida y la cultura de sus habitantes.

Así nació su inquietud por explorar. De la curiosidad de un niño que recogía plantas y piedras; de las historias de tierras remotas que encendieron su imaginación; de una educación rigurosa; y, de maestros que le enseñaron a formular preguntas. Humboldt no viajó movido únicamente por el deseo de descubrir lugares desconocidos, sino por la esperanza de comprender la profunda unidad del mundo. Para él la naturaleza era una inmensa trama en la que todo se encontraba enlazado: el clima con la vegetación, las montañas con los océanos y la vida humana con la tierra. Explorar fue su manera de acercarse a ese misterio y, al mismo tiempo, de compartir con los demás la emoción de sentirse parte de un universo vivo.

Humboldt no se conformó con conocer el mundo a través de los libros. Quiso tocarlo, recorrerlo y escucharlo. Atravesó selvas, navegó ríos y océanos, examinó volcanes y ascendió montañas, cuando viajar significaba enfrentarse a territorios desconocidos. Sin embargo, sus expediciones no fueron impulsadas por el deseo de conquistar, sino por una curiosidad inmensa. Quería descubrir el lenguaje secreto de la tierra. Durante su viaje por América, iniciado en 1799, observó paisajes que transformaron para siempre su manera de pensar. En las selvas del Orinoco comprendió que la vida forma una red en la que cada elemento depende de los demás. En las alturas del Chimborazo imaginó la naturaleza como un gran organismo. Y en Nueva España, el territorio que ahora es México, estudió su geografía, sus minas, su riqueza natural y también las profundas desigualdades de su sociedad.

Humboldt supo mirar más allá de los datos. Para él, sentir la temperatura, calcular la altitud o clasificar una planta no bastaba. La ciencia debía dialogar con la emoción, el arte y la poesía. Comprender el universo era también maravillarse ante él. Mucho antes de que la ecología adquiriera su nombre moderno, advirtió que la destrucción de los bosques podía alterar el clima, empobrecer los suelos y reducir el agua disponible. Entendió que ninguna acción humana queda aislada y que herir una parte de la naturaleza significa alterar el equilibrio del conjunto. Su pensamiento resulta hoy sorprendentemente cercano, casi como una voz que atravesara los siglos para recordarnos nuestra responsabilidad con el planeta, que ya no podemos posponer.

Su gran obra, Cosmos, nació del deseo de reunir el conocimiento humano en una visión común. El título expresaba una convicción profunda: el universo no es una acumulación de fragmentos, sino una totalidad ordenada, diversa y palpitante. Nosotros no estamos fuera de ella. Somos parte de la misma trama que forman los océanos, las montañas, las nubes, los árboles y las estrellas.

Celebrar el natalicio de Humboldt no significa solamente recordar a un científico ilustre. Significa recuperar su capacidad de asombro. En una época que con frecuencia nos invita a pasar de largo. Él nos enseña: ante un mundo que solemos dividir en parcelas, nos anima a descubrir sus conexiones; frente a la incertidumbre, nos demuestra que la curiosidad puede convertirse en una forma de esperanza. Su vida también nos recuerda que el conocimiento cobra verdadero sentido cuando se comparte. Humboldt escribió, dibujó, midió y viajó para ampliar el horizonte de los demás. Construyó puentes entre países, disciplinas y culturas. Allí donde otros veían fronteras, el encontraba relaciones.

Quizá esa sea su herencia más luminosa: la certeza de que comprender el mundo es una manera de amarlo y que amarlo nos compromete a cuidarlo. Hoy, imaginemos nuevamente al viajero frente a una montaña inmensa, con los instrumentos en las manos y el corazón estremecido por la belleza. Sigamos su ejemplo. Hagamos preguntas, crucemos nuestras propias fronteras. Observemos con atención aquello que parece cotidiano. Defendamos la vida en todas sus formas. Porque todavía queda mucho por descubrir, pero también mucho por proteger.

Mientras exista alguien capaz de mirar una hoja, un río o una estrella y preguntarse ¿cómo se relaciona con el resto del universo?, el espíritu de Alexander von Humboldt continuará recorriendo el mundo.

La autora es ministra en Retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

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